Thoreau, el padre de la desobediencia civil



"Si un hombre se pasea por el bosque por placer todos los días, corre el riesgo de que le tomen por un haragán. Pero si se dedica todo el día a cortar el bosque dejando la tierra árida, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor".

Henry David Thoreau decidió en 1845, a la edad 28 años y después de terminar sus estudios en la Universidad de Harvard, instalarse en una cabaña construida por él mismo en medio de un bosque próximo a la pequeña localidad de Concord, Massachusetts.


Utilizó para levantar su pequeña vivienda de 2x3 metros junto al lago Walden los troncos que él mismo taló, instalándose allí durante los siguientes dos años de su vida, cultivando su propio huerto y dedicando la mayor parte de su tiempo a pasear y observar la naturaleza. Realizó trabajos de carpintería, jardinero, pintor de brocha gorda entre otros, pero siempre bajo su filosofía de vida de no dedicar a ello más que lo imprescindible para procurarse lo mínimo necesario.

Esta experiencia inspiraría su obra más conocida, Walden o la vida en los bosques. En ella, junto a una crítica feroz al modelo de vida en el que el hombre vive esclavizado procurándose cosas que en su gran mayoría son prescindibles, narra en un tono cargado de poesía sus solitarios paseos por apartados bosques, montañas, llanuras, lagos y ríos, sumergiéndose en un estado de contemplación que lo llevará a una visión mística de la belleza y misterios de la naturaleza. En el siguiente texto perteneciente a un corto capítulo de Ejercicios espirituales y filosofía antigua, su autor Pierre Hadot hace una lectura de la obra y vida de Thoreau en la que descubre muchos puntos en común con la filosofía de estoicos y epicúreos de la Antigüedad Occidental. Verá en él también a alguien que practicó de forma activa y consecuente su ideal filosófico, a diferencia del modelo actual de profesor de filosofía que transmite sus enseñanzas desde la teoría.

"En la actualidad hay profesores de filosofía, pero no filósofos..."
Pierre Hadot

Resulta destacable que las primeras páginas de Walden estén dedicadas a la crítica de la vida cotidiana. Thoreau la describe irónicamente como una penitencia peor que la ascesis de los brahmanes, peor que los doce trabajos de Hércules. Los hombres llevan vidas insensatas. Sus existencias transcurren entre la ignorancia y el error, absorbidos por preocupaciones ficticias y tareas inútilmente pesadas. Son como máquinas, herramientas de sus propias herramientas. Su existencia está caracterizada por la angustia o por la resignación.

La causa del sufrimiento de los hombres, a juicio de Thoreau, es su ignorancia sobre lo que resulta necesario y suficiente para vivir, es decir, sencillamente lo que se requiere para mantener el calor vital. "La necesidad primordial de nuestros cuerpos es mantenerse calientes, conservando en nuestro interior el calor vital". De hecho, tal como demostraría más tarde, el hombre necesita pocas cosas para conseguirlo, y desde luego ningún lujo. "La mayor parte de lujos y una gran parte de eso que se ha dado en llamar confort vital no son sólo cosas nada indispensables, sino también verdaderos obstáculos para el progreso de la humanidad". Para convencerse de ello basta con recordar la forma de vida de los filósofos chinos, indios, persas y griegos, pobres en lo que se refiere a riqueza exterior pero sobrados de riqueza interior. Se trata de ejemplos hoy día muy alejados de nosotros, pues, continúa Thoreau, "en la actualidad hay profesores de filosofía, pero no filósofos". Y es que según él, "ser filósofo no supone sólo pensar de manera sutil, sino amar lo bastante la sabiduría como para llevar una vida sencilla e independiente, en la generosidad y en la confianza". "Filosofar consiste en resolver algunos de los problemas que nos plantea la vida, pero no sólo de manera teórica, sino de manera práctica".

