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El Filandón



"El filandón es una reunión que se realiza por las noches una vez terminada la cena, en la que se cuentan en voz alta cuentos al tiempo que se trabaja en alguna labor manual (generalmente textil). Tal reunión se solía hacer alrededor del hogar, con los participantes sentados en escaños o bancadas" (me aclara wikipedia)


La cuestión es que me gustan los cuentos, historias y cotilleos. Me gusta escucharlos y me gusta contarlos.

Esas que comienzan por “me acuerdo de una vez...” que pueden ser de dojo y sangha o de tiempos clandestinos;

De montaña y escaladas de esas en las que uno se sabe como una arañita agarrada a la roca que Ella (la montaña) se puede sacudir en cuanto quiera con la pequeña ayuda del viento y la niebla y la nieve.

O del Gran Sol donde faenan algunos locos marinos porque dicen que no es un buen sitio para estar.

Y como todo esto suele suceder por la noche, me encanta que también me cuenten cosas misteriosas y un poco de miedo.

También me gusta que me narren de intuiciones extraordinarias y coincidencias asombrosas; de esas ocasiones en que uno siente, sin lugar para la duda, que realmente hay un ángel atento contratado a tiempo completo para guardar la espalda y la vida que tan alegremente nos jugamos demasiadas veces.

Claro que no hago ascos a esas otras que se inician con una sonrisilla y un “¿ah, que no sabíais que Tal está con Cuál? Pues sí, veréis...” o algo parecido......

Parece que ya no se llevan las noches de invierno al calor de la chimenea. Sólo parece porque apuesto algo (y seguro que no lo pierdo) a que no habría ni uno sólo de los que hasta aquí habéis llegado leyendo que se resistiera a una tertulia de estos estilos.

Pues nada, cualquier día después de un buen zazen de invierno.....

(ésta se la debo a Kosiki por una cosa y a una prima mía que es tonta, tonta, pero tonta del todo, por otra. Y sin embargo...)

La bella durmiente




El día que nací y siguiendo la Tradición de todos los mundos a la que también están obligados hadas y brujas, duendes y demás habitantes del mundo intermedio, llegaron cada uno para regalarme su particular bendición.

Vale que según iba descubriéndolas al paso de los años no todas me lo parecieron. Algunas más bien tenían el olor nauseabundo de las maldiciones. Y lo eran. Otras no.

La de enero me regaló el don de poner calor donde todo era invierno
La de febrero, el aprecio por los genios de la mente
La de marzo, que sea mi amigo el viento
La de abril me aseguró que opinara yo lo que opinara en el primer momento, cualquier agua que me alcanzara sería de verdad una lluvia de bendiciones
La de mayo, cotillear con las flores y el permiso de comer sus hojas y tallos sin intoxicarme
La de junio,  el intermedio de una nada dulce entre dos todos
La de julio, la confianza imprescindible para que el amor lo sea y te sea ajena la guerra
La de agosto, recolectar y repartir
La de septiembre, guardar para repartir
La de octubre, el dulce entretenimiento de recordar pasado, presente y futuro
La de noviembre, soltarlo todo
La de diciembre, soñar de nuevo......

La última..... volver a empezar

Y como me concedieron poner calor donde el invierno congela, desconozco el frío
Como me concedieron apreciar los genios, las fronteras del conocimiento son el campo donde libro mis batallas
Como me concedieron la amistad del viento, él se encarga de soplar mis penas
Como me concedieron la lluvia, las bendiciones me empapan
En la nada me reparo
En la confianza me abandono
Recolectando, reparto
Al guardar, conservo
Con los recuerdos, construyo el pasado
Porque suelto, libero
Con los sueños, construyo el futuro
Al volver a empezar, me confundo con lo infinito y eterno que siempre vuelve y nunca llega.

Todas prometieron que en el más profundo de mis sueños un beso me despertaría. 

¿O dijeron que con una sola palabra bastaría?

Nasrudín


¿Sabéis de qué voy a hablar?


Esta historia comienza cuando Nasrudin llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudin, que en verdad no sabia qué decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán qué es lo que tengo para decirles.

