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Los sentidos interiores


La verdad era que ella (que se llama Nico de Nicolasa) no quería ni uno sólo de los dones y talentos que le fueron concedidos sin solicitarlos y sin que tampoco nadie le pidiera su permiso. Resultaban incómodos y la reportaban cero beneficios pero no lograba sacudírselos de encima por más intentos que hacía.

Podía oír, aunque no quisiera, los cientos de rumores detrás de las palabras y por si cabía la duda sobre esa certeza, lo que las sostenía y animaba se acompañaba de imágenes y escenarios como en destellos. Pero no podía convencer a nadie de que estaba diciendo lo que no quería decir.

Podía oler a distancia la mentira y el miedo porque como le informó su amigo el astrólogo, las estrellas de su nacimiento hacían pocas migas con las cosas que se escondían y ocultaban.  Y bien que se daba cuenta de que era cierto porque, aunque cubierta de oscuridad cada vez que se echaba el kesa sobre el cuerpo, prefería estar a kolomo descubierto. Pero no podía deshacer ni la mentira ni el miedo.

Podía encontrar los mil y un lugares dónde quedan atrapados los fragmentos de un alma cuando se rompe pero no tenía la habilidad de juntarla de nuevo y que brillara espléndida como deben hacerlo las almas que se precien de serlo.

Afortunadamente en cuanto al gusto de los sabores, estaba escasamente dotada, así que al menos se evitaba el sabor de la rabia, de la vergüenza o cosas parecidas que tenía la impresión, por otro lado bien fundada, de que sabían a demonios.

Sentía envidia de aquellos de entre sus hermanos que sin saber nada de lo que ella sabía podían, sin embargo y eficazmente, hablar con palabras que suenan, desconocer lo que nadie quiere que se sepa y restaurar lo roto sin dejar huella de forma que parecía que se había hecho solo.

Pero no sabía cómo volver atrás y olvidar porque si algo tenía por sobre encima de todo lo demás que no había pedido, era memoria; una memoria infinita que empezaba a pensar (por proteger su salud mental más que nada) que no era solamente la suya propia de su cuerpo y mente sino la de todos los demás que en el mundo han sido. Y eso fastidia. Dice.

Hablando de Deshimaru


Anticipo el final: ¿Cuchara o tenedor? 

El monje que se tomó la molestia de montar un dojo a menos de doscientos metros de mi casa (cosa que me vino muy bien porque perezosa que soy si hubiera estado aunque solo fuera a un par de kilómetros ni me habría acercado), primero me cayó bien y luego fatal por cuestiones que no vienen al caso y sobre todo porque, bien simple: no congeniábamos.

No sé qué le parecía yo al principio pero sé que al final no me podía soportar.

A la monja que dirigía al monje a quien yo le parecía horrible, tampoco le gusté mucho.

Fueron importantes en mi vida no por afinidad personal (que no, que no y que no) sino porque estaban empeñados en poner fácil y cerca la Vía aún a gente que les sacaba de quicio. En mi mundo se le llama Generosidad, en grande y es una cosa de las más respetadas.

Y algo de eso hay también con Deshimaru y todos los demás a quienes hoy adoramos seguramente porque no los sufrimos (Esto es como lo de House, mola ver de lejos y en la tele un médico tan borde... excepto que te toque y aunque te salve la vida).

Si decimos que tal o cual compañero de cuadrilla y Vía es insoportable en sus disertaciones no quiero ni imaginar lo que tuvo que ser Dôgen, y a día de hoy sigue siendo, que es que hay que cogerlo con tiempo (mejor en invierno) y ganas y cuaderno para coger apuntes y traducir.

Uno no debe olvidar (ya lo dice el Comando en sus comentarios en esta entrada: fukanzazengi paso a paso (iv) que fue un erudito, que es reconocido como el filósofo más importante de toda la historia de Japón y eso suena a "ladrillo" hasta que uno se pone y descubre que sí, que es un ladrillo pero que con ese ladrillo se construye mucho más que una casa. Ah! y un experto esotérico tendai, no lo digo por fastidiar, aunque sé que a todo el mundo le pone nervioso el esoterismo y la metafísica............ tan necesarios y en algún momento obligatorios y luego descartables..........

A lo que voy: así y por llamar las cosas por su nombre, Deshimaru siempre me pareció un engreído más bien tirando a fascista en lo que se refiere a su personalidad PERO eso es lo de menos en el plano que nos importa, lo de MÁS es que acercó una práctica que necesitábamos, que casi-muchos de los mensajes que repitió las tres veces mínimas que cualquier mensaje necesita para ser procesado en lo profundo, fueron de acuerdo a la Ley  (¡Dios, qué cosas, yo diciendo esto!)

Y agradecida.

Agradecida por no haberlo conocido personalmente.

Agradecida de poder quedarme con la esencia ya decantada de algunas de sus afirmaciones (algunas).

Agradecida porque me obligó a fijarme en lo que decía y a discriminar que no es poco.

Y agradecida porque, equivocado o no (¿quién sabe?) transmitió lo que tenía y eso es lo único que se le puede exigir a un eslabón de cadena. Espero, porque si no la gran mayoría lo llevamos de “color”.

Tengo que decir que cuando encontré a Rafu y Alonso no me lo podía creer. 

No reñían sino que animaban. 

Sabían dulce. 

Que puede parecer proselitismo barato pero de verdad que no, que sé yo que tienen sus cosas pero aún así ....

Que necesitamos cariño y comprensión y confesión y ánimo tanto como espuelas y collejas ...........



..............me he vuelto a ir por las ramas....... cosas del kraken que también soy y se me escapa sin control del vez en cuando :(

Las investigaciones de Roberto Poveda


Como los de blogspot dicen (y dicen verdad ¡! en este caso) que el gadget "últimos comentarios" está estropeado y que de momento no consiguen arreglarlo; por si acaso no habéis visto éste en relación a la anterior entrada zazen, natural. Porque no tiene desperdicio y merece una entrada permanente y porque una de las intenciones iniciales del musgo era ser portal de entrada de las buenas cosas que circulan por la red... ahí van los resultados de las investigaciones de Roberto Poveda, que mantiene y alimenta Huellas del zen (buen, buen, buen, blog. Recomendado por el musgo y muchos otros blog hermanos).