Thoreau aprovecha la ocasión para atacar a los profesores de filosofía, esos importantes eruditos y pensadores cuyo éxito no es más que "algo propio de cortesanos, que nada tiene que ver con la realeza ni con la virilidad", puesto que al contentarse con permanecer en la esfera del discurso teórico animan a los hombres a seguir viviendo de modo absurdo. La vida de tales filósofos está marcada por el puro conformismo, dejando que la humanidad continúe degenerando por culpa del lujo. Por su parte Thoreau se presenta implícitamente como verdadero filósofo, "aquel que no se alimenta, ni se abriga, ni se viste ni calienta como sus contemporáneos". Y termina su exposición ciertamente con un punto de ironía, definiendo al filósofo de una manera que puede dejarnos atónitos: "¿Cómo se puede ser filósofo si uno no conserva su calor vital por medios distintos al del resto de los hombres?". Y para mantener su calor vital no tiene necesidad de realizar grandes esfuerzos. Para satisfacer sus necesidades, Thoreau ha calculado que sólo debe trabajar seis semanas al año: "Ganarse la vida no supone ningún castigo, sino un pasatiempo siempre que vivamos de manera sencilla y sabia".

Thoreau se va a vivir al bosque no sólo, como resulta evidente, con el fin de conservar su calor vital del modo más económico posible, sino en busca de "una vida sin odio, dedicada exclusivamente a las cosas esenciales de la existencia, aprendiendo cuanto ésta tiene que enseñarme a fin de que, llegado el momento de morir, descubra que realmente he vivido. Desearía vivir del modo más profundo, extrayendo de ella todo el jugo posible". Y entre los actos esenciales de la vida se encuentra el placer de percibir el mundo mediante todos los sentidos. A esto dedica la mayor parte de su tiempo Thoreau en el bosque. Uno no se cansa de releer el sensual comienzo del capítulo llamado "Soledad": "Una noche deliciosa en la que el cuerpo en su totalidad se transforma en una especie de nuevo sentido, percibiendo las sensaciones por todos sus poros. Circulo con extraña libertad entre la naturaleza, convertido en parte de ella. Mientras paseo a lo largo de la orilla pedregosa del lago, en mangas de camisa a pesar del frescor, el cielo nuboso y el viento (...), todos los elementos me resultan sorprendentemente cercanos. La simpatía con las agitadas hojas de los alisos y de los álamos casi me hace perder la respiración; no obstante, al igual que le sucede al lago , mi serenidad se eriza sin turbarse". En este capítulo, "Soledad", Thoreau quiere demostrar que, incluso en soledad, nunca está solo porque tiene conciencia de estar en comunión con la naturaleza: "Circulo con una extraña libertad entre la naturaleza, convertido en parte de ella". "Cualquier objeto de la naturaleza puede proporcionarnos la compañía más agradable, tierna y estimulante". De este modo, nota en el simple sonido de unas gotas de lluvia "una benevolencia tan inabarcable como inconcebible". Todas y cada una de las pequeñas hojas del pino le tratan como amigo, sintiéndose en familia incluso cuando la naturaleza le muestra las escenas más desoladoras y terroríficas. "Por qué habría de sentirme solo? ¿Acaso nuestro planeta no está en la Vía Láctea?" De esta forma su consciencia del mundo se extiende hasta alcanzar una suerte de consciencia cósmica.

Todo cuanto he dicho hasta el momento demuestra destacadas similitudes con la filosofía de Epicuro, pero también con algunos aspectos del estoicismo. En primer lugar encontramos en el epicureísmo esa crítica del modo habitual de vivir de los hombres que hemos visto aparecer en las páginas iniciales de Walden. "El género humano, dice Lucrecio, trabaja sin sacar el menor beneficio de ello, siempre a fondo perdido, y se consume en vanas preocupaciones". Según los epicúreos de los que habla Cicerón, los hombres son desgraciados por culpa de sus inveterados deseos y su ansia de riqueza, gloria y poder. "Algún día, cuando sea demasiado tarde, los hombres se darán cuenta de que es inútil su ansia de dinero, de poder y de gloria (...). Su existencia no es más que una serie ininterrumpida de tormentos". La salvación reside según Epicuro en el discernimiento entre deseos naturales y necesarios, esos deseos relacionados con la conservación de la vida, deseos exclusivamente naturales, como el placer sexual, y aquellos otros que no son ni naturales ni necesarios, como el de la riqueza. La satisfacción de los primeros basta, en principio, para garantizarle al hombre un placer duradero, y por lo tanto la felicidad. Lo que es tanto como decir que para Epicuro la filosofía consiste esencialmente, al igual que para Thoreau, en saber conservar el calor vital de modo más sabio que los demás hombres. Con cierto deseo de provocación, similar al de Thoreau, una sentencia epicúrea declara en efecto: "El grito de la carne: no tener hambre, sed ni frío. Quien goce de este estado y de la posibilidad de gozar bien puede rivalizar en felicidad con el mismo Dios". La felicidad resulta, pues, fácil de alcanzar, tal como sugiere cierta sentencia epicúrea: "Démosle gracias a la benefactora naturaleza, que ha hecho que las cosa necesarias resulten fáciles de alcanzar y que las cosas difíciles de conseguir no resulten necesarias". "Todo cuanto es natural es fácil procurárselo, y todo cuanto es puro vacío trabajoso de conseguir". La actividad filosófica consiste por lo tanto en contentarse simplemente con "no tener hambre ni frío".

Pero todavía en mayor medida que para Thoreau, la filosofía según Epicuro no se reduce simplemente a mantener el calor vital del modo más económico posible. El filósofo epicúreo aspira a liberarse de toda preocupación y deseo inútil para así poder dedicarse, al igual que Thoreau, a los actos esenciales de la vida, al placer de sentir y existir.

Quien no padece hambre, sed ni frío puede rivalizar con el mismo Dios porque, justamente, al igual que Dios, puede gozar sin trabas de su conciencia de existir, pero también del simple placer de percibir la belleza del mundo, placer que es por ejemplo evocado del siguiente modo por Lucrecio: "De esta manera el cuerpo precisa de pocas cosas... Nos basta con estar entre amigos, tumbados en la tierna hierba a orillas de alguna corriente fluvial y a la sombra de un árbol, pudiendo con poco gasto apaciguar agradablemente nuestra hambre, en especial cuando el tiempo nos sonríe y la primavera esparce sus flores entre las verdosas hojas".

La actitud epicúrea hacia las cosas no duda por lo demás en ir bastante más lejos. Pretende la inmersión, incluso, en la infinitud del universo. En sintonía con el mensaje de Epicuro escribe Lucrecio, "los muros del mundo se desvanecen; a través de la inmensidad del vacío puedo ver cómo son creadas las cosas. La tierra no me impide distinguir todo cuanto bajo mis pies surge de las profundidades del vacío. Entonces, ante semejante espectáculo, se apoderan de mí una especie de voluptuosidad divina y un estremecimiento...". Tal presencia del cosmos se encuentra también, como hemos podido ver, en Thoreau, que no olvida que ese sol que hace crecer las judías ilumina al mismo tiempo una constelación de mundos como el nuestro, y que nunca se siente solo puesto que, según él, nuestro planeta está integrado en la Vía Láctea.

Con su traslado a Walden, Thoreau ha tomado la decisión de vivir según lo que podría llamarse una forma de vida epicúrea. Con esto no estoy insinuando que era del todo consciente de disfrutar de una forma de vida epicúrea, sino que estaba recuperando, quizá de la manera más espontanea e inconsciente, quizá influido por determinados textos antiguos y modernos, aquello que Epicuro y sus discípulos habían practicado y enseñado.

 Podría decirse que, del mismo modo que existe una especie de estoicismo universal, existe también una especie de epicureísmo universal, es decir, una actitud permanente, siempre posible, por la cual el hombre, recurriendo a cierta disciplina y reduciendo sus deseos, puede devolver los placeres -mezcla de pena y sufrimiento- al plano del simple y puro goce de existir.

Sin embargo aparecen en Thoreau algunos matices que no tienen demasiado que ver con la actitud epicúrea. Por una parte, Thoreau reivindica la soledad. Pero según el epicureísmo no puede haber auténtico placer si no es compartido con los amigos: sólo junto con sus compañeros epicúreos Lucrecio puede disfrutar de su frugal comida sobre la fresca hierba primaveral. Por otra parte, el epicureísmo no aboga por el sentimiento de comunión y fusión con la naturaleza, sino solamente por la contemplación de la infinitud cósmica y la eternidad de la naturaleza inmutable. Tal sentimiento de comunión, de solidaridad con la naturaleza, recuerda mucho más a la sensibilidad estoica.

El estoicismo, para el que todo está en todo, intenta en efecto tomar consciencia del hecho de que el hombre es una parte dentro del Todo cósmico. Como afirma Séneca, el sabio "se sumerge en la totalidad del mundo": toti se inserens mundo. Otros caracteres estoicos de la obra de Thoreau serían esa gozosa aceptación, profesada a lo largo de las páginas de Walden, de la naturaleza y del universo en sus más variados aspectos, ya sean éstos delicados, terroríficos o repulsivos, y la idea de que cada uno cumple la función cuando son considerados desde la perspectiva de la totalidad: "Esta suave lluvia que rocía mis judías y que me impide pasear hoy no es triste ni melancólica, pues también me es beneficiosa (...); si dura lo suficiente (...) para estropear las patatas en los bajíos, sería no obstante buena para la hierba de las mesetas: y si es buena para la hierba, también es buena para mí". "Estas judías producen ganancias que no debo recoger yo. ¿No son acaso en parte sus frutos para las marmotas?". Por eso una cosecha o una recolección nunca se pierde del todo, pues siempre le aprovechará a algún ser. "El buen cultivador no debe pues inquietarse (...) y terminar cada día su labor, renunciando a cualquier derecho sobre el producto de sus campos y sacrificando en su espíritu no sólo los primeros frutos, sino también el resto". (...)

La experiencia narrada en Walden me parece, pues, en extremo significativa para nosotros, porque al decidir Thoreau vivir en el bosque durante cierto tiempo pretende realizar un acto filosófico, es decir, entregarse a cierta forma de vida filosófica que implica el trabajo manual y al mismo tiempo la pobreza, pero que le propone también una visión del mundo inmensamente ampliada. Se comprende mejor, como hemos visto, el carácter de esta decisión, de esta elección vital, si se compara con la forma de vida filosófica que se impusieran los filósofos antiguos.

Por lo demás, el mismo Walden, es decir, el relato de Thoreau sobre la manera en que ha llevado a cabo esta práctica y este ejercicio filosófico, supone un tipo de discurso filosófico que, por admirable que sea, pertence a un orden muy distinto, a mi juicio, al de la propia filosofía, es decir, a la experiencia realmente vivida por Thoreau.

El verdadero problema no estriba en la escritura, sino en la vida en el bosque, en ser capaz de soportar semejantes experiencias, tan complejas en su aspecto -la vida en el bosque- como en su aspecto contemplativo y, podría decirse, místico -la inmersión en el seno de la naturaleza-. Dicho de otro modo, el acto filosófico trasciende el marco de la obra literaria que le sirve de expresión; y éste no puede expresar por completo todo cuanto Thoreau ha vivido. Hugo von Hofmannsthal afirmaba: "No se puede nunca decir de una cosa todo lo que es".

Creo que se puede descubrir en Thoreau cierta alusión furtiva al carácter
inexpresable de la transformación de la cotidianeidad operada por la filosofía cuando escribe: "Los hechos más sorprendentes y significativos no pueden jamás comunicarse a los demás. El verdadero fruto de mi vida cotidiana es de algún modo tan intangible e indescriptible como los colores de la mañana y del atardecer. Lo que se capta tiene algo de fulgor estelar, de fragmento de arco iris que he podido aferrar al paso".



de Fragmentalia

14 pensamientos +:

Anónimo dijo...

Thoreau y Chomsky a la vez en el musgo!!!!!!!
Muuuuuuchas gracias por difundir estas cosas anne.

Ane Elexpe dijo...

No somos tan pocos como parece (por timidez o respeto). Lo que sí sé seguro es que, como dice Benedetti, "somos mucho más que dos" :))

saludos y grcias, Anónimo, qué bien sienta encontrar hermanos!

Roberto Poveda Anadón dijo...

Un eco de la entrada anterior. Imaginando utopías.

Estas, las utopías, son una de las fuentes del progreso moral del hombre. Dan una dirección al caminar. Pero también son fuente de dolor, recordándonos la diferencia entre lo que somos y lo que anhelamos ser.

Difícil es el camino del medio.

Roberto Poveda Anadón dijo...

Otro peligro está en que el soñador (yo por ejemplo) imagina que si estuviese en utopía ya no haría falta ningún esfuerzo adicional para ser el mismo utópico.

Anónimo dijo...

¿De que utopías hablas Roberto? ¿Peligros y dolor?
¿Y que tiene que ver el camino del medio en todo esto?

El viento es el aire en movimiento dijo...

La utopía de Thoreau era iluminar al ser humano con su enseñanza. Thoreau, puede estar más alto que nosotros. Pero incluso él aspiraba a estar aún más alto, él anhelaba todavía más de lo que tenía, aún viviendo con el mínimo. No anhelaba riqueza en forma de dinero, mansiones y poder. Pero anhelaba, al menos por su inconformismo, crítica y compasión por el ser humano, que éste se transformase en lo que simplemente ya es. Feliz.

Y ese es el mayor de los anhelos, el más grande y superior de entre los deseos del ser humano.

Porque Thoreau no dejaba de ser un humano. Referencia para unos muchos de sabiduría e inteligencia, y para otros muchos de ignorancia y locura.

Él también fue alguien, otra persona con defectos y virtudes, única en cierto sentido, pereo que se conducía por el camino del medio, como todos, haciéndose paso entre sus deseos y necesidades, entre sus pensamientos y emociones, viajando de la tristeza a la felicidad, de la observación a la interpretación. Hasta que el viajero llega a su destino.

Nadie consigue nada nunca, porque no hay nada que conseguir, ni nadie para conseguir nada.

Todo esto en que nos afanamos sólo son palabras e ideas que vuelan con el viento. Viento que va y viene, y crea formas, apariencias e impresiones, que van tomando más y más definición, hasta que se desvanecen... para continuar creando más formas. Siempre es así. Esto no es ninguna excepción, y aunque lo fuera, también se desvanecería con el tiempo.

Es mágico que podamos hablar y sentir en persona, en primera persona. Es magia pura, el mayor de los milagros, que uno se pueda identificar con él mismo a través de todo lo que no es uno.

Y es que mientras desde el viento surge la idea de que hay alguien, como un nuevo giro inesperado, comienza el fenómeno del ser humano, que no es sino esa idea, la de ese alguien, que nace pretendendiendo atrapar el viento. Una idea creada de la nada con potencial creativo, con potencial consciente multiplicativo, un movimiento rotacional complejo e intrincado con capacidad para la reproducción de infinitas ideas que giran sobre una idea central, original, pero que no es sino viento y más viento envolviéndose sobre sí mismo... sólo es un remolino temporal que forma nuestras vidas ;)

Roberto Poveda Anadón dijo...

(Anónimo)en el post anterior se habla del monasterio y en esta entrada de una cabaña en medio del bosque. Quién habla de ambas cosas es alguien que no vive ni en un monasterio, ni en una cabaña, sino en medio de una ciudad (creo) y desempeñando un trabajo más o menos como todos nosotros. Por tanto la cabaña y el monasterio, para quién no vive en ellos, para nosotros, pueden ser pensados como lugares ideales, perfectos, exentos de complicaciones, etc. es decir como lugares "utópicos", con los que fantasear desde fuera de ellos (y, a veces, perder el tiempo, y no hacer nada con nuestro aquí y ahora, que es lo unico que en realidad existe)

Roberto Poveda Anadón dijo...

(A Anónimo otra vez) El camino de enmedio tiene que ver con todo esto de muchas maneras. El anhelo, el apego, la sed, trsna (en sanscrito), es decir el orígen de aquello que habitualmente es traducido como sufrimiento (dukha), y cuya desaparición es el objetivo del budismo (o camino de enmedio, tal como lo describe Buda en el sermón de Benares), no solo se da ante aspectos materiales y/o sensuales (sexo, drogas y rock and roll) sino que también aparece, y este es uno de los más difíciles de erradicar, pues es al mismo tiempo inevitable para lanzar el proceso, como anhelo de carácter espiritual. Los tres tipos de apego son el apego a los sensual, al ser y al no-ser (en este tercero es donde se situaría el apego/egoísmo espiritual)

Anónimo dijo...

Con todo el respeto Roberto: nosotros si vivimos en una cabaña (de las chungas) y el acceso a internet es el wi-fi de la biblioteca del pueblo más cercano. A lo que nos dedicamos no es de tu incumbencia(además al ser semi-ilegal tampoco lo vamos a decir) pero te puedo asegurar que vivimos de acuerdo a lo que pensamos. Y dicho esto.....

No creemos que se deba estar constantemente haciendo alarde de "conocimiento" en blogs ajenos. Se puede dar opinión, aportar algo nuevo a una determinada entrada, decir tonterias, hacer el troll.... pero queda muy, muy feo ir de "resabiado". Creo que algún otro anónimo ya te lo habia dicho, tus comentarios dan la impresión de estar hechos para "parecer" más que para empatizar, animar, cuestionar etc....

Creemos haber leido en alguna ocasión que eres responsable de un Dojo, por lo que debes ser Boddhisatva al menos. ¿Recuerdas tu voto de salvar a todos los seres sintientes? Que tontería verdad, que Utopía!!!

Y para acabar: El texto de Noam Chomsky que anne ha colgado no tiene nada de Utópico, es un manual de estilo de CONTROL SOCIAL que abrió los ojos a mucha gente hace años. Es aquí y ahora a tope. ¿Lo has leido bien?

Quizas cuando en septiembre u octubre Israel ataque Iran y la ilusión de un Occidente Paradisiaco se desmorone (tendrás que revelar tus fotos con luz de vela) nos veamos en la calle igual de hambrientos. Pero nosotros ya estamos acostumbrados y seguiremos con la misma sonrisa y mala leche que ahora.

Dos anónimos

Anónimo dijo...

Ahhh y que no se nos olvide: Infinitas gracias a El viento es el aire en movimiento por alegrarnos el día con su comentario. Preciosas reflexiones que de seguro surgen de una preciosa persona.

Los cafres de antes

Roberto Poveda Anadón dijo...

Mil millones de disculpas si he dado la impresión de ir de resabiado sobre algo. Solo intento explicar, y en primer lugar y sobre todo, explicarme a mi mismo, qué es y en qué consiste el budismo. No soy contrario al intentar trasformar nuestra realidad social, hago lo que puedo (poco) en ese sentido, pero creo que no es de eso de lo que se trata en el budismo.

Si leemos la primera noble verdad, la verdad del sufrimiento, pone: "La primera Noble Verdad es dukkha, la naturaleza de la vida es sufrimiento. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo que se desea es sufrimiento. En breve, los cinco agregados son sufrimiento.", Vemos que no está hablando de cosas como beber alcohol y acabar cogiendo una cirrosis, sino de cuestiones inevitables para cualquier ser viviente, inherentes al hecho de estar vivo, inevitables.

Y aun así el Buda nos dice que existe una posibilidad de trascender esto, de liberarse de todo eso (de lo inevitable), por tanto, puesto que la propuesta budista tampoco es la de suicidarse, la salvación que nos propone a los que sufrimos no puede ser de este mundo (que es precisamente la causa del sufrimiento), pero, y esto es lo que distingue al budismo de practicamente cualquier otra religión, tampoco sitúa esa salvación en otro mundo, en un mundo más allá de este mundo (como hacen el resto de religiones, que prometen cielos... o utopías).

Me disculpo, me arrodillo avergonzado, si he causado el malestar o la irritación de alguien. Solo deseaba separar aquello que pertenece al mundo de la discriminación, al mundo mundano, al mundo donde existen bien y mal, alegría y penas, descanso y esfuerzo, amor y odio, recuerdos y esperanzas, del mundo de Buda, del mundo de la vacuidad que lo abarca todo.

Muiso dijo...

¡¡¡¡ Jooooder cómo os poneis Anónimos ¡¡¡¡ Un poquito de alegria amigos que nos hace mucha mucha falta. jejejejeje.
Personalmente admiro la capacidad de expresión de Roberto, me aclara y me informa de muchas cosas que me pasan desapercibidas ( In-Formar: Dar forma) o se esconden en un totum revolutum, informe.

Por otro lado Anónimos: ¿ Quienes sois, qué haceis ? Podriais , si no quereis hacerlo publicamente, contarselo a Ane por email. No sé por qué, pero me habeis picado, teneis pinta de estar haciendo algo serio.

Roberto Poveda Anadón dijo...

Conste por otra parte que mis palabras no esconden una crítica a quién viva en una cabaña, ni a quien viva en un piso, se refieren a quién vive en un piso y sueña en una cabaña, o a quién vive en una cabaña y sueña en un piso. Esta actitud es fruto de la ilusión/ignorancia y fuente de sufrimiento/dukha.

Por otra parte, eso es algo en lo que yo caigo a menudo y en lo que caemos todos, pues es inevitable, es necesario para la vida. Me levanto por la mañana y veo mi piso, mi cabaña, mi cueva o mi palacio sucios, asquerosos, y pienso que estarían mejor limpios, y me pongo (o no me pongo) a limpiarlo, fruto de ello mi "habitáculo" queda limpio por fin, estoy satisfecho de ello, pero esto no durará siempre pues volverá a ensuciarse, lo se, sucede, lo cual me hará sufrir (un poquito o muchísimo) de nuevo (suponiendo que esas cosas me hagan sufrir), etc.

Solo cuando estamos en zazen todo esto carece de importancia; sucio o limpio están bien pues, dejando que todo vuelva a la vacuidad, donde podría asentarse la suciedad (como decía Hui Neng, más o menos, en su celebre poema).

Esta articulación entre Mundo/Verdad absoluta y Mundo/Verdad relativa, central en el Mahayana (nirvana=samsara), así como también en Dogen (práctica=realización), es algo que si bien es relativamente fácil de poner en palabras e incluso de entender intelectualmente, encuentro que es muchísimo más difícil de llevar a nuestro día a día (esto es lo que quería decir con lo de "difícil es el camino de enmedio"), por lo menos para mi.

Las soluciones que solemos encontrar (por ejemplo en los blog, en los centros de práctica, en los decires de los propios practicante) suelen escorarse inevitablemente hacia un extremo de la balanza o hacia el otro. Pero obviamente así no son más que idealizaciones, fruto de nuestra mente, pero esconden/ocultan/enmascaran los inevitables grises en los que trascurre nuestra vida.

El problema de la ética, del comportamiento, del "qué hacer", creo que es en el budismo uno de los más complejos que existen; pues, siendo el comportamiento un eje central de la práctica, no existe una norma fija que determine siempre que es lo correcto (cara al despertar) y que no lo es (al contrario de las religiones abrahamicas, que tienen un decálogo revelado que lo resuelve todo).

En la solución monástica se opta por rechazar todo lo mundano (es decir lo que nos une a la vida: el deseo, la alegría, la pena, etc.) para permanecer "solo" en el mundo de Buda, pero así el monje cae de nuevo, inevitablemente, en el dualismo. Olvida así que en el mundo de Buda nada es mundano (cae de nuevo en la ignorancia). Esto último creo que es el mensaje que, por ejemplo, Vimalakirti lanza a las generaciones futuras (lease el capítulo contra/sobre los arhats).

Pero, qué difícil es caminar por caminos equivocados (que es por donde caminan habitualmente las personas y que es lo que proclama Vimalakirti) y no extraviarse, por lo menos para mi eso es dificilísimo.

Pero si algo se es que si alguién dice, yo se cual es el camino correcto, yo soy un bodhisatva, seguidme y no os extraviaréis, entonces seguro que se ha extraviado.

Ane Elexpe dijo...

Todos estos comentarios, jugosos a más no poder, me han recordado una cosa que leí en "Juego de Tronos" (que sí, que friki y mucho que lo recomiendo):

"Blanco, negro y gris, todas las tonalidades de la verdad".

Pues eso :)

Publicar un comentario