La gente dijo:

-No, no... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!

Nasrudin contestó:

-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber que es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudin se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota uno repite: "¡si, claro, qué inteligente!". Y entonces, todos empezaron a repetir:

-Qué inteligente.
-Qué inteligente.

Hasta que uno añadió:

-Si, qué inteligente, pero... qué breve.

Y otro agregó:

-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudin. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudin dijo:

-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

-¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudin insistía en que no tenia nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudin accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudin se paró frente al público e insistió con su técnica:

-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

-Si, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudin bajó la cabeza y entonces añadió:

-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

-¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", el resto comenzó a decir:

-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

-Qué maravilloso
-Qué espectacular
-Qué sensacional, qué bárbaro

Hasta que alguien dijo:

-Si, pero... mucha brevedad.
-Es cierto- se quejó otro
-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudin para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudin dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenia que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudin aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:

-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

-Algunos si y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudin con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

-En ese caso, que los que saben... se lo cuenten a los que no saben.

Se levantó y se fue.

La práctica del perdón (II)


Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones.
Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos preguntó al otro:

- ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?

- No, gracias a Dios ya lo olvidé todo – contestó- ¿Y tú?

- Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas – respondió el otro.

Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo:

- Lo siento por ti, todavía te tienen preso.

Fotografía Flickr “prisión”: Paula

El Hacedor de Lluvia


 Kiao Tchou

Desde hacía varios meses no caía una gota de lluvia y la situación se hizo catastrófica. Los católicos hicieron procesiones, los protestantes elevaron sus plegarias, y los chinos quemaron incienso y dispararon sus fusiles para espantar a los demonios de la sequía.


Vista la inutilidad de todo cuanto se esforzaron por hacer, finalmente los chinos se dijeron: “No queda más remedio que buscar al hacedor de lluvia”. Tras buscarlo y buscarlo porque tampoco es que queden tantos, lograron encontrarlo por ahí perdido en cualquier cueva negra como la noche de alguna montaña alta y escarpada de acceso casi imposible. Como debe ser, según las reglas de las leyendas. El sabio era un hombre anciano y magro (también como es debido para estos menesteres) que se limitó a explicar que la única cosa que necesitaba era que pusiesen a su disposición una pequeña casa tranquila en la que se encerró durante tres días.


 Al cuarto día las nubes se amontonaron y se produjo una fuerte nevada en una época del año donde no era previsible, y si bien se mira ni probable ni decente que sucediera, y en una cantidad no habitual y sí necesaria.


Hubo sorpresa, claro, además de alivio y agradecimiento. 


Y, una vez que las cosas habían salido lo que se dice “bien” y la catástrofe hubo sido alejada, sucedió lo que suele suceder en tiempos de bonanza: resurgió la curiosidad y alguien no pudo por menos que preguntarle: 
- ¿se puede saber cómo lo ha hecho? 
El pequeño chino respondió:
- ¿Se refiere a la nieve? Yo no la hice. No,  no soy responsable de ello.
- Ya, bueno, pero algo habrá hecho usted estos tres días que pidió que respetáramos ¿no? 
- Oh, eso sí puedo explicárselo, es simple. Vengo de un país donde las cosas son lo que deben ser.  Aquí las cosas no están en orden, no son como deberían ser según el orden celeste, por eso todo el país está fuera de Tao. Lo único que hice fue dejar estar las cosas en el orden natural de las cosas y para ello esperé tres días hasta que me volví a encontrar en Tao, y entonces, naturalmente, Tao hizo la nieve.



Como soy mujer de palabra (cuestión latosa de naturaleza heredada y por lo tanto no elegida porque de verdad que si pudiera elegir preferiría ser astuta y mentir con todas las bendiciones de mi conciencia que me parece mucho más adaptativo y eficaz. Cosa, la eficacia, que me encanta).......

............bueno, que como soy mujer de palabra, decía, y ayer escribí que iba a pedirle al I Ching una cosa bonita para junio, pues a ello me puse de buena mañana pero no había ni forma ni manera de encontrarme en ese estado un puntito especial en el que dices: “ahora es el momento de tirar las ramas de la milenrama” porque al I Ching no se puede ir de cualquier manera ni por curiosear ni para no hacer caso...

Total que me veía yo en la tesitura de no poder respaldar los dichos con hechos y me puse a dar vueltas por la red a lo tonto y a lo bobo. Este cuento lo he buscado durante no menos de cuatro años sin ninguna fortuna. Hasta ahora (significativo este ahora para mí y a lo mejor para algunos otros. Nunca se sabe)

Y algo me dijo por dentro que mejor el cuento que un hexagrama.

Y como soy muy obediente, sobre todo conmigo misma y mi olfato, pues me hago caso y eso hago.

Vale que lo he arreglado a mi gusto pero me parece que la esencia es la que es y que vamos a entender todos de la misma o parecida forma. Lo de "parecida forma" es lo mejor y lo que da más frutos.




Cuentos pequeños

 
Habían pasado tantos kalpas desde que Nación tutelara la vida de Kartaj que los recuerdos sólo tenían la forma de leyendas. Y las leyendas contaban que llegaron avanzando lentamente entre las estrellas, metidos en la tripa de sus enormes pájaros. Sin pedir hospitalidad se asentaron en el Consejo transformándolo en Gobierno y en menos tiempo del que tardaron los hombres de Kartaj en contemplar el descenso de las naves, el planeta entero había sido dominado, sus leyes abolidas, sus costumbres alteradas y ni siquiera el idioma pudo ser hablado ni transmitido. Fueron prohibidos los clanes e hicieron desaparecer los linajes.

Al principio la respuesta fue violenta pero poco o nada podían hacer contra un poder tan fuerte excepto que la sangre corriera tiñendo los ríos y la muerte empapara la tierra. Y tras ella, nada.

Nación era grande y se podía permitir sacrificar muchos guerreros; Kartaj pequeña, por consiguiente rindió sus hombres y era ahora tan Nación como Nación misma. Ni siquiera las leyendas estaban vivas en las canciones de los poetas y las semillas de revuelta se agostaron en los labios de unos pocos rebeldes. Los dioses, humillados, se retiraron a un rincón pequeño de sus cielos y los sabios se convirtieron en un grupo marginado y extraño apenas tolerado.

Los técnicos de Nación llevaron sus máquinas para trabajar los campos, máquinas para hablar, máquinas para hacer vida, máquinas para cualquier cosa. Y las mujeres y los hombres de Kartaj ya no necesitaron más usar sus manos para cultivar el trigo ni para cocinar, ni casi para ninguna cosa. Antes de lo que tarda un gallo en cantar el amanecer se acostumbraron a una vida cómoda y ociosa.

Entonces quienes guardaban el conocimiento, lo retiraron a la Montaña, un pequeño territorio al norte de todas las cosas y después lo cubrieron con poderosos hechizos de niebla y olvido que borraron los contornos y oscurecieron los caminos de acceso. Así, esos que parecían pocos y poca cosa vivieron en Nación un largo tiempo sin prisa ocupados tan solo en mantener y transmitir lo que no debía ser olvidado.
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-No, Cornelia, no. Con esa forma de mover las manos no serás capaz ni de crear una mosca-, le estaba diciendo Baba-Lur, su maestra, francamente enfadada –. Ayer no conseguiste oír latir el corazón del bosque y hoy mueves las manos como una mala bailarina. ¿Se puede saber qué te pasa?. ¡Por todas las diosas! ¿es que no te he enseñado nada?. ¡Mírame!.

Y Baba compuso un hueco con sus manos, frotó y frotó con dulzura y paciencia el vacío que había entre ellas hasta que una pequeña luz naranja brilló dentro de ellas. Continuó acariciándola para que creciera y, después, separando las manos, la dejó suspendida en el aire. Sopló y la burbuja hecha de nada se estrelló contra la punta de la nariz de su discípula.

-No puede ser difícil para ti. Inténtalo de nuevo.

Cornelia se concentró y procuró imitar en todo los movimientos de su maestra, pero después de un rato que se le hizo infinitamente largo, seguía sin conseguir ni un diminuto destello. Miró compungida la cara cada vez más furiosa de Baba. Tenía que lograr que algo se formara rápidamente si no quería ser castigada, pero no hubo ni forma ni manera.

-Lo siento pero no me sale nada.

Baba resopló.

-No es sólo el movimiento. Debes concentrarte en lo que quieres formar y hacer que salga por tus manos; te lo he explicado mil veces. Bien, igual mañana tenemos más suerte-. Dio media vuelta y se fue dejándola sola como la una. Pero al menos no la castigó.

Ahora que Baba no estaba, Cornelia recordaba constantemente a la vieja maestra y sus lecciones. Todas habían sido importantes porque Baba había conseguido que tuvieran el valor de un descubrimiento y la fuerza de una revelación. Siempre decía: “Se aprende con el cuerpo. Si sólo aprendes con la cabeza al final lo olvidarás. Es en el cuerpo donde las cosas permanecen. El cuerpo recuerda y, cuando le pides un recuerdo, él te lo acerca”. Y para que eso fuera un poco más cierto Baba dibujaría un pequeño tatuaje simbólico en la piel de Cornelia con cada pequeño o grande conocimiento adquirido.

Al llegar al término de su instrucción como custodia de la fuerza grande que todo lo sostiene, Cornelia tendría la piel cubierta de hermosísimos dibujos de colores casi imposibles que se completarían unos a otros formando el mapa de todo cuanto conociera, un mapa que diría casi todo lo que ella era a quien quisiera recorrer con calma su piel. Pero ese momento no había llegado todavía.

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La autoridad de los monjes de la Montaña era palpable. Sin ser real parecían más altos, más fuertes. Intermediarios entre el mundo de los dioses y los hombres, se fundían hasta tal punto con la fuerza que eran la propia fuerza. Duros como las rocas profundas de la Tierra. Dulces como un pequeño panal de miel calentado al sol perezoso de una tarde de verano. Polvo en el viento. Agua en la tormenta. Sin moverse, adaptándose a todos los vientos, corriendo con todas las aguas y sin embargo inmóviles. Podían hacer encantamientos que pocas veces hacían. Y saber el futuro tan seguro como la muerte y entrar en el pasado que pertenece a los poetas. (Pero solo el eterno ahora sirve. Sólo se vive la vida de los vivos en el presente.) Y poseían las palabras que son capaces de nombrar el nombre de las cosas. ¿Quién se atrevería a contestar la palabra de quien había consagrado su vida a la Vida y a la Muerte?. A quien cuida de los vivos y entrega los muertos a los dioses. A quien aconseja guerras y negocia la paz. Ni siquiera un jefe de clan habla antes que un monje.

Era orgullosa con la arrogancia de los viejos clanes. Todos sus antepasados habían tenido tanto que ver con la historia de Kartaj que las leyendas hechas alrededor de los héroes hablaban sólo de su linaje. Y el Templo no había conseguido suavizar sus maneras pese al duro entrenamiento a que había sido sometido su cuerpo y su espíritu.
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Hacía horas que la nieve se dejaba caer mansa y sin estorbos envolviendo en silencio el Templo de la Montaña. Estaba entrando en el “otro lado” y una calma dulce se iba posando sobre sus hombros firmes, resbalando por el cuerpo erguido, atento.

Cuidadosa con los gestos, procurando la perfección en la forma, jugando con los símbolos, unió despacio las dos manos e inclinó la cabeza orgullosa aceptando de antemano cualquier cosa que fuera a suceder. Ordenó con precisión los pliegues de su manto, subiendo por encima del hombro izquierdo el extremo destinado a cubrir el corazón, pasó una mano por el cabello recogido en una complicada estructura ritual en un intento inútil por dominar su rebeldía y caminó hacia la habitación de su maestra, sin prisa, dejándose seducir por la sobriedad del corredor cuyas paredes, del color inexplicable del tiempo, no estaban adornadas por nada.

El olor a sándalo y roble podía verse en delicadas nubes meciéndose en el aire.

De algún lugar en el corazón del Templo surgía un sonido oscuro, orgánico, rápido y continuo, una vibración armónica llamando al despertar.

Era un momento exacto. Lo oculto era tanto como lo revelado.

Y el universo entero celebraba el Equilibrio.

Esto también pasará

 
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

- No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje (el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey). Pero no lo leas -le dijo- manténlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino.

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía:

Esto también pasará.

Mientras leía estas palabras sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes. Él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en la carroza y le dijo:
- Apreciado rey, le aconsejo leer nuevamente el mensaje del anillo.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó el rey- Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta. No estoy desesperado y no me encuentro en una situación sin salida.
- Escucha – dijo el anciano – este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas. También es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo bueno era tan transitorio como lo malo.

Maestro: todas las situaciones (agradables y desagradables) son transitorias; pasarán y harán lugar para algo nuevo. Encontrarás la paz si logras tomar distancia de estas situaciones y si las aceptas como parte de la dualidad de la naturaleza.

Fuente: Internet, autor desconocido

La forma Zen de resolver un problema

     
 

El maestro y el Guardián se dividían la administración de un Monasterio Zen.

Cierto día, el Guardián murió. Se necesitaba alguien que pudiera ocupar su lugar.


El maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién haría la función de Guardián del Templo.

-"Voy a presentarles un problema",- dijo el maestro,- "y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo Guardián del Templo".

Terminado su corto discurso, colocó un banquillo en el centro de la sala; sobre él había un exquisito florero de porcelana con unas hermosísimas flores.

-Éste es el problema-, dijo- ¡resuélvanlo!

Los discípulos contemplaron, perplejos, aquella belleza.
¿Qué representaba? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?

Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el "problema", hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resueltamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.

- ¡Al fin alguien que lo hizo! - exclamó el maestro - ¡Empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años!. Usted es el nuevo guardián.

Al volver a su lugar el alumno, el maestro explicó:
- Fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un problema. No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado.

Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un hermoso amor que ya no tiene sentido, un camino que hay que abandonar… Sólo existe una manera de tratar con un problema.

Un problema, es un problema. No tiene sentido tratar de "acomodarlo" y darle vueltas, si al fin y al cabo ya no es otra cosa más que "UN PROBLEMA".
 

Compasión y paciencia

 
Dicen que un día le preguntaron a Etiénne cómo vivir y transmitir la Vía.

Y dicen que respondió: "Con mucha suavidad, con mucha paciencia" (a lo mejor es tan solo una leyenda, pero sirve)
 
Cuando el maestro Fukakusa no Gensei ordenó monje a su discípulo Seiko, le dijo: "Seiko, te doy el nombre de Ji Nin, compasión y paciencia. Voy a decirte lo que significa:

Cuando un bodhisattva muestra a otros la Vía usa la compasión y la paciencia.

Cuando él mismo practica la Vía utiliza la paciencia y la compasión.

Tendrás de cultivar ambas y saber que la una se nutre de la otra. Si tienes compasión, te vuelves paciente; si eres paciente, te vuelves compasivo.

Los cuatros grandes votos del bodhisattva te enseñan el camino.

El primero dice: "Las criaturas son innumerables. Prometo salvarlas a todas".SHUJO MUHEN SEIGAN DO. Este voto se cumple con la compasión.

Y el último "La Vía del Buda es sin igual. Prometo realizarla". BUTSUDO MUJO SEIGAN JO. Esto sólo se consigue con paciencia."

Casi un koan


 
Un día, el juez pidió a Nasrudín que le ayudara a resolver un problema legal.

-¿Cómo me sugerirías que castigue al difamador?

-Córtales las orejas a todos los que escuchen sus mentiras.

Zen Dragón

 
Al rey Seko le gustaban mucho los dragones. Era una auténtica pasión lo que tenía por este tipo de extrañas criaturas. Las paredes de su palacio estaban llenas de pinturas de dragones, los suelos lucían con mosaicos de dragones, en los salones había dragones esculpidos en estatuas, en frisos…

Cuando llegaba algún visitante a su palacio, le narraba historias fabulosas que hablaban de aventuras y desventuras relacionadas con ese tipo de seres fabulosos. Incluso había mandado a los sabios de palacio, recopilar todos aquellos libros y textos que estuvieran relacionados con los dragones. De esta forma, ante los impresionados y atónitos visitantes, alardeaba de conocer todos los misterios y secretos relacionados con estos seres fabulosos. Y se mostraba como un valiente, capaz de mantener el tipo allí donde los demás se retiraban temerosos.

Una mañana, al levantarse el rey Seko, abrió la ventana que daba a los jardines de palacio… y cuál sería su sorpresa al ver un gran dragón que, asomándose por ella, le mostraba su rostro. Nunca había visto un dragón real a pocos metros de él.

El rey, completamente conmocionado y asustado, se desmayó. Al rey Seko sólo le gustaban las imitaciones de dragones. Le daban miedo los auténticos.
  

Las acciones invisibles

  
Para que no nos desanimemos pensando que lo que hacemos es inútil. Nada es inútil. Todo aprovecha para la Vía. No hace falta que sea público. Es más, somos especialistas en invisibilidad. Pero el espíritu generoso que nos anima es igual al espíritu del Universo. Estamos comprometidos con hacer lo que hay que hacer. Se entienda o no. Se apruebe o no. Nos aplaudan o no. Al final lo más seguro es que no podamos construir un Templo porque habremos cobrado poco o nada por aliviar sufrimientos. Pero seguro que habremos ayudado a construir muchos templos en cada uno de aquellos a quienes acogimos con auténtico cariño cuando lo necesitaron. Y lo que es mejor, nos dejamos ayudar cuando tuvimos necesidad de unas  pocas palabras de ánimo. Permitimos que otros nos pudieran ofrecer, y aceptamos agradecidos, lo que tenían para darnos. Eso les hizo grandes. Eso nos hizo grandes. Eso es bueno. Y está en orden con el Orden.

Tet-sugen, un discípulo zen, asumió un tremendo compromiso: imprimir siete mil ejemplares de los libros sagrados, que hasta entonces sólo podían conseguirse en chino.

Viajó a lo largo y ancho de Japón recaudando fondos para su proyecto. Algunas personas adineradas le dieron hasta cien monedas de oro, pero el grueso de la recaudación lo constituían las pequeñas aportaciones de los campesinos. Y Tet-sugen expresaba a todos el mismo agradecimiento, prescindiendo de la suma que le dieran.

Al cabo de diez largos años viajando de aquí para allá, consiguió recaudar lo necesario para su proyecto. Justamente entonces se desbordó el río Uji, dejando en la miseria a miles de personas. Entonces Tet-sugen empleó todo el dinero que había recaudado en ayudar a aquellas pobres gentes.

Luego comenzó de nuevo a recolectar fondos. Y otra vez pasaron varios años hasta que consiguió la suma necesaria. Entonces se desató una epidemia en el país, y Tet-sugen volvió a gastar todo el dinero en ayudar a los enfermos, contribuyendo a salvarlos de la muerte.

Una vez más, volvió a empezar de cero y, por fin, al cabo de veinte años, su sueño se vio hecho realidad.

Las planchas con que se imprimió aquella primera edición de los libros sagrados se exhiben actualmente en el monasterio Obaku, de Kyoto.

Los japoneses cuentan a sus hijos que Tet-sugen sacó, en total, tres ediciones de los libros sagrados, pero que las dos primeras son invisibles y muy superiores a la tercera.

Un cuento más del Mullah Nasrudín


Nasrudin conversaba con un amigo.
Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?
Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.
Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.
Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
¿Y por qué no te casaste con ella?

¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

NIDO DE PAJARO

El Maestro Nido de Pajaro (llamado así por practicar la meditacion en las copas de los árboles), interrogado por un grán erudito sobre la Sabiduria más elevada del Budismo contesto:
Haz el bién no hagas el mal.
El erudito consideró que la respuesta era muy simple y le dijo: Hasta un niño de tres años puede entender eso.
A lo que Nido de Pajaro contestó:
Incluso un niño de tres años lo puede comprender, pero un viejo de ochenta y cuatro no lo pone en práctica.
La boca es rauda
La palabra veloz
El Intelecto afilado
pero la mano no inicia el gesto
la acción se muere en la duda
y el viejo muere de viejo sin realizar lo que habia comprendido cuando era un niño.

De paso

Se cuenta que un visir fue a la ciudad de Bagdad con la finalidad de visitar a Nasrudín.

El visir se sorprendió al ver que Nasrudín vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros. Las únicas piezas del mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.
-¿Dónde están sus muebles?- preguntó el visir.

Y el mullá, rápidamente, también preguntó:

-¿Y dónde están los suyos...?
-¿Los míos? -se sorprendió el visir. ¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!
-Yo también... - concluyó el mullá.

La propia verdad. Una gran premisa

Cuentan que un buscador de la verdad salió en cierta ocasión a los caminos de Iurancha, El Mundo.

Y allí, en el Gran Cruce del Mundo interrogó a sus hermanos.

- Decidme, ¿cuál es La Verdad?

- Busca la filosofía, respondieron los filósofos.
- No, argumentaron los políticos, la verdad está en el servicio.
- Entra a las catedrales, le aseguraron los clérigos.
- Sin duda, la verdad es la sabiduría -terciaron los sabios-.
- Renuncia a todo, esgrimieron los ascetas.
- Contempla y ensalza las maravillas del señor, le anunciaron los místicos
- Acata y cumple las leyes, señalaron los gobernantes.
- Conócete a ti mismo, cantaron los guardianes del esoterismo.
- La verdad está en los números sagrados, dedujeron los cabalistas.
- Vive los placeres, aconsejaron los epicúreos.
- Únete a nosotros, le gritaron los revolucionarios.
- La verdad es un mito, respondieron los escépticos.
- Vive y deja vivir, clamaron los existencialistas.
- El pasado: ésa es la única verdad, clamaron los existencialistas.

Confundido, aquel humano se dejó caer sobre el polvo del camino, mientras aquella multitud se alejaba cantando y reivindicando “su” verdad.

En eso, acertó a pasar junto al hombre un venerable anciano que portaba un refulgente diamante.
-¿Quién eres?, preguntó el derrotado buscador de la verdad.

Y el anciano, mostrándole el diamante respondió:
- Soy el Guardián de la Verdad.

- ¿La Verdad? ¿es qué existe?

El anciano sonrió y aproximando la gema al rostro del humano, replicó:
- La verdad. Como este tesoro, tiene mil caras. A cada uno le corresponde averiguar cual es la que le toca.

¿Cuál es tu verdad?
 

La llave de Josefina

Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño. Josefina la levantó y siguió andando.
Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.
Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.
Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.
La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.
Y voló hasta un panal.
Con la llave abrió la puerta del panal, abrió la puerta de una gota de miel y entró y goteó sobre la zapatilla de un hombre que juntaba la miel.
Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prende la tele. Pero la historia dice que, con la llave, Josefina abrió la puerta del hombre y entró. Y sintió lo fuerte que quema el sol y cómo se cansa la cintura y que el agua es fresca. Y, con la mano del hombre, acarició a un perro común y silvestre.
Con la llave, Josefina abrió la puerta del perro y entró. Y les ladró a las gallinas, al gato y al cartero. Y después abrió la puerta del cartero, del gato, de las gallinas, de las limas para uñas, de las tortas de crema, de los banquitos petisos y de los grillos.
Hay gente que, a esta altura, ya se fue a tomar la leche. Pero la historia dice que, cuando estuvo segura de que esa llave abría todas las puertas, Josefina abrió la puerta de Josefina y entró.
Se sentó en el banquito petiso y, con la lima para uñas, se puso a hacer otra llave distinta a la primera, pero igual.
Después se quedó sentada en el banquito, pensando. Josefina quiere elegir a quién darle la segunda llave. Porque no es cuestión de entregársela a cualquiera.
Pero si vos todavía estás ahí, si no prendiste la tele y no te fuiste a tomar la leche... acá la tenés, tomala. Porque dice Josefina que la llave es tuya.

El gato zen. Un cuento

Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken, su hogar estaba invadido por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas.

Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entrenador de gatos. Shoken le dijo: "Préstame tu mejor gato".

El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la habitación, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con aquella rata.

Shoken consiguió entonces un segundo gato, uno de color jengibre, con un ki increíble y una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una apresurada retirada.

Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que los dos anteriores.

Shoken consiguió un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era tan fuerte como el gato de callejón o el gato color jengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó, imperturbable, y se mantuvo completamente inmóvil. Un titubeo cruzó la mente de la rata. Se acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustada. Repentinamente el gato la agarró por el cuello, la mató y se la llevó arrastrando.

Posteriormente Shoken fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo: "Cuántas veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearla me rasguñaba; ¿cómo pudo tu gato negro deshacerse de ella?"

El amigo le dijo: "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante seguro de que todos entienden sobre artes marciales".

Así que hubo una reunión de gatos presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo: "Soy muy fuerte".
El gato negro preguntó: "¿Entonces por qué no la venciste?"

El gato de callejón respondió: "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente".

El gato negro dijo entonces: "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se pueden comparar con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y mucha técnica, pero la habilidad sola no fue suficiente de ninguna manera"

El gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer a la rata. ¿Por qué?"

El gato negro respondió: "Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de él, se transforma en algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con el agua que fluye de una llave; pero el de la rata es como un gran geiser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo."

Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con las técnicas y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de victoria), y él también se vio forzado a correr para sobrevivir.

El gato negro le dijo, "Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste a la habitación entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste vencerla. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una. Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconscientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata.

Pero conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que yo. El es muy, muy viejo y sus bigotes son grises. Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se apartan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejadas que nunca tiene la oportunidad de atrapar ni siquiera una. Un día entró en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron en ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Las podía espantar en sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más allá de las posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia."

La Gran Compasión. El abad y los ciervos.

Una vez un se armó un pequeño escándalo en un monasterio Zen cuando uno de los monjes encontró a su maestro, el abad, tirando piedras a unos ciervos que se habían acercado al recinto. El monje se sintió demasiado avergonzado para decir nada a su maestro de modo que se retiró en silencio.

Más adelante, le incomodaba tanto lo que había visto que no pudo evitar mencionarlo a sus compañeros, quienes se mostraron escandalizados por el comportamiento del abad. ¿Acaso no es la esencia del budismo el tener una actitud de amabilidad amorosa hacia todos los seres vivos? ¿Cómo podía un maestro zen actuar así y seguir siendo considerado maestro zen?

Al final, después de varios días, uno de ellos se armó de suficiente valor para pedirle explicaciones al maestro.

El maestro le replicó: “He visto a esos ciervos por aquí varias veces recientemente y me preocupaba la posibilidad de que adquiriesen esta costumbre porque los cazadores los encontrarían y los matarían con toda seguridad. Así que les eché unas piedras para ahuyentarlos”.

Y tantas veces justo quien nos tira piedras que nos duelen, y de las que nos lamentamos, es quien nos salva de una muerte segura y dolorosa y estúpida...

Un cuentecito muy pequeñito

Había un maestro zen del que se decía que, además, lo sabía todo sobre la Biblia.

Ortiga, la amiga de Ane, se consideraba (aunque no lo dijera en voz alta) igualmente erudita y decidió ponerle a prueba más que nada para dejarse claro a sí misma que ella sabía más. Éso la importaba mucho.

Lo primero que le preguntó fue: "¿Cuántas veces ha leído la Biblia, maestro?" (Lo de "maestro" lo dijo con un poco de retintín, las cosas como son).

Él contestó: "Nunca he leído la Biblia. No lo necesito. Si se comprende un solo verso de Ella, se la ha comprendido entera."

Ortiga, picada, volvió a interrogar como solamente ella sabe hacerlo: "¿Y cuál ese verso?"

"Jesús lloró", fue la respuesta. Un buda más que sintió y padeció. Porque cuando Dios toma por asalto un humano, el humano, al principio, llora. Después ríe y también puede seguir llorando. Y Jesús fue un humano habitado por un dios. Está dicho. No lo invento.