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El Filandón



"El filandón es una reunión que se realiza por las noches una vez terminada la cena, en la que se cuentan en voz alta cuentos al tiempo que se trabaja en alguna labor manual (generalmente textil). Tal reunión se solía hacer alrededor del hogar, con los participantes sentados en escaños o bancadas" (me aclara wikipedia)


La cuestión es que me gustan los cuentos, historias y cotilleos. Me gusta escucharlos y me gusta contarlos.

Esas que comienzan por “me acuerdo de una vez...” que pueden ser de dojo y sangha o de tiempos clandestinos;

De montaña y escaladas de esas en las que uno se sabe como una arañita agarrada a la roca que Ella (la montaña) se puede sacudir en cuanto quiera con la pequeña ayuda del viento y la niebla y la nieve.

O del Gran Sol donde faenan algunos locos marinos porque dicen que no es un buen sitio para estar.

Y como todo esto suele suceder por la noche, me encanta que también me cuenten cosas misteriosas y un poco de miedo.

También me gusta que me narren de intuiciones extraordinarias y coincidencias asombrosas; de esas ocasiones en que uno siente, sin lugar para la duda, que realmente hay un ángel atento contratado a tiempo completo para guardar la espalda y la vida que tan alegremente nos jugamos demasiadas veces.

Claro que no hago ascos a esas otras que se inician con una sonrisilla y un “¿ah, que no sabíais que Tal está con Cuál? Pues sí, veréis...” o algo parecido......

Parece que ya no se llevan las noches de invierno al calor de la chimenea. Sólo parece porque apuesto algo (y seguro que no lo pierdo) a que no habría ni uno sólo de los que hasta aquí habéis llegado leyendo que se resistiera a una tertulia de estos estilos.

Pues nada, cualquier día después de un buen zazen de invierno.....

(ésta se la debo a Kosiki por una cosa y a una prima mía que es tonta, tonta, pero tonta del todo, por otra. Y sin embargo...)

Los sentidos interiores


La verdad era que ella (que se llama Nico de Nicolasa) no quería ni uno sólo de los dones y talentos que le fueron concedidos sin solicitarlos y sin que tampoco nadie le pidiera su permiso. Resultaban incómodos y la reportaban cero beneficios pero no lograba sacudírselos de encima por más intentos que hacía.

Podía oír, aunque no quisiera, los cientos de rumores detrás de las palabras y por si cabía la duda sobre esa certeza, lo que las sostenía y animaba se acompañaba de imágenes y escenarios como en destellos. Pero no podía convencer a nadie de que estaba diciendo lo que no quería decir.

Podía oler a distancia la mentira y el miedo porque como le informó su amigo el astrólogo, las estrellas de su nacimiento hacían pocas migas con las cosas que se escondían y ocultaban.  Y bien que se daba cuenta de que era cierto porque, aunque cubierta de oscuridad cada vez que se echaba el kesa sobre el cuerpo, prefería estar a kolomo descubierto. Pero no podía deshacer ni la mentira ni el miedo.

Podía encontrar los mil y un lugares dónde quedan atrapados los fragmentos de un alma cuando se rompe pero no tenía la habilidad de juntarla de nuevo y que brillara espléndida como deben hacerlo las almas que se precien de serlo.

Afortunadamente en cuanto al gusto de los sabores, estaba escasamente dotada, así que al menos se evitaba el sabor de la rabia, de la vergüenza o cosas parecidas que tenía la impresión, por otro lado bien fundada, de que sabían a demonios.

Sentía envidia de aquellos de entre sus hermanos que sin saber nada de lo que ella sabía podían, sin embargo y eficazmente, hablar con palabras que suenan, desconocer lo que nadie quiere que se sepa y restaurar lo roto sin dejar huella de forma que parecía que se había hecho solo.

Pero no sabía cómo volver atrás y olvidar porque si algo tenía por sobre encima de todo lo demás que no había pedido, era memoria; una memoria infinita que empezaba a pensar (por proteger su salud mental más que nada) que no era solamente la suya propia de su cuerpo y mente sino la de todos los demás que en el mundo han sido. Y eso fastidia. Dice.

Hablando de Deshimaru


Anticipo el final: ¿Cuchara o tenedor? 

El monje que se tomó la molestia de montar un dojo a menos de doscientos metros de mi casa (cosa que me vino muy bien porque perezosa que soy si hubiera estado aunque solo fuera a un par de kilómetros ni me habría acercado), primero me cayó bien y luego fatal por cuestiones que no vienen al caso y sobre todo porque, bien simple: no congeniábamos.

No sé qué le parecía yo al principio pero sé que al final no me podía soportar.

A la monja que dirigía al monje a quien yo le parecía horrible, tampoco le gusté mucho.

Fueron importantes en mi vida no por afinidad personal (que no, que no y que no) sino porque estaban empeñados en poner fácil y cerca la Vía aún a gente que les sacaba de quicio. En mi mundo se le llama Generosidad, en grande y es una cosa de las más respetadas.

Y algo de eso hay también con Deshimaru y todos los demás a quienes hoy adoramos seguramente porque no los sufrimos (Esto es como lo de House, mola ver de lejos y en la tele un médico tan borde... excepto que te toque y aunque te salve la vida).

Si decimos que tal o cual compañero de cuadrilla y Vía es insoportable en sus disertaciones no quiero ni imaginar lo que tuvo que ser Dôgen, y a día de hoy sigue siendo, que es que hay que cogerlo con tiempo (mejor en invierno) y ganas y cuaderno para coger apuntes y traducir.

Uno no debe olvidar (ya lo dice el Comando en sus comentarios en esta entrada: fukanzazengi paso a paso (iv) que fue un erudito, que es reconocido como el filósofo más importante de toda la historia de Japón y eso suena a "ladrillo" hasta que uno se pone y descubre que sí, que es un ladrillo pero que con ese ladrillo se construye mucho más que una casa. Ah! y un experto esotérico tendai, no lo digo por fastidiar, aunque sé que a todo el mundo le pone nervioso el esoterismo y la metafísica............ tan necesarios y en algún momento obligatorios y luego descartables..........

A lo que voy: así y por llamar las cosas por su nombre, Deshimaru siempre me pareció un engreído más bien tirando a fascista en lo que se refiere a su personalidad PERO eso es lo de menos en el plano que nos importa, lo de MÁS es que acercó una práctica que necesitábamos, que casi-muchos de los mensajes que repitió las tres veces mínimas que cualquier mensaje necesita para ser procesado en lo profundo, fueron de acuerdo a la Ley  (¡Dios, qué cosas, yo diciendo esto!)

Y agradecida.

Agradecida por no haberlo conocido personalmente.

Agradecida de poder quedarme con la esencia ya decantada de algunas de sus afirmaciones (algunas).

Agradecida porque me obligó a fijarme en lo que decía y a discriminar que no es poco.

Y agradecida porque, equivocado o no (¿quién sabe?) transmitió lo que tenía y eso es lo único que se le puede exigir a un eslabón de cadena. Espero, porque si no la gran mayoría lo llevamos de “color”.

Tengo que decir que cuando encontré a Rafu y Alonso no me lo podía creer. 

No reñían sino que animaban. 

Sabían dulce. 

Que puede parecer proselitismo barato pero de verdad que no, que sé yo que tienen sus cosas pero aún así ....

Que necesitamos cariño y comprensión y confesión y ánimo tanto como espuelas y collejas ...........



..............me he vuelto a ir por las ramas....... cosas del kraken que también soy y se me escapa sin control del vez en cuando :(

Zazen, natural




Al principio zazen (me parece) se hace para uno mismo, tiene poco sentido y no suele suceder, que a uno se le ocurra algo parecido a "voy a hacerle un favor al mundo: me voy a sentar" (¡!).

Y generalmente, que no siempre, se encuentra con un regalo de bienvenida: un algo más de serenidad, un algo menos de rabia, tristeza o lo que sea que a uno le sobra.

Pasa un tiempo de luna de miel y poco a poco puede ser que llegue un tiempo de aburrimiento supino o eso al menos le escuché decir a una compañera de dojo: "me aburro como una ostra durante el zazen", dijo.

Tiene su explicación,  claro, porque es que la encantaba hablar y que la miraran (y lo digo como descripción de su persona, nada de censuras porque humanos somos y algo de eso tenemos todos). Y en zazen ni podía hablar (bueno, que poder, lo que se dice poder, se puede, pero casi nadie lo hace excepto uno que respondió a un kusen y fue uno de los mejores momentos que recuerdo dentro de un dojo. Resulta que el monje habló algo sobre el láser añadiendo que no recordaba bien el significado de las siglas y ése que os cuento, por allí al fondo, mientras continuaba inmóvil mirando sin ver su trocito de pared, contestó: "light amplification by stimulated emission of radiation, amplificación de luz por emisión estimulada de radiación"... genial! y más genial todavía fue que el monje, usando su mejor estilo zen estándar, le contestó a su vez: "no te he preguntado". El practicante nuevo, porque si no es nuevo ni se le ocurre comentar nada, dijo en voz alta y con toda cortesía: "perdón, como has dicho que no lo sabías"...).

Retomo, que mi compañera ni podía hablar ni nadie la miraba y esa era la causa de su tedio.

Personalmente no me he aburrido nunca porque, contraviniendo todas las instrucciones, tengo que reconocer que de vez en cuando, en zazen, también me dejo pasear por mis mundos internos, charlar con sus habitantes y proyectar escenarios, por ejemplo. Vale, que no hay que hacer eso pero que conste que sé que no soy la única, que sé de quien se dedica a hacer circular órbitas microcósmicas, quien recita mantras o mil otras cosas con tal de no caer de golpe en nada. O sea, igual que yo :)

Pero si uno decide no hacer caso de esa etapa y continúa impertérrito como si tal cosa en la práctica, hay un momento (que viene después del mesiánico de: "lo hago por la humanidad"...) en el que zazen se incorpora él solito a la lista no escrita de necesidades básicas y fisiológicas que ni se ponen en duda ni se eligen tales como cocinar y comer, procurarse techo y cama y dormir, respirar, comprar (pedir prestado o robar) ropa y vestir, llorar, reir.

O morir de la muerte verdadera o de la otra.

Invisibles





El clan de los invisibles está compuesto de esos que por más que salten y brinquen, levanten el dedo afanosamente para hablar y hasta la voz finalmente desesperados, ni se les ve ni se les oye ni se les tiene en cuenta; de los que, más se esfuerzan en ser simpáticos para que los quieran, menos caso les hacen.


Siempre a la cola de aplausos y parabienes que no llegan nunca y que generalmente creen que necesitan como se necesita el aire para vivir y en tanto vivo, tener un sitio.

Si viviéramos en un entorno culturalmente taoísta el asunto no sería grave sino todo lo contrario porque los taoístas adoran la invisibilidad y la bruma. Pero el nuestro es un tiempo-mundo en el que solo vale lo que más brilla si bien, como la vida se ha encargado de dejarme bien clarito, no siempre es lo mejor aunque a veces incluso coincida.

Conozco a más de uno y de dos así, de esta manera. 

Pero también conozco a otro que de pronto un día debió de ser que se levantó rebelde y levantisco y se dijo: "basta y hasta aquí hemos llegado, que si no me quieren no me merecen. Y no me esfuerzo más", añadió. 

Entonces ése que conozco soltó de su espalda el anhelo de reconocimiento ajeno y se dedicó al propio y todos los días desde entonces fueron una fiesta porque...
  

la magia de soltar


  
Llegó al dojo con su carga del día: una mujer maltratada, un hombre aburrido, tres obsesionados, todos ansiosos, todos deprimidos, dos avariciosos y siete egoístas. 

Mientras vistió su bata blanca de médico los contempló a la manera científica, observando signos y síntomas, analizando y diagnosticando, buscando el mejor tratamiento y aplicándolo. Ellos no eran él. Ellos eran los equivocados. 

Mientras se vestía con el kimono, el kolomo y se cubría con el kesa, el hombre recordó cada uno de sus pacientes y, desalentado, pensó: "dios mío, no soy tan diferente! "

Cuando atravesó el umbral del dojo y se sentó, el médico y el hombre, la maltratada, el aburrido, el obseso, el ansioso, el deprimido, el avaricioso y el egoísta, el padre, el amigo, el marido y el hijo y todos los demás, cobijados bajo el kesa, entregaron sus pensamientos al viento y permitieron, por la inmensa fuerza de la mera decisión de soltarlos, que se deshicieran en el vacío de origen.  

Fue entonces que la maltratada recuperó la dignidad, el aburrido tuvo una idea genial que le lanzó fuera de su silla, el obseso pensó que bah, tampoco es tan importante!, el ansioso pisó el presente, el deprimido agradeció la vida, el avaricioso se puso a repartir cuanto tenía y el egoísta pronunció la palabra mágica que todo lo cura.

Pero el monje nunca lo supo y tampoco hacía falta. La vida se encarga de lo suyo.

Gasshô para todos los que iniciaron un dojo


Hubo una vez un monje que no quería practicar solo.

Puede ser que porque así le hubieran instruido o porque aprendiera en propia carne y espíritu que hay soledades poco recomendables o porque hubiera recibido un tesoro de esos que son para compartir o no serían tesoros sino aburrimientos o incluso porque le hiciera gracia ser maestro una temporada.

Lo más seguro es que fuera una mezcla de todo esto y algunas razones más de todo tipo, tanto feas como bonitas. Confesables e inconfesables.

Después de todo, lo importante fue que se ocupó de buscar un lugar, hacerlo hermoso y soltar la oferta a los cuatro vientos para que los vientos hablaran en las orejas abiertas.

Esperó.

Llegaron.

Y todo fue bien durante un tiempo.

Luego fueron pasando cosas que cualquier responsable de dojo conoce. ¿O debería decir “padece”?

Si hubiera un congreso de responsables de dojo, que debería haberlo para que se pudieran desahogar, muchos caeríamos en la cuenta de lo difícil que es darle una forma adecuada a esa función, de la determinación diaria que supone, de lo zarandeados que están, de lo mal y poco que se les entiende. De las exigencias a las que les sometemos como si estuvieran más allá de todo cuando en realidad son tanto y tan poco como cualquiera. Con los mismos miedos, dudas y dificultades vitales que todos sólo que con el culo al aire y a la vista. Esforzándose muchas veces más allá (según yo) de lo razonable.

Pues que me parece que le debía un homenaje sincero a todos los que iniciaron un dojo y lo mantienen con su mejor sabiduría que igual no es la mejor pero es toda la que tienen y enterita que la ofrecen.

Y que no me extrañaría que de pronto un día el responsable del dojo donde practico me dijera dulcemente: “vale, mañana lo haces tú y critico yo”.

Por equilibrar.

El corazón manda


   
Cuando a él se le hizo una herida grande en el corazón, tan grande que casi lo mata, lo asistieron todas las brujas, sanadoras y curanderas de la zona. Unas le prestaron su fuerza, otras le limpiaron el aura y otras le auguraron una larga y feliz vida a pesar de todo o precisamente por eso. Acertaron todas. Por sanadoras o por casualidad.

A ella, testigo impotente de esta aventura sólo hasta cierto punto ajena, le pasó que pasó a sentir la vida como desconocida; que le parecía que los días se desgranaban cada uno con sus pequeños acontecimientos, risas y sonrisas de siempre y todo parecía que seguía igual, y sin embargo todo era distinto, como si estuviera hecho de una materia más leve y ligera a la que no terminaba de acostumbrarse.

Y comprendió algunas cosas y no del todo.

Comprendió, por ejemplo, que la vida y la muerte eran algo para ser observado despacio y sin juicios ni previos ni posteriores. Porque desde siempre le habían dicho (y lo había creído como creía todo cuanto la decían, mujer de mucha fe) que la muerte era mala y a ella, ahora, le parecía que a lo mejor no era para tanto. No quería decirlo en alto porque en cuanto se lo decía a sí misma el pensamiento se le volvía angustia. Pero si se callaba y dejaba que hablaran sus sensaciones, entonces le parecía que morir no era más que un paso (como él le había confesado cuando estaba a medias tintas) y que lo malo de irse era que los de verdad compañeros de vida lo hacían difícil llorando y desesperándose y sumiéndose en esa soledad triste que no es la soledad normal y corriente.

Comprendió un poco de lejos -porque después de todo la muerte finalmente no se lo llevó- la importancia de saber despedir, hasta la vista, a quienes se ama. 

Aún con todo y con eso, sus propias sensaciones la asustaban porque pensaba que no tenían la veracidad completa y obvia de la tormenta que llueve, por ejemplo. Y pensaba que, de todos modos, no tenía ninguna intención de que él muriera antes que ella, ni después, si a eso vamos, mejor juntos para echarse una mano en los mundos desconocidos. Y sospechaba que si se ponía un poco arrogante con eso de que al fin y al cabo la muerte no era tan espantosa, igual a los dioses se les ocurría ponerla a prueba y ella tenía mucho miedo a los dioses cuando se ponían en ese plan, que bien se sabe que pueden ser crueles hasta decir basta. 

Sin embargo y a pesar de todos esos sentimientos encontrados y mezclados como si fueran un puzzle antes de empezar a montarlo, a ella le seguía pareciendo que el mundo, el tiempo y las cosas habían cambiado de sustancia y estaba sorprendida, confusa y como demasiado ligerita para su gusto. Porque además, claro, eso lo decía ella que después de todo no había pasado rozando la muerte como él. Y, claro, así es muy fácil hablar y filosofar, ¿no?, que ya lo decía una vieja frase de una vieja poesía que  había aprendido hacía mucho tiempo: “... porque ser hombre obliga compañero a que lo dicho lo tengas que hacer luego verdadero”. Y ahí estaba la madre del cordero, o la cuestión fundamental, vaya. Que hablar es fácil, pero hacer… o sea lo que se dice que la palabra se haga carne... eso ya es harina de otro costal. Y entonces lo miraba con ternura porque en ese tiempo su compañero estaba lo que se dice pero que bien tocado en el centro mismo de su ser: el corazón. O, como él decía, el Emperador, que es que tenía la costumbre de hablar de las cosas como hablan los chinos y su medicina y ellos decían que las enfermedades del Emperador no se ven hasta que estallan. 

Y es verdad, pensaban los dos sin saber que lo estaban pensando al tiempo, que cuando el corazón dice “me aburro”, que es lo que viene a ser un infarto, hay que hacerle caso y empezar (y seguir) a cambiar cosas para que no se repita la tontería si es que uno no quiere que se repita.

El caso es que él salió a los no muchos días y aparentemente normal del todo, tanto que parecía que no había pasado nada, pero sí que había pasado y durante un tiempo largo se lo pasó cuajadito de miedo y sin apenas fuerzas para moverse no fuera a ser que le pidiera demasiado al motor de su vida y se le volviera a atascar. Hasta que dale que dale, terco, a mirar en dónde se había equivocado, lo descubrió. En fin. Que no fue un final sino un principio. Ahí fue que empezó a vivir como su dios de dentro le mandaba y hasta hoy.
  

Jorge León


Mi amigo Jorge León murió hace algunos años, y no recuerdo cuántos porque estoy poco dotada para las fechas, pero sí sé que fue a finales de mayo y que la policía nos lo comunicó horas antes de un zazen que le dedicamos, como era debido. 

El caso es que fue una de las primeras personas en tenerme en cuenta, tanto que en su primer viaje a India me trajo una caja-calabaza exquisitamente labrada cuya tapa está serrada de forma que solamente encaja a la perfección si los dientes coinciden en sus huecos. Una versión material del dicho zen que tanto repito (porque me encanta y me encanta): lo ideal encaja con lo real como una tapa con su caja. Me hablaba y me escuchaba cuando nadie más lo hacía. Supongo que tengo cierto talento, que en aquel tiempo no deseaba y hoy aprecio, para cubrirme con una capa de invisibilidad al más puro estilo Harry Potter.

Fue uno de mis primeros autoestimadores. Honor que me hizo porque él era todo un triunfo de hombre ya por aquellas fechas en las que ninguno alcanzábamos más allá de adolescentes en todos los sentidos. Era pintor, escultor, bohemio, punki, explorador, filósofo, escéptico, escritor, enfermero, espeleólogo, viajero... me pregunto qué es lo que no era puesto que todo le interesaba. Y maoísta en los tiempos de una clandestinidad que amenaza con volver. Me parece que habría querido que se supiera.

El caso es que por unas cosas o por otras su vida y la mía fueron yendo cada una por un sitio hasta que un día supimos de su accidente. Jorge tenía en casa unas anillas colgadas del techo para hacer  “San Pedro” particulares y otras gimnasias por el estilo y una tarde después de la comida del domingo con la familia de su mujer, que no estaba casado y no lo digo porque me parezca de ninguna manera sino porque tras su accidente resultó ser todo un problema para ella, para él... pero ésa es otra historia... resulta que estaba enseñándole a su sobrina cómo se hacía el tal “San Pedro” boca abajo (que es que ahora no me acuerdo cómo se llama en lenguaje gimnástico técnico) y ¡plaf!, las anillas se soltaron y él se fue cabeza abajo rompiéndose la columna. Y entró en parada, claro. Pero como su cuñada, que acababa de hacer un curso de primeros auxilios, andaba por allí, al oír los gritos de la niña, se acercó a toda prisa y dándose cuenta de que estaba casi del lado de allá, le hizo todo tipo de maniobras mientras alguien llamaba al 112... 

Lo sacaron de ésa. 

Lo llevaron al hospital. 

Gran lesión medular, síndrome de enclaustramiento. 

Intervención neuroquirúrgica. 

Un par de paradas de las que volvieron a sacarle que para eso era de la “casa” (o sea, que trabajaba en el hospital) y había que apurar los últimos gramos de pólvora del último cartucho de la vida. 

Uvi. Él ni enterarse hasta que se enteró un buen (según él "mal", es obvio) día en que despertó y se recordaba entero y se supo reducido a menos de la cuarta parte; más o menos el 10% porque tan sólo podía mover la boca y pestañear, vamos, que ni pensar en respirar o hablar de no ser por la máquina de respiración asistida a la que le engancharon. Digamos que de barbilla para abajo... bueno, pues eso, = 0. 

Y luego fue el traslado al centro de parapléjicos de Toledo y después la temidísima y terrible vuelta a casa que ahí al principio todo el mundo se comportó como un héroe, él incluido, porque es lo que tienen los principios, y le visitaban y le ayudaban y estaban pendientes. Pero en los finales hay pocos héroes o tal vez sea que quedan tan solo los que de verdad lo son. En este caso parece que no quedó ni uno, así que ninguno lo era del todo si nos atenemos al final de la historia que... ya voy, ya voy a ello. 

Sin embargo él no dejó de hacer todo cuanto se le ocurrió para seguir con sus pinturas, esculturas y escrituras y como era voluntarioso y orgulloso y terco, durante un tiempo lo consiguió. 

Aquí entro yo de nuevo. Fue que muiso me propuso ser los dedos de jorge para que pudiera continuar escribiendo una novelita de entretenimiento iniciada antes de lo que él llamaba “el accidente”. Escribo deprisa al ordenador y tenía un poco de tiempo disponible por entonces y además estaba en una de esas épocas que a todos nos dan de vez en cuando de echar una mano a quien nos lo pida. En mi caso porque me había entrado la cosa de ser santa. Y dije sí, claro. Y dos veces por semana durante dos horas que solían ser tres al menos, me acercaba por su casa y él dictaba y yo escribía o entre los dos buscábamos el “cómo se dice...” Lo que yo quería decir es que fue en aquellas sesiones de escritura y conversación que descubrí que hay gente, y jorge era de esos, que hacen florecer las ideas, los descubrimientos, la curiosidad y el entusiasmo. 

Aún así, decidió suicidarse y me pidió la ayuda necesaria que por descontado le negué porque siempre he estado a favor de la eutanasia ejecutada por cualquiera que no sea yo. 

La historia es muy larga y es más bien para ser contada en una noche de hoguera. Vamos a decir que decliné el dudoso honor de hacerlo y por eso fue que buscó y encontró en la red la mano que necesitaba y una mañana de mayo supimos que había muerto no sin antes ocuparse minuciosamente de eximirnos a todos los que andábamos cerca de cualquier posibilidad de sospecha de complicidad o de cómo le llame la ley al hecho de ayudar a morir a quien no puede hacerlo por sí mismo.

Me dejó en herencia algunas cosas: la novela que escribimos, que todavía no he releído y que en el mercado editorial morboso seguramente tendría un precio que me sobra pero sobre todo me dejó la hermosísima cualidad ,y lo digo sin ninguna modestia ni falsa ni verdadera, de poder actuar como la levadura que hace crecer y esponjarse todo aquello con lo que se pone en contacto.

Pido disculpas por escribirlo a vuelapluma y porque, cuando la pluma vuela, vuela por volar, sin pretensión de explicar ni entender.

Éste es el blog que escribía soplando con la boca cada letra antes de decidir que no había nada que le mereciera tanta pena como soportaba cada día:


Pero su historia tiene más, mucho más. 

Como el yantram a cuyo entendimiento dedicó buena parte de su vida y me explicó en detalle y con todo tipo de advertencias.

Como la forma seria y minuciosa que tenía de bucear en el I Ching, sobre el que también me advirtió.

Esto nunca sucedió así pero pasó parecido, por ejemplo, en estados unidos o...

 
Ortiga llevaba toda la vida haciendo experimentos con la religión. Primero fue católica porque era la religión de sus padres y porque sí, en definitiva. Estuvo en grupos cristianos, cumplió todos los preceptos y cuando llegó a la primera juventud se desilusionó. La religión organizada que conocía no le daba el alimento espiritual que ella consideraba adecuado.

Poco a poco fue derivando hacia las energías cósmicas que por aquel entonces comenzaban a ponerse de moda. Todo muy new age.

Estudió con metafísicos, encontró el yoga y para cuando se le quedó pequeño, su propio profesor la recomendó practicar zazen.

Entonces buscó y encontró el dojo en su ciudad. Y fue definitivo. Ahí se quedó. En opinión de algunos porque se enamoró del monje que lo conducía, pero eso son tan solo opiniones.

Cuando Ortiga conoció a Pantano, él estaba pasando una mala racha. Había abandonado su trabajo para dedicarse a las cosas del zen: traducir textos de su maestro y de todos los maestros que en el mundo han sido, organizar sesshines, enseñar en el dojo.... pero no mucho después de aquella decisión, su mujer, harta de él y sus rarezas, le comunicó que se había enamorado de otra persona y le abandonó. Dicen que él hizo sanpai ante ella por la vida compartida pero que eso, aún siendo un gesto tan hermoso, no la conmovió y de todos modos lo dejó plantado.

Ni qué decir tiene que Pantano se quedó de un aire, sin entender nada de nada y a continuación se trastornó, lo normal en estos casos. Andaba por ahí vestido con el hábito de los monjes y el kesa puesto, se sentaba a hacer zazen horas y más horas y dejó de hablar, apenas se comunicaba con escuetas preguntas que escribía en los periódicos del estilo de ¿realidad o sueño?. Le creció la barba y los ojos, habitualmente escondidos detrás de las gafas, dejaron de ver lo que estaban viendo y se ocultaron todavía más. Se perdió a sí mismo en las cuevas de su conciencia.

Poco a poco se fue recuperando gracias al apoyo incondicional de algunos de los practicantes del dojo que le acogieron en sus casas, le escucharon cualquier cosa que dijera sin ponerla en tela de juicio ni intentar convencerle de nada y le cubrieron con su comprensión y consuelo. Lo cual le hizo mucho bien.

Cuando la crisis más seria llegó a su fin, Pantano y Ortiga se hicieron pareja en una ardorosa sesshin. Ella estaba encantada de tener una relación sentimental con un monje y se le entregó en cuerpo y alma.

Fuera porque él necesitaba probar su maltrecha virilidad, fuera porque todavía no se había recuperado del trastorno mental transitorio, el hecho es que no fue precisamente que le guardara la fidelidad debida y se dedicó a coquetear con casi todas y cada una de las practicantes del dojo que por aquel entonces no eran pocas. Por supuesto todas se creían únicas en la vida del monje y cuando se enteraron de que no era exactamente así, el alma se les cayó a los pies y a continuación la furia les ocupó el corazón y la cabeza. Se enfadaron. Y eran demasiadas mujeres enfadadas con un solo hombre.

El dojo se vino abajo con el ruido de los cotilleos y las maledicencias.

El monje perdió el poco o mucho predicamento que hasta ese momento había tenido. Y los hombres del dojo comenzaron a desaparecer de puntillas que es lo que los hombres suelen hacer cuando las cosas se ponen de esta manera que desde nunca han sabido manejar.

Ortiga mientras tanto y a pesar de los celos que la comían y reconcomían, continuó con su práctica de zazen intentando separar las churras de las merinas. Es decir, intentando separar la práctica espiritual de las cosas de la vida corriente y moliente y los actos de las personas de las personas que hacen actos.

En el medio de todos estos acontecimientos sucedió que el maestro de todos los monjes de aquella sangha hizo eso que hacen los maestros cuando ven que van para viejitos y dio la transmisión a una de sus monjas más cercanas y la hizo maestra también.

Al principio no hubo ningún problema. La recién llegada a monja que enseña lo que sabe, continuó en su dojo y tutelando los otros más pequeños de los alrededores. Pero, como los dojos no crecían y para ser sinceros, más bien iban a menos, un día el maestro de todos los monjes le dijo que mejor se fuera a otro país donde hubiera más interés por el zen.

Y entonces ella debió de pensar algo parecido a "bueno, hasta aquí" y harta de ir de un lado para otro, o por las razones que fueran, se negó.

Y también se enfadaron.

Y la sangha se dividió y entró en crisis.

En el dojo de Pantano también surgió la división: que si unos con el maestro de todos los monjes y que si otros con la recién llegada a maestra... y unas cosas con otras se juntaron y todo se fue al garete.

Pero como lo que es, es y no hay forma de hacer que no sea, al final todo se volvió a componer alrededor de una cosa tan simple como sentarse y respirar, sentarse y respirar... un único aliento compartido

Defender la Vida en la propia vida

   
Dicen que enfermó de una enfermedad de esas que amenazan con terminar con todo y antes de tiempo.

Y dicen que hizo todo tipo de cosas desde las convencionales hasta las más extravagantemente alternativas en todo su amplio recorrido.

Y dicen que esa cosa, dañina y destructiva, continuaba haciéndose grande sin alterar lo más mínimo (ni siquiera por compasión) su agenda de muerte estúpida.

Y dicen que entonces ella, mujer de rompe y rasga tan sólo de vez en cuando, se dijo algo, no se sabe qué pero con el tono rotundo de quien ya no tiene nada que perder y por lo tanto, y por poco que sea, algo que ganar. Por ejemplo, la dignidad.

Y como no sabía qué de lo que había ido consintiendo en su vida andaba tan mal, por si las moscas, lo cambió todo: casa, ciudad, comida, familia, amigos, trabajo, ropa y hasta maquillaje, perfume y corte de pelo.... todo.

Y olvidó los recuerdos. Todos. No dejó títere con cabeza.

Se desmemorió de la cabeza a los pies y desmemorió todas sus células cada día abandonándolas en zazen en el suelo junto con la mirada.

Dejó huérfanas las convenciones. Enmudeció las mentiras. Retiró saludos y parabienes.

Amó y alentó la Vida de los budas que habitan al fondo de los seres pero defendió su propia vida de los seres que recubren a los budas...


Y dicen que la enfermedad se fue sin sitio donde asentar y la muerte le llegó, mucho después, a su tiempo. Alegremente. Serena. Sin dolor y sin miedo. Como debe ser y está prometido.

Buen final.

Las mujeres en el Zen. Lo femenino.

     
No he visto ni una sola mujer en todo el linaje desde Shakyamuni. Hasta ahí no me resulta extraño si tenemos en cuenta las coordenadas históricas y culturales. Lo que me extraña es que a día de hoy conozca tan pocas mujeres que hayan recibido el siho. Tan pocas que se ocupen de un dojo, aparte de las flores del altar o la limpieza (asuntos que, por otro lado, me parecen deliciosos).

¿Nos estamos inhibiendo las mujeres? ¿Es el zen masculino (y no digo de hombres, he dicho masculino porque es lo que quiero decir)?. Al lado de la mayoría de los monjes que "dirigen" un dojo, hay una mujer. Pero no hay un hombre junto a las mujeres que están al frente de un dojo.

Cuando comencé a practicar zazen, y durante mucho tiempo, las formas eran netamente masculinas. Y marcialmente japonesas. El tiempo del kyosaku se gritaba así: "KyoooosaKÚ". La "campanita" era una mujer sí o también aunque la campana grande solía ser cosa de los hombres. Si alguien recomponía la postura en el dojo durante zazen, de pronto se escuchaba un "no moverse" que helaba las entrañas y que, desde luego, dejaba inmóvil al infeliz que hubiera tenido la desvergüenza de alterar con su quinta pestaña el aire del dojo. La cocina era un sinvivir de exactitud poco mediterránea. Stéphan no conseguía comprender por qué el campo de invierno no tenía éxito en españa y los "mejores" discípulos elegían comer las uvas con la familia en vez de tocar 101 campanadas (una arriba o una abajo).

Esto que cuento no creo que sea políticamente correcto. Si lo digo en voz alta no es por hacer crítica de lo que fue, sino sobre todo para agradecer la evolución y para reclamar la presencia dulce de las mujeres que habitamos el planeta zen. Y de lo femenino, que ya se va notando. Por equilibrar más que nada.

Que sé yo que no me explico del todo pero generalmente me siento bien entendida. Y si alguien lo quiere traducir mejor... eternamente agradecida.

Como en kinhin: un puño de acero simbolizando la determinación hacia el Despertar envuelto en la suave delicadeza de las formas, como un velo de seda. Femenino sobre masculino sobre femenino. Yin dulcificando el yang.

Yin y yang en un todo completo. Somos también necesarias. Es importante que no nos escondamos tras ellos. Es importante el Equilibrio.

ZEN, la versión japonesa de la Tradición

         
Es decir: el Zen parece ser que es la versión japonesa de un estilo de "meditación" que se gestó en la India, pasó por China y terminó de depurarse en Japón. Y esa es una aplastante verdad que no hay que olvidar jamás, al menos si uno es occidental de pura cepa y más en concreto si pertenece al área mediterránea. Porque las cosas no son lo mismo aquí que en Japón. Ni muchísimo menos. Así que antes de decidir practicar zazen, idea que, por otro lado es una grandísima y feliz idea, uno tiene que saber algunas cosas.

Hay que saber que cuando uno tropieza con el Zen lo que ha hecho en realidad es aterrizar en un planeta distinto. Ni el idioma, ni las costumbres, ni la valoración de las cosas, ni el vestido... casi nada es lo mismo que en la vida normal y corriente. Así que hay que aprenderlo todo de nuevo y casi a ciegas porque la gente del Zen no da explicaciones de ningún tipo ni siquiera bajo tortura :)

y..............

Una sesshin hace quince o veinte años


Llegados a ese punto Guisante no tuvo más remedio que aceptar ir a la sesshin. Y no quería de ninguna de las maneras. Ya se lo conocía bien y no la gustaba demasiado. Además, quitando la primera vez, que fue mágica, las demás le parecieron un rollo miserable, algo que pasar si no quedaba otra opción y las excusas no daban resultado. Este era el caso. Sus hijas estaban empeñadas en ir sin que a Guisante se le ocurriera ninguna explicación razonable, porque a Levadura se le levantaban todos los vientos cuando oía hablar de algo que se relacionara con los chinos, como ella decía, aunque solo fuera remotamente. Siempre, menos esta vez. Y Marmitako, si podía elegir, prefería un buen fin de semana tranquilamente en casa papando moscas antes que cualquier aventura en la que no tuviera a su mamá bien pegadita a su lado. Siempre menos esta vez precisamente. Por más que Guisante dejó meridianamente claro que no tenía ninguna gana de ir, no consiguió convencer a nadie. Ni siquiera a OjoFino, que normalmente dejaba que cada cual resolviera sus asuntos sin meterse en camisas de once varas. Siempre menos esta vez que le dio el ataque preguntón:

- ¿Va a ir Guisante por fin?
- No lo sé. Ya sabes el miedo que le tiene a la campanita...- le contestó PocoMiedo.
- Dile que si es por la campanita que no se preocupe. Yo me encargo de que no la toque.

- ¡Qué amabilidad!, dijo Guisante enfurecida cuando PocoMiedo le transmitió el mensaje que él suponía de alivio, -pues no, no es sólo por la campanita. Es que no quiero ir y punto-, siguió explicando ya no sabía si enfadada o a punto de echarse a llorar que últimamente estaba muy llorona, no sabía por qué. Lágrima-milagro, decían algunos esotéricos y recordaba Guisante con la remota esperanza de que, por algún raro casual, se cumpliera alguna de esas tonto-memeces. Y nada. Lloraba a moco tendido y ni un milagrito pequeño se le manifestaba. No al menos de los que se ven y eso que estaba muy atenta.

¿Y cómo llegaste hasta un dojo?


En serio:

¿No sabías nada de ZN o ya estabas "marcado" (quiero decir: leído, informado..., ya sabes)?
 

Un zazen

         
El monje sacó del sobre de tela un hermosísimo kesa de color gris oscuro como una tormenta en invierno, cosido trozo a trozo por él mismo hacía tanto tiempo que casi ni lo recordaba. Lo colocó, doblado todavía, sobre su cabeza sin pelo y uniendo las manos en gasho a la altura de la nariz, entonó tres veces, con gran concentración, el sutra del kesa en voz muy baja, extrayendo los sonidos del fondo más profundo de sus tripas. Inclinó su cuerpo nuevamente y la tela doblada resbaló obediente, como por un tobogán, desde la cabeza hasta la manos abiertas y preparadas para recogerlo. La desdobló con movimientos precisos y seguros, y envolvió su cuerpo devotamente con el manto como si le asegurara una protección extraordinaria. Una vez, dos veces, mil veces había realizado aquellos mismos gestos desde el día que se ordenó con un simplísimo kesa de color negro y algodón puro, el más puro que pudo encontrar en el mercado y tan tieso que le costó dios y ayuda conseguir que aquella tela aprestada perdiera la rigidez y tuviera lo que se llama una hermosa caída.


Alguien anunció el inicio del zazen golpeando rítmicamente la madera dibujada con kanjis negros que colgaba de una punta en la pared del gaitán. Más lento al principio, con espacios de tiempo mudos; cada vez más rápido, caballos galopando. Luego un silencio, cargado todavía del sonido seco de la madera de mazo contra madera.


Un único impacto seco y poderoso marcó el final de la llamada.


Atravesando el gaitán, entró en el dojo donde se escuchaba el rumor de telas rozando consigo mismas. Un pequeño número de personas, hombres y mujeres, vestidos con el kimono negro y sencillo de los principiantes se acomodabae sobre sus zafus adoptando la postura para el zazen. Sentados en loto o medio loto, la espalda recta como intentando que la cabeza tocara la luna, las manos reposadas en el regazo formando el mudra del vacío. Rocas ancladas en el espacio denso del dojo. Otra vez, al fin, el silencio denso, como de profundidad abismal en un océano apacible.


Para entonces todos los practicantes se habían quedado inmóviles sobre sus cojines negros y con los ojos fijos en el suelo enmoquetado en oro o la pared hacia la que estaban vueltos.


Uno tras otro todos los sonidos, con sus distintos significados, fueron ejecutados cuidadosamente; el incienso encendido; las inclinaciones rituales ante el altar... todo llevado a cabo hasta conseguir que sobre el dojo se posara dulcemente una atmósfera serena que favoreciera la meditación.


Tres delicados toques en un pequeña campana de metal iniciaron la sesión. El dojo entero se movió hacia dentro, como si se invaginara, se replegó sobre sí mismo. Se profundizó la concentración cuajada en una contemplación íntima, en diálogo mudo de cada uno consigo mismo. Era el momento en que comenzaba la secreta batalla, personal y sin testigos, contra el dolor y otras tantas cosas. Las piernas que se agarrotaba con el paso del tiempo, la espalda que se tensaba intentando contener las ganas de derrumbarse, nudos que aparecían y desaparecían en los lugares más insospechados del cuerpo del que se tomaba clara conciencia a falta de otra cosa mejor que hacer. La respiración a ratos dulce y deliciosa; por momentos desbocada siguiendo el ritmo de los pensamientos, resistiéndose a ser controlada. El corazón batiendo.


Ane siempre se había preguntado cuál era la fuerza que les sujetaba a la inmovilidad incluso en los peores momentos, aquellos en los que uno temía que se iba a desplomar, esas veces en las que el desmayo se abría paso desde más abajo del estómago ascendiendo imparable, mezclándose en su camino con la rabia y la impotencia. “Explorar los límites”, decía uno de los monjes. Ane se sorprendía de los límites de su paciencia, de los de su resistencia y de los de su orgullo también. Lo normal en esos casos, si en el dojo existiera la normalidad, era levantarse, salir corriendo y vomitar si era necesario. Lejos de eso, se entraba en guerra declarada y abierta con uno mismo. Una solemne estupidez que Ane sospechaba que no sólo la sucedía a ella si tomaba en cuenta los suspiros apenas contenidos que intuía a su alrededor, los cambios mínimos de postura en un intento de recolocarse con algo más de comodidad -si es que en zazen existe semejante cosa- y, sobre todo, la sonrisa de oreja a oreja que se le ponía a todo el mundo cuando finalmente se oía, fresco como el agua, el sonido de la campana que anunciaba el final.


Pero no siempre era así. Un zazen nunca es igual a otro. Había veces que la media hora de meditación sentada seguida de diez minutos de meditación andando y otra media hora más de vuelta al zafu, eran como el corto suspiro de un dios eterno. Nada. Un instante en el que tan solo había dicha, gozo apenas saboreado porque en el momento justo en que lo tocamos con la conciencia, le ponemos un nombre, una etiqueta, ¡zas! el universo se separa y la dicha se disuelve. Ya intentamos retener, mantener, contener, que no se escape ese momento dulce. Entra el ego que quiere quedarse sólo, tan sólo, con lo bueno. Sabemos que había gozo porque lo analizamos después. El zen, en opinión de Ane era algo misterioso y éste era uno de los misterios que contenía. No se puede agarrar el momento, tan solo se puede vivir y eso no se asienta en nada, no se coagula en nada. Aunque lo parezca.