"¿Era zazen, quiero decir shikantaza, el zazen de Nyojo y Dogen, lo que buscaba tu amiga? ¿O, tal vez, se había equivocado de sitio? Con frecuencia, tristemente con demasiada frecuencia, por no decir casi siempre, tiendo a pensar que los supuestos practicantes que se adhieren a la corriente iniciada por Dogen, en Japon, en el ss. XII, y rehabilitada por Kodo Sawaki, también en Japón, en el ss. XX, en realidad están ahí por error.



¿Sabe la gente que si lo que busca son iluminaciones, el satori, el kensho, las cumbres, los éxtasis, pueden dirigirse, por ejemplo muy cerca de España, en Francia, al templo "La Falaise Verte", perteneciente a la escuela del Zen Rinzai, donde les dirán como orientarse, por medio de los koan, en esa dirección? (pincha aquí para visitar su web)



¿Sabe la gente que si lo que desea es la llamada "iluminación" junto con relatos orientales, unida a un cristianismo renovado, probablemente menos decepcionante de aquel del que huyeron para después sentirse huérfanos y perdidos, pueden dirigirse, esta vez sin necesidad de salir de España, al Znedo Betania, dirigido por Ana María Schlüter, perteneciente a la escuela Sambo Kyodan, donde también encontraran koan y búsqueda del kensho, de la iluminación? (pincha aquí para visitar su web)





¿Saben que si tan solo necesitan sentirse un poquitín "espirituales" en un ambiente "japonés" pueden inscribirse en clases de ikebana, que no sólo no produce "tedio", sino que sirve para tener preciosa la casa?






¿Saben que, si necesitan hablar de "sus cosas", existen grupos de psicodrama? ¿Qué si necesitan sentirse miembros de un grupo existen los movimientos asociativos, los club de fútbol, los grupos excursionistas, etc., dependiendo de los gustos de cada cual? ¿Que si necesitan amigos, hay estupendos manuales de cocina que, tras practicarlos un tiempo con atención, nunca suelen fallar como reclamo?






¿Saben que para experiencias "intensas" y "trascendentales", con logros rápidos y garantizados, existe una substancia llamada LSD?, aunque creo que últimamente su calidad ha bajado mucho, pero buscando seguro que hay alternativas en el comercio.





El zen de Dogen, es decir el budismo según Dogen, (aviso para navegantes informados: digo Dogen y Nyojo e, intencionalmente, no añado Keizan Jokin) es un zen sin "iluminaciones", sin trasformaciones milagrosas, sin obtener nada, que se desarrolla en la cotidianeidad y en el silencio interior. O, como dice Ane: "hay un momento [...] en el que zazen se incorpora él solito a la lista no escrita de necesidades básicas y fisiológicas que ni se ponen en duda ni se eligen tales como cocinar y comer, procurarse techo y cama y dormir, respirar, comprar (pedir prestado o robar) ropa y vestir, llorar, reír"... 

Quién no esté interesado en esto, mejor sería que buscase en otro lugar, así no perdería su tiempo ni nos lo haría perder.

Y quien tenga piedad haría bien en informar de estas cosas a la gente... aunque los dojos se queden semidesiertos como la cueva de Bodhidharma".

Zazen, natural




Al principio zazen (me parece) se hace para uno mismo, tiene poco sentido y no suele suceder, que a uno se le ocurra algo parecido a "voy a hacerle un favor al mundo: me voy a sentar" (¡!).

Y generalmente, que no siempre, se encuentra con un regalo de bienvenida: un algo más de serenidad, un algo menos de rabia, tristeza o lo que sea que a uno le sobra.

Pasa un tiempo de luna de miel y poco a poco puede ser que llegue un tiempo de aburrimiento supino o eso al menos le escuché decir a una compañera de dojo: "me aburro como una ostra durante el zazen", dijo.

Tiene su explicación,  claro, porque es que la encantaba hablar y que la miraran (y lo digo como descripción de su persona, nada de censuras porque humanos somos y algo de eso tenemos todos). Y en zazen ni podía hablar (bueno, que poder, lo que se dice poder, se puede, pero casi nadie lo hace excepto uno que respondió a un kusen y fue uno de los mejores momentos que recuerdo dentro de un dojo. Resulta que el monje habló algo sobre el láser añadiendo que no recordaba bien el significado de las siglas y ése que os cuento, por allí al fondo, mientras continuaba inmóvil mirando sin ver su trocito de pared, contestó: "light amplification by stimulated emission of radiation, amplificación de luz por emisión estimulada de radiación"... genial! y más genial todavía fue que el monje, usando su mejor estilo zen estándar, le contestó a su vez: "no te he preguntado". El practicante nuevo, porque si no es nuevo ni se le ocurre comentar nada, dijo en voz alta y con toda cortesía: "perdón, como has dicho que no lo sabías"...).

Retomo, que mi compañera ni podía hablar ni nadie la miraba y esa era la causa de su tedio.

Personalmente no me he aburrido nunca porque, contraviniendo todas las instrucciones, tengo que reconocer que de vez en cuando, en zazen, también me dejo pasear por mis mundos internos, charlar con sus habitantes y proyectar escenarios, por ejemplo. Vale, que no hay que hacer eso pero que conste que sé que no soy la única, que sé de quien se dedica a hacer circular órbitas microcósmicas, quien recita mantras o mil otras cosas con tal de no caer de golpe en nada. O sea, igual que yo :)

Pero si uno decide no hacer caso de esa etapa y continúa impertérrito como si tal cosa en la práctica, hay un momento (que viene después del mesiánico de: "lo hago por la humanidad"...) en el que zazen se incorpora él solito a la lista no escrita de necesidades básicas y fisiológicas que ni se ponen en duda ni se eligen tales como cocinar y comer, procurarse techo y cama y dormir, respirar, comprar (pedir prestado o robar) ropa y vestir, llorar, reir.

O morir de la muerte verdadera o de la otra.

Invisibles





El clan de los invisibles está compuesto de esos que por más que salten y brinquen, levanten el dedo afanosamente para hablar y hasta la voz finalmente desesperados, ni se les ve ni se les oye ni se les tiene en cuenta; de los que, más se esfuerzan en ser simpáticos para que los quieran, menos caso les hacen.


Siempre a la cola de aplausos y parabienes que no llegan nunca y que generalmente creen que necesitan como se necesita el aire para vivir y en tanto vivo, tener un sitio.

Si viviéramos en un entorno culturalmente taoísta el asunto no sería grave sino todo lo contrario porque los taoístas adoran la invisibilidad y la bruma. Pero el nuestro es un tiempo-mundo en el que solo vale lo que más brilla si bien, como la vida se ha encargado de dejarme bien clarito, no siempre es lo mejor aunque a veces incluso coincida.

Conozco a más de uno y de dos así, de esta manera. 

Pero también conozco a otro que de pronto un día debió de ser que se levantó rebelde y levantisco y se dijo: "basta y hasta aquí hemos llegado, que si no me quieren no me merecen. Y no me esfuerzo más", añadió. 

Entonces ése que conozco soltó de su espalda el anhelo de reconocimiento ajeno y se dedicó al propio y todos los días desde entonces fueron una fiesta porque...
  

la magia de soltar


  
Llegó al dojo con su carga del día: una mujer maltratada, un hombre aburrido, tres obsesionados, todos ansiosos, todos deprimidos, dos avariciosos y siete egoístas. 

Mientras vistió su bata blanca de médico los contempló a la manera científica, observando signos y síntomas, analizando y diagnosticando, buscando el mejor tratamiento y aplicándolo. Ellos no eran él. Ellos eran los equivocados. 

Mientras se vestía con el kimono, el kolomo y se cubría con el kesa, el hombre recordó cada uno de sus pacientes y, desalentado, pensó: "dios mío, no soy tan diferente! "

Cuando atravesó el umbral del dojo y se sentó, el médico y el hombre, la maltratada, el aburrido, el obseso, el ansioso, el deprimido, el avaricioso y el egoísta, el padre, el amigo, el marido y el hijo y todos los demás, cobijados bajo el kesa, entregaron sus pensamientos al viento y permitieron, por la inmensa fuerza de la mera decisión de soltarlos, que se deshicieran en el vacío de origen.  

Fue entonces que la maltratada recuperó la dignidad, el aburrido tuvo una idea genial que le lanzó fuera de su silla, el obseso pensó que bah, tampoco es tan importante!, el ansioso pisó el presente, el deprimido agradeció la vida, el avaricioso se puso a repartir cuanto tenía y el egoísta pronunció la palabra mágica que todo lo cura.

Pero el monje nunca lo supo y tampoco hacía falta. La vida se encarga de lo suyo.

El corazón manda


   
Cuando a él se le hizo una herida grande en el corazón, tan grande que casi lo mata, lo asistieron todas las brujas, sanadoras y curanderas de la zona. Unas le prestaron su fuerza, otras le limpiaron el aura y otras le auguraron una larga y feliz vida a pesar de todo o precisamente por eso. Acertaron todas. Por sanadoras o por casualidad.

A ella, testigo impotente de esta aventura sólo hasta cierto punto ajena, le pasó que pasó a sentir la vida como desconocida; que le parecía que los días se desgranaban cada uno con sus pequeños acontecimientos, risas y sonrisas de siempre y todo parecía que seguía igual, y sin embargo todo era distinto, como si estuviera hecho de una materia más leve y ligera a la que no terminaba de acostumbrarse.

Y comprendió algunas cosas y no del todo.

Comprendió, por ejemplo, que la vida y la muerte eran algo para ser observado despacio y sin juicios ni previos ni posteriores. Porque desde siempre le habían dicho (y lo había creído como creía todo cuanto la decían, mujer de mucha fe) que la muerte era mala y a ella, ahora, le parecía que a lo mejor no era para tanto. No quería decirlo en alto porque en cuanto se lo decía a sí misma el pensamiento se le volvía angustia. Pero si se callaba y dejaba que hablaran sus sensaciones, entonces le parecía que morir no era más que un paso (como él le había confesado cuando estaba a medias tintas) y que lo malo de irse era que los de verdad compañeros de vida lo hacían difícil llorando y desesperándose y sumiéndose en esa soledad triste que no es la soledad normal y corriente.

Comprendió un poco de lejos -porque después de todo la muerte finalmente no se lo llevó- la importancia de saber despedir, hasta la vista, a quienes se ama. 

Aún con todo y con eso, sus propias sensaciones la asustaban porque pensaba que no tenían la veracidad completa y obvia de la tormenta que llueve, por ejemplo. Y pensaba que, de todos modos, no tenía ninguna intención de que él muriera antes que ella, ni después, si a eso vamos, mejor juntos para echarse una mano en los mundos desconocidos. Y sospechaba que si se ponía un poco arrogante con eso de que al fin y al cabo la muerte no era tan espantosa, igual a los dioses se les ocurría ponerla a prueba y ella tenía mucho miedo a los dioses cuando se ponían en ese plan, que bien se sabe que pueden ser crueles hasta decir basta. 

Sin embargo y a pesar de todos esos sentimientos encontrados y mezclados como si fueran un puzzle antes de empezar a montarlo, a ella le seguía pareciendo que el mundo, el tiempo y las cosas habían cambiado de sustancia y estaba sorprendida, confusa y como demasiado ligerita para su gusto. Porque además, claro, eso lo decía ella que después de todo no había pasado rozando la muerte como él. Y, claro, así es muy fácil hablar y filosofar, ¿no?, que ya lo decía una vieja frase de una vieja poesía que  había aprendido hacía mucho tiempo: “... porque ser hombre obliga compañero a que lo dicho lo tengas que hacer luego verdadero”. Y ahí estaba la madre del cordero, o la cuestión fundamental, vaya. Que hablar es fácil, pero hacer… o sea lo que se dice que la palabra se haga carne... eso ya es harina de otro costal. Y entonces lo miraba con ternura porque en ese tiempo su compañero estaba lo que se dice pero que bien tocado en el centro mismo de su ser: el corazón. O, como él decía, el Emperador, que es que tenía la costumbre de hablar de las cosas como hablan los chinos y su medicina y ellos decían que las enfermedades del Emperador no se ven hasta que estallan. 

Y es verdad, pensaban los dos sin saber que lo estaban pensando al tiempo, que cuando el corazón dice “me aburro”, que es lo que viene a ser un infarto, hay que hacerle caso y empezar (y seguir) a cambiar cosas para que no se repita la tontería si es que uno no quiere que se repita.

El caso es que él salió a los no muchos días y aparentemente normal del todo, tanto que parecía que no había pasado nada, pero sí que había pasado y durante un tiempo largo se lo pasó cuajadito de miedo y sin apenas fuerzas para moverse no fuera a ser que le pidiera demasiado al motor de su vida y se le volviera a atascar. Hasta que dale que dale, terco, a mirar en dónde se había equivocado, lo descubrió. En fin. Que no fue un final sino un principio. Ahí fue que empezó a vivir como su dios de dentro le mandaba y hasta hoy.
  

Entrar en la montaña

   

Hace años encontré esta entrevista. Desde entonces me susurra "permanece en lo invisible, vive lo ordinario". 

Y va aumentando de tono.

Va siendo más una exigencia que una sugerencia.


Gasshô Roberto por la traducción. En el idioma original no lo habría leído, seguro.

Entrevista realizada a Éric Rommeluère en noviembre de 2002. Traducción : Roberto Poveda Anadón. (Un Zen occidental: Tocar lo Real)

P. ¿Cuál ha sido su recorrido?

R. He comenzado a meditar en 1978. Desde entonces el Zen no me ha abandonado casi nunca. Sabes, me gusta leer, escribir, reflexionar. En algunos años me convertí en un señor sabelotodo del Zen. Los sabelotodos son muy prácticos y su carrera esta totalmente trazada. El teléfono suena. Se te llama para dar conferencias, para escribir libros, artículos. Incluso se te paga por eso. Pero desde el punto de vista del Zen todo esto son solo chiquilladas y extravíos.

Evidentemente los conocimientos aportan ideas, herramientas, y están lejos de ser inútiles. La reflexión permite tener alguna cosa que decir mas allá de algunos eslogan. Por otra parte la mayoría de los grandes maestros zen han sido igualmente pensadores. Todos aquellos que he frecuentado tenían la inteligencia aguda y no se contentaban con teorías ya hechas. Se dice que el estudio y la práctica deben reforzarse mutuamente. Seguro, pero esto no tiene sentido más que si el estudio y la práctica conducen a un despojamiento interior. El Zen no es una vía de acumulación (de conocimientos, de suficiencia). Cuando se habla de despojamiento no se trata simplemente de simplicidad material sino también de una renuncia interior. La de renunciar a los prejuicios, a las concepciones, a las opiniones. E ir al corazón de lo Real. Los practicantes deben convertirse en señores y señoras yo no sé nada. No a la inversa. Recuerde la respuesta de Bodhidharma al emperador Wu el cual, excedido por el diálogo de sordos, le pregunta: "¿Pero quién eres tú? " y Bodhidharma le responde: "No lo sé."  El Zen ha nacido de esta respuesta.

Convertirse en un señor yo no sé nada no es una tarea fácil. Porque hace falta también pasar por un periodo de acumulación, aprender qué es o qué no es el Zen, y más allá de los rudimentos del budismo, profundizarlo, conocer todas las técnicas de meditación, eventualmente meditar sobre los kôan, etc. Es toda la vida la que es coloreada, embebida por el zen. Pero una vez sobrepasado este pico el movimiento se invierte hasta que se olvida todo. La práctica se convierte en una no práctica. El estudio se convierte en un no estudio. Retrospectivamente se mira el pasado como novicio con un aire divertido. Se hace Zen como un niño que se divierte con sus juguetes. Éramos muy serios. Pero mirando hacia el futuro, nos apercibimos de que lo Real está en otra parte y que está allá dónde se encuentra la Vía. Este doble movimiento de subida y después de bajada es desde luego necesario. No se puede generalmente alcanzar directamente lo invisible.

P. ¿Lo invisible?

R. Sí. ¿Qué es el Zen? Es practicar secretamente, permanecer en lo invisible y vivir lo ordinario. Yo no tengo otra definición. Vivir en la transparencia. Se utilizan diferentes términos y metáforas para describir esta vía de despojamiento que lleva a lo invisible. Se habla de borrar las huellas o de convertirse en un idiota. Esas son expresiones tradicionales, las de los maestros chinos. Dongshan (jap. Tôzan, 807-869) habla de la Vía del pájaro. El pájaro vuela en el cielo. A veces desaparece, a veces aparece ante nuestras miradas, pero no deja jamás huellas en el inmaculado azul. Hay diferentes maneras de ser o de vivir lo invisible. Es Rujing (jap. Nyôjo, 1163-1228) el que rechaza el vestido púrpura concedido por el emperador, un vestido que debía afianzar su estatus de abad de uno de los más grandes monasterios chinos de su época. Es Dôgen (1200-1253) quien ve a los grandes monos de las montañas reírse de él cuando se vuelve a su monasterio después de haber pasado algunos meses en la capital.

Algunos se convierten en realmente invisibles. Algunas generaciones después de Dôgen, Daichi Sôkei (1290-1366) vivió solo la mayor parte de su vida, en una ermita al sur de Japón. Ha dejado numerosos cuartetos en chino sobre la invisibilidad. He aquí uno:

La fama y sus ataduras, el provecho y sus cadenas, que pasan y no permanecen,
Oscurezco mis huellas en la niebla y las nubes, en medio del agua y las piedras.
Cuezo legumbres en una marmita de pies curvos,
Al permanecer en las montañas, sigo sin esfuerzo el estilo de los antiguos.

En el siglo XVII fue Tôsui, que era abad de un monasterio, el que un día dejó una simple palabra (frase) a sus monjes puesta en un cartel sobre la puerta de sus habitaciones: ¡Adiós, amigos míos! Y se desvaneció en la naturaleza. Llegado el caso se hizo fabricante de sandalias, porteador o mendigo. A veces uno de sus antiguos discípulos o condiscípulos lo reencontraba. Reconocía en los rasgos del gastado viejo el maestro de antaño, pero apenas lo había reconocido y conversaba con él, que el buen hombre desaparecía entre la muchedumbre. Tôsui evidentemente no dejó nada. Algunas decenas de años después de su muerte, Menzan Zuihô (1683-1769), uno de los reformadores de la escuela Sôtô de la época Edô, impactado sin duda por esta elección radical, tuvo la idea de recoger las anécdotas que le concernían. Reencontró algunas y algunos bonzos que le habían conocido y redactó una biografía, por lo demás heteróclita. Desde entonces su hechos y expresiones han sido comentados y meditados. Su desaparición no era un accidente de su evolución, sino su último punto, aquel que daba sentido a la trayectoria misma. Un poco más tarde es Ryôkan (1758-1832), renombrado por su maestro como "el gran idiota", quien se trasladaba a una ermita, más apartada todavía, cada vez que su reputación crecía.

Evidentemente se ve la dificultad de una conducta así. Pues al tomarse la invisibilidad en serio evidentemente se corre el riesgo de desaparecer por las buenas. Ni Daichi, ni Tôsui, ni Ryôkan, que forman los tres iconos de la invisibilidad en el seno de la escuela Sôtô, han tenido sucesores. Por poco que se quiera trasmitir el Zen, una parte de visibilidad debe permanecer necesariamente. Para todos estos bonzos la desaparición se confunde con un ideal que sobrepasa el Zen mismo. En el imaginario extremo oriental el sabio debe en efecto apartarse del "polvo rojo del mundo" y entrar en la montaña, en sentido tanto propio como figurado. Este tema de la invisibilidad encuentra evidentemente su fuente en una visión típicamente china de la relación del individuo con el mundo y con la naturaleza. Pero este ideal conlleva algo más que trasciende los marcos culturales chinos o japoneses. Yo no creo que la desaparición tenga necesariamente que ser física. Se trata ante todo de una renuncia interior. Podemos permanecer invisibles tanto dentro como fuera del mundo. La acción compasiva es en él mas eficaz. Incluso Daichi, que sin embargo había elegido la desaparición en las montañas, lo dice:

El maestro que está en el interior de la ermita, es en el exterior que lo buscan,
Tuvieron viento tranquilo y es en el ruido que le preguntan.
Sin ninguna duda, los hombres de la vía no han estado jamas fuera de las nubes.
Pero cuando se está sin mente, dondequiera que vayamos, se trata de una montaña.

P. ¿Con qué maestros ha practicado?

R. No he conocido más que a tres maestros japoneses, pertenecientes todos a la escuela Sôtô: Taisen Deshimaru, Ryôtan Tokuda y Gudô Nishijima. Del primero he recibido los preceptos zen y del último la trasmisión del dharma. Pero puede ser del segundo de quien más he aprendido. Yo era todavía un adolescente cuando me inicié en el Zen. Era la primavera del 78, no tenía más que diecisiete años. No había en la época enseñando en Francia más que Taisen Deshimaru y Taikan Jyoji (Georges Frey). El dôjô de Deshimaru, calle Pernety de París, parecía en aquella época una especie de pueblo de irreductibles zen. Me integré rápidamente en esa comunidad. Viví en el dôjô y trabajé como cocinero en el restaurante zen que Deshimaru poseía en la calle Pernety. Para muchos él representaba una especie de diablillo perseguidor. Nuestras relaciones eran dulces y afectuosas. Me daba la impresión de un Papá Noël. Yo tenía el alma de un niño en esa época. La noche en que murió, a finales de abril del 82, todos sus discípulos meditaban desde hacía horas. Como yo vivía en el centro estuve entre los primeros en sentarme, desde finales de la mañana. Él estaba entre la vida y la muerte, sobre una cama de hospital en Tôkyô, todos sus discípulos meditaban con una última esperanza. Se había dado la consigna: reunirse en el dôjô. Más avanzaba el día, más personas llegaban y se sentaban. Por la noche el dôjô estaba lleno a reventar, ochenta, cien personas, no sé. El teléfono sonó en el primer piso. Necesariamente era muy importante pues el teléfono no sonaba nunca durante la meditación. Roland Rech subió, descolgó y después, desde arriba, dijo simplemente "Sensei ha muerto." Entonces todo se partió. Para mí como para muchos en aquel momento. Rompí en sollozos. Durante mucho tiempo. Una página pasaba. Mi relación con el Zen entonces era enteramente afectiva. Continué ocupándome de la cocina del restaurante, pero sin ganas ya. Finalmente abandoné la comunidad, un año y medio después.

Entre tanto había intentado encontrar a otra figura, otro lugar. Fui a ver a Taikan Jyoji en las semanas que siguieron a la muerte de Deshimaru. Su centro estaba en Ardèche. Después volví una segunda vez para entrar oficialmente en su comunidad. Había que cumplir el periodo de prueba tradicional de entrada en los monasterios. Al cabo de tres días me sentí demasiado desfasado con todo lo que había conocido hasta entonces. Me marché, sin terminar incluso este periodo de prueba. Hice después algunas experiencias más, pero no me integré en otros centros. Fue una época de ruptura en la que finalmente abandoné el Zen. Me siento hoy en día muy alejado de Deshimaru, tanto de su personalidad como igualmente de sus enseñanzas. Sin embargo me ha otorgado los preceptos zen y le estoy reconocido. La ordenación os hace como un asno agarrado de una pata. Realmente. Se quiere pacer la hierba del campo de al lado, pero la cuerda se estira y se vuelve siempre al sitio. Y si, numerosas veces, he desesperado de mí mismo, este lazo me ha devuelto siempre a la vía del Zen. Es sin duda este lazo el que me ha permitido finalmente encontrar a Ryôtan Tokuda.

Tokuda pertenece a la cofradía de los invisibles. Lo que no deja de desesperar a los grupos que se relacionan con él. Se le busca aquí y no está ya, se le espera en otra parte y no irá. Probablemente no tendrá sucesor. Su identidad incluso permanece evanescente ante los ojos de sus próximos. Le conocí a mitad de los años ochenta. En aquella época habitaba aun en Brasil, donde vivía desde hacía veinticinco años. Venía a Francia algunos meses al año para enseñar medicina china. Habitaba entonces en París en casa de Catherine Pagès (que se convirtió después en una enseñante zen) y proponía, una vez por semana, una meditación. Se meditaba en el salón. Se contentaba con permanecer cara al muro sin decir nada, sin intervenir, sin levantarse. Una vez incluso le vi meditar al lado de alguien que se estiró sobre el suelo y que acabo por dormirse y roncar. Pero no hacía nunca la menor indicación. Lo cual difería singularmente de los centros zen donde cada persona debe conformarse, vestirse, cantar como es debido. Toda su personalidad estaba en oposición a todo lo que yo había imaginado, hasta entonces, del Zen. Lo invisible era su vía. Tokuda vino cada vez más a menudo a Francia, se instaló y tomamos un apartamento en común. Hemos meditado durante muchos años, en silencio, todas las mañanas. Una asociación nació, Mahamuni, "el Gran Silencio ", todo un programa. Habría querido ser su discípulo, pero él no tenía arreglo. Sin embargo, su presencia, sus actitudes, sus recomendaciones han cambiado realmente mi vida. El gran silencio no es simplemente el silencio de la meditación. Es una actitud interior. Tokuda se interesó muy pronto por el cristianismo y continuó encontrando inspiración en el Maestro Eckhart. La pobreza interior y todos los temas del abandono del místico renano resonaban en él con todas las enseñanzas del Zen. Nuestros caminos divergieron a mitad de los años noventa. El gusto de Tokuda por las ermitas apartadas le condujo a buscar un lugar donde construir un monasterio zen. Lo buscó en las montañas y finalmente fundó Eitaiji, en los Alpes de la Alta Provenza, sobre el modelo de Eiheiji, el templo fundado por Dôgen en la costa norte del Japón. Pero su voluntad de adaptase cada vez más a un modelo japones ya no me servía. La convicción de que el enraizamiento del Zen en nuestra cultura debía sobrepasar la forma japonesa se convertía en cada vez más fuerte. La transparencia del corazón no tiene ninguna necesidad de obligarnos a desaparecer en las montañas. Es sobre este punto que nuestros caminos se separaron. Y sin embargo Tokuda permanece como mi maestro raíz. Continuamos amándonos por encima de nuestras diferencias.

De Gudô Nishijima conservo ante todo la confianza. Todo nos separa: la cultura, el país, la edad. Pero él hace una apuesta sobre el porvenir. Que el Zen se expresará en otra parte, puede que bajo otras formas o con otras palabras. Ninguna de las trasmisiones que ha conferido a la veintena de sucesores suyos ha sido registrada por la Iglesia japonesa Sôtô, a pesar de que él sea heredero de Rempô Niwa Zenji, que fue abad de Eiheiji y superior general de la escuela Sôtô. La iniciativa es considerable. Estos occidentales no son herederos de ningún modelo o de ninguna institución que podría canalizar sus eventuales innovaciones. Nishijima ha hecho lo mismo con sus sucesores japoneses. Una primicia en un país donde la conformidad social e institucional es muy importante. Estos nuevos maestros zen se han convertido, a su manera, en invisibles. Ninguno dirige un templo, algunos llevan la vida ordinaria de empleado de oficina o de hombre de negocios.

P. Háblenos de su enfoque. ¿No parece muy aficionado a los rituales?

R. La cuestión de los rituales (¿Hacen falta más o menos? ¿Hay que reproducirlos o adaptarlos?) me parece una cuestión falsa, a menos de que se los tome por lo que ellos son. En la escuela japonesa Sôtô revisten una gran importancia, ya que el despertar se confunde con el acto mismo del ritual. El ritual introduce en otro espacio, en otro tiempo. He aquí porqué el Sôtô otorga tanta importancia a la vida monástica. En los muros del claustro el presente se inmoviliza fuera del tiempo. Reproduciendo las mismas actividades, los mismos ritos, las mismas liturgias, día tras día, se convierte uno en el contemporáneo de los antiguos maestros, de Dôgen mismo. Cualquiera que ha practicado en un monasterio lo siente muy intensamente. El tiempo se cierra sobre sí mismo. Los cuatro momentos del recorrido del bodhisattva están completamente contenidos en la simple repetición de los gestos cotidianos: "La resolución, la práctica, el despertar y el nirvâna forman la práctica (gyôji) y el círculo de la vía (dôkan)", escribe Dôgen en su Shôbôgenzô Gyôji. Incluso si la escuela Sôtô se ha secularizado desde la era Meiji (la secularización no es la laicización), su ideal permanece en la vida monástica. Como escribe Bernard Faure: "La doctrina de identidad entre práctica y despertar ha tenido por efecto, en particular en la escuela Sôtô del Zen, santificar las formas rituales tradicionales y animar a su meticulosa conservación. Las ceremonias (gyôji) son pues interpretadas en esta escuela como observancias religiosas que manifiestan el despertar. Para los monjes Sôtô, por lo menos en teoría, el ritual constituye la expresión privilegiada de la realización interior, y juega el papel de una especie de hierofanía." (Bernard Faure, "Les avatars de l'absolut dans le bouddhisme Chan/Zen", Nirvâna, Paris, Éditions de l'Herne, 1993, p. 320).

El Zen ha llegado generalmente a Occidente bajo el prisma de enseñantes que no se adhieren a esta visión y promueven un Zen laicizado (y no secularizado) enraizado en el mundo. No es sorprendente que estos se hallan formalmente separado de su escuela (Hakuun Yasutani del Sôtô, Eizan Tatsuta del Rinzai) o que hallan permanecido más o menos al margen (Taisen Deshimaru). Esta laicización que se desenvuelve en la única equivalencia "El Zen es zazen" -con la crítica de los ritos como corolario- representa un verdadero cambio de paradigma. Evidentemente, para aquel que ignora lo que sostiene el sentido de un ritual, la reproducción de un modelo japonés, como hace por ejemplo Fausto Guareschi, que ha fundado en Italia el monasterio zen de Fudenji, es valorada como inútil o folclórica. La verdadera cuestión que debe preocuparnos es más bien: ¿qué es el despertar? O mejor, puesto que el término permanece abstracto, ¿qué es un despertado? El despertar se sostiene para mí en la invisibilidad, en esta transparencia. Incluso si el monasterio permite encarnar esta invisibilidad, no es aún más que una puerta sobre lo invisible. No lo invisible en sí mismo, que finalmente trasciende el área sagrada o profana. Ésta puede ser la lección de Tôsui cuando desapareció.

Os he hablado de mi encuentro con Ryôtan Tokuda, toda su personalidad le oponía a la imagen que yo tenía entonces del monje zen, encarnado por Taisen Deshimaru. Incluso si daba enseñanzas Tokuda no se ha considerado jamás como un maestro. Deseaba simplemente ser vuestro amigo sobre la Vía, contentándose por lo demás con "obscurecer sus huellas". De cierta forma, más taoísta que budista, hacía del anonimato una filosofía, soñando con desaparecer en las montañas y vivir en medio de las nubes. Cuando hacía zazen con él, no dirigía, hablando con propiedad, la meditación. No hablaba. Y de algunos cientos de sesiones, sentado en su compañía, no le he visto levantarse mas que tres o cuatro veces. Recuerdo que una vez se levantó para observar las posturas. Permaneció de pie treinta segundos, después se volvió a sentar rápidamente. Después de la meditación, un tanto intrigado, le pregunté la razón. Me respondió bondadosamente que el parquet chirriaba y que había tenido miedo de molestar la meditación de los participantes. Esta respuesta me traspasó el corazón. Es de la confrontación de estos dos estilos contradictorios, de estas dos aproximaciones completamente diferentes, que ha nacido mi reflexión sobre el sentido (y el sinsentido) de la meditación.

Por mi parte no he podido jamás ni corregir una postura, ni dar el kyôsaku (el bastón), ni hablar durante la meditación. No es que haya que abandonar al otro a sus quimeras, pero hay que dejarle la posibilidad de tocar el corazón de lo invisible. Esto no se puede hacer más que en el más profundo de los silencios. ¿Con que derecho podría corregir una posición? Cada uno negocia su postura según su propia historia psico-corporal. Cómo entrar en esta historia sino por la dulzura y el respeto, en cualquier caso, no por una "puesta en forma " brutal. El kyôsaku no tiene solamente una función de regulación fisiológica, es una llamada continua al orden. Os recuerda que se os observa y que a veces merecéis ser corregido. Pero la responsabilidad del propio despertar no pertenece más que a sí. E incluso si hay momentos en los que se está agitado o dormido durante la meditación, terminarán finalmente por pasar, como pasa cualquier cosa. Aquel que da el kyôsaku y aquel que lo recibe permanecen aún en la representación de una postura que debe de ser corregida, pero para aquel que permanece en el samâdhi distinciones como lo derecho o lo torcido no tienen sentido. Sentados debemos abandonar todo, sin condición e inmediatamente. Tokuda dice: "Olvidad el cuerpo, olvidad la respiración, olvidad la mente y entrad en el samâdhi ". El samâdhi es otro nombre para lo invisible. Callarse durante la meditación no significa sin embargo que se deba dejar a la gente apañárselas por sí mismos o que se confíe en la espontaneidad natural de los seres. Hay una enseñanza en el Zen y debe perpetuarse, es más, debe ser enseñada. Pero el samâdhi es un estado sutil, delicado, que una nadería puede perturbar, sobre todo si no se tiene un gran hábito de meditación.

He aquí en qué estado de espíritu practico. Me planteo continuamente esta cuestión: ¿Como adaptar, sin desnaturalizarlo, el saber vivir (¿saber morir?) del Zen? Poco importa el número de practicantes, estar solo, diez o cien. No me interesa más que el reencuentro, el cual es absolutamente dual. Mi única preocupación es no abusar de mí mismo ni abusar del otro. Si se debe enseñar esto no puede ser más que en un reencuentro. Cuando se está cara a cara no puede haber falsos semblantes, ninguna escapatoria es posible.

He abierto este grupo de meditación en París en 1999. Inmediatamente he querido eliminar los hábitos zen tradicionales; el kolomo y el kesa (la ropa negra y la toga budista). ¿Qué sentido tiene vestirse así una hora por día en un contexto parisién? ¿Ponérselos no consiste finalmente en jugar al Zen o en dejar creer que yo tendría alguna particularidad que los participantes no tendrían?. También se trataba de un reto. Si me despojaba de las apariencias, ¿Sería aún capaz de hablar del Zen? Pues es confortable guardar las formas. Nos permiten estructurar el discurso, aún mejor amueblarlo. Prefiero ir al corazón: ¿Qué es mi vida? Para el kesa es algo diferente. Con Tokuda he practicado en un contexto japonés. El kesa allí afirma ante todo una afiliación a una escuela. Lleváis uno de tal o cual color, de tal o cual forma, y cualquiera identifica inmediatamente vuestro estatuto y vuestra línea. Permanezco persuadido de la necesidad de un kesa, hábito altamente simbólico que marca la identidad budista, pero yo no puedo llevar un kesa Sôtô que en el fondo implica reivindicarse como miembro de esta escuela. Intento en este sentido permanecer simplemente coherente con mi posición.

Tenemos a pesar de todo un mínimo de ritual. Al final de la meditación el responsable recita una dedicatoria en francés: "Que estas virtudes que se expanden por todas partes agoten la fuente de los sufrimientos y nos permitan con todos los seres realizar la vía del despertar." Esta simple frase permite encuadrar completamente el sentido de la meditación. La finalidad de esta práctica no es un bienestar. Indica que estamos en un lugar budista. A primera vista, para quien practica en nuestro grupo, la meditación puede parecer muy informal. Hay sin embargo algunas formas, pues nunca se puede abandonarlas totalmente. Pero nosotros preferimos permanecer en lo ordinario.

P. ¿Cuál es vuestro nombre zen?

R. He recibido la ordenación de bonzo zen en agosto de 1981. Conforme a la tradición japonesa Taisen Deshimaru me ha dado un doble nombre compuesto de cuatro ideogramas: Reishin Dôjô. El primero, Reishin ("Bosque espiritual ") recuerda el nombre de Reirin ("Bosquecillo espiritual ") Yamada, que trasmitió el dharma a Taisen Deshimaru. En efecto es tradicional que el maestro retome para su discípulo ideogramas que se encuentren en su propio nombre, o en el de su propio maestro. Reirin Yamada fue abad del templo de Zenshûji en Los Ángeles al comienzo de los años 60 y, al final de su vida, abad del monasterio de Eiheiji, una de las dos catedrales de la escuela Sôtô. En cuanto al segundo nombre, Dôjô, "castillo de la vía ", recuerda el castillo (de hecho una casa solariega) de la Gendronnière, la propiedad que había adquirido Taisen Deshimaru en 1979 para hacer un centro zen. Todos aquellos que ese día recibieron la ordenación tenían igualmente el ideograma ("castillo, ciudad fortificada ") en su nombre. Hoy en día todo eso resuena un poco oriental, para mi gusto. Podría tomar un sobrenombre, como es costumbre en la tradición zen. Un sobrenombre que reflejara mejor mi identidad de practicante de `Un Zen Occidental´. Estoy buscando. Gracias.

¿Promesas falsas?

 
Suscrito de la cruz al punto (que se decía en otros tiempos). Los Hermanos Cervantes en Cómo diablos me transformo dicen que.......

"Unos viejillos pioneros meditaron más de la cuenta y descubrieron cosas que la gente normal por ahora no quiere descubrir.


Desde entonces, la meditación gira entorno a un esoterismo complicado. Es la “misa en latín” de nuestros días. Alejada del dominio convencional e idealizada por los pseudo-espirituales.


Les cuento una historia: Yo empecé a meditar para estar “iluminado” y purgar todos los problemas de mi vida.


La fantasía no me duró mucho. Mis aspiraciones grandilocuentes se disiparon y ahora tengo un motivo más realista: Medito para mantener mi cerebro saludable y lo más lúcido posible.


600 horas de meditación después, no me cabe duda que esta ha sido la práctica que más ha impactado mi forma de ver el mundo.


Pero como todo en la vida, hay un lado oscuro. Las promesas más atorrantes de la meditación pueden socavar tu transformación personal por largos días:


1. Serás espiritual y no religioso: Momificarte como imbécil 20 minutos al día no te hace más espiritual. La meditación no es una práctica espiritual ¡La vida es una práctica espiritual! Meditar sólo te ayuda a darte cuenta de eso.


2. Querrás dejarlo todo para entregarte a una vida de devoción célibe: La “espiritualización” de la meditación es parte de las razones por las que la gente “racional” le rehúye. Meditar es una simple técnica de concentración. Lo espiritual es la intención, pero tu intención puede empezar siendo mundana, carnal y ególatra.


3. Todo será color de rosa: Meditar te ayuda a mirar el lado espinoso de la vida con otros ojos. Pero las espinas nunca desaparecerán, más bien, se harán más presentes con tu práctica meditativa.


4. Destruirás tu ego: La meditación más bien engorda tu ego. Esta práctica te hace más consciente. Al percatarse de esto, tu ego dice: “Oh, qué inteligente soy, ahora tengo una consciencia que los demás no tienen.” Las tradiciones miran este fenómeno sólo como una fase en el camino hacia la iluminación. Pero para meditadores de 20 minutos al día como tú y yo, esta nueva egolatría podría durar… ¡Toda la vida!


5. Alcanzarás estados alterados de consciencia: Ten cuidado. Tu presunto “estado alterado de consciencia” podría ser otro escondite más para evadir tus esqueletos en el clóset.


Desde luego que estas no son promesas de la meditación. Son promesas de tu ignorancia. Y la promesa más burda de todas es el pecado de querer liberarte de la responsabilidad de tu transformación sólo porque cierras los ojos 20 minutos al día.


Sigue meditando, pero transfórmate en el camino."

Irena Sendler

 
Fue "guapa"

  
..................llegó a ser Belleza.........
 
 Si no conoces su historia búscala en la red.

Ojalá que la vida que vivo me conceda el honor de la expresión traviesa y amable de su mirada, la sonrisa sin dientes para morder, la cómoda sencillez de su peinado, sus grandes orejas que parecen haber escuchado y atendido todos los lamentos, la determinación de su barbilla para terminar con ellos..................................
 

Pepe mi Maestro

  
j escribió en "La Verdad" sobre un Maestro:

"Todavía sigue inspirándome"

Un maestro, por lo general, es alguien que te transmite los conocimientos importantes y útiles que posee. Habitualmente lo hace por medio de la palabra. El lenguaje es el código que se suele utilizar para que sus ideas y conceptos pasen a sus discípulos.

Mi maestro en cambio no hablaba. ¡Mal asunto para enseñar!. Por si fuera poco, tampoco actuaba de forma que su ejemplo me inspirase, con lo cual nuestros canales de comunicación se puede decir que no existían. No sólo eso, muy posiblemente no tuviese nada que transmitir.

Sin embargo, era muy buen maestro. El mejor, diría yo.

¿Cómo podía ser tan buen maestro si la naturaleza no le había dotado – aparentemente- para lo que entendemos habitualmente por enseñanza?. Pues porque hay maestros que, en lugar de transmitirte algo que ellos saben, (que como todo concepto, es una imagen de la realidad, pero no la realidad misma), hacen que tú lo experimentes directamente. Es la diferencia entre hablarte de un cocido, sus ingredientes, su forma de preparación y comerte el cocido. ¡Menuda diferencia! En el primer caso, puedes llegar a ser un erudito del cocido, en el segundo ¡has vivido el cocido, lo has experimentado directamente!.

Te vienen a decir que todo lo que tienes que saber, ya lo sabes, lo llevas dentro. Sólo tienes que descubrir que lo sabes. Esta enseñanza que no se basa en transmitir conