Una sesshin hace quince o veinte años


Llegados a ese punto Guisante no tuvo más remedio que aceptar ir a la sesshin. Y no quería de ninguna de las maneras. Ya se lo conocía bien y no la gustaba demasiado. Además, quitando la primera vez, que fue mágica, las demás le parecieron un rollo miserable, algo que pasar si no quedaba otra opción y las excusas no daban resultado. Este era el caso. Sus hijas estaban empeñadas en ir sin que a Guisante se le ocurriera ninguna explicación razonable, porque a Levadura se le levantaban todos los vientos cuando oía hablar de algo que se relacionara con los chinos, como ella decía, aunque solo fuera remotamente. Siempre, menos esta vez. Y Marmitako, si podía elegir, prefería un buen fin de semana tranquilamente en casa papando moscas antes que cualquier aventura en la que no tuviera a su mamá bien pegadita a su lado. Siempre menos esta vez precisamente. Por más que Guisante dejó meridianamente claro que no tenía ninguna gana de ir, no consiguió convencer a nadie. Ni siquiera a OjoFino, que normalmente dejaba que cada cual resolviera sus asuntos sin meterse en camisas de once varas. Siempre menos esta vez que le dio el ataque preguntón:

- ¿Va a ir Guisante por fin?
- No lo sé. Ya sabes el miedo que le tiene a la campanita...- le contestó PocoMiedo.
- Dile que si es por la campanita que no se preocupe. Yo me encargo de que no la toque.

- ¡Qué amabilidad!, dijo Guisante enfurecida cuando PocoMiedo le transmitió el mensaje que él suponía de alivio, -pues no, no es sólo por la campanita. Es que no quiero ir y punto-, siguió explicando ya no sabía si enfadada o a punto de echarse a llorar que últimamente estaba muy llorona, no sabía por qué. Lágrima-milagro, decían algunos esotéricos y recordaba Guisante con la remota esperanza de que, por algún raro casual, se cumpliera alguna de esas tonto-memeces. Y nada. Lloraba a moco tendido y ni un milagrito pequeño se le manifestaba. No al menos de los que se ven y eso que estaba muy atenta.

A Marmitako le crecieron las anginas justo en la semana del gran acontecimiento y Guisante, que sospechaba que a los milagros hay que ayudarles un poquitín con algo de la sabia técnica terrestre femenina, la cubrió de besos y mimos aprovechando para poner la nariz bien cerca de su boca por si conseguía enfermar ella también y, de esa forma, zafarse hábilmente del terrible fin de semana. No hubo caso. No se cogió ni la más mínima inflamación, ni una miniatura de fiebre. Y Marmitako se recuperó con una rapidez asombrosa. Estaba claro como el agua más clara que el cosmos universal no se encontraba dispuesto a darle la oportunidad de perderse un encuentro con el Espíritu. Por más que se rebeló y se peleó como gato panza arriba, la conclusión siguió siendo la misma: aquel fin de semana tocaba sesshin. Sin escapatoria. Entonces hizo lo único que la quedaba por hacer. Reunió a toda la familia y anunció su voluntad de sobrevivir a la dichosa sesshin que la tenía más que frita y, lo más importante, su firme voluntad de que no se volviera a repetir. Todos la miraron con cara de "sí, pero por esta vez hemos ganado y ya veremos la próxima, que ya te conocemos y esto nos suena". Se levantaron todo lo solemnemente que pudieron a medias conteniendo la risa y salieron disimulando la prisa, pero no tanto como para que Guisante no se diera cuenta de que iban con el culo apretado. Suspiró. Ella también estaba segura de que habría más veces, una detrás de otra, si bien no comprendía la pasión que le había entrado a todo el mundo por adoctrinarla ¡con lo adoctrinada que ya estaba!. Bueno, que era un poco heterodoxa, vale, pero tampoco era para tanto.

El gran día amaneció; igual que amanecen los pequeños, amanecen los grandes. Eso era una ventaja, se decía a sí misma para animarse, porque también quería decir que se terminaría y podría volver a sus cosas, la bendita rutina diaria. De momento preparó la maleta con todo lo necesario por si llovía, por si hacía frío, por si hacía calor, por si se aburrían, por si tenían hambre que tendrían... en definitiva, todos los "por si" que fue capaz de imaginar convencida de que se le iba a olvidar, seguro, lo más imprescindible. Y las cosas del gato. No había que olvidar el gato. Los gatos de ahora no son como los de antes. Los de ahora necesitan su cama, una coqueta cesta de mimbre, con su cojín blandito forrado de tela suave, estampada con un dibujo que era toda una obra de arte. Necesitan las tierras, o sea, el lugar donde hacer sus cosas de pises y cacas sin que huela mal y que hay que limpiar todos los días porque, de otra forma, se niegan a utilizarlo. Que los gatos son muy limpios y necesitan su comida especial porque lo de que los gatos toman leche ha pasado a la historia como una gran mentira. Y por último recogió sus juguetes, los del gato, digo, ¡como si los gatos necesitaran algún juguete más que un buen pasillo para correr arriba y abajo! pero por si acaso se demostraba que los gatos eran algo más parecidos a seres humanos de lo que se sospechaba, también recogió sus juguetes. Cuando al fin tuvo todo bajo control se encomendó a todos los dioses que se le ocurrió que la podían echar una mano y montó en el coche.
     

3 pensamientos +:

Ladrón de Guevara dijo...

La verdad, creo que tendré que releerlo varias veces hasta conseguir sacar la esencia.

La primera vez, creí entenderlo, entonces llegó el final -creo que fue culpa del gato- y todo dió al traste.

Lo leí desde el final al principio, desde el medio hacia arriba y hacia abajo.

Creo que voy a leer una palabra sí y una no a ver que me encuentro.

Cuídate.

Muiso dijo...

No te devanes los sesos Ladrón, son historias del Kraken jajajajajaja que habita en Ane.

Ane dijo...

¿Acaso tengo yo pinta de calamar gigante? Pero si soy una menudencia...!
La tenemos, primo, te digo que la vamos a terminar teniendo y gorda!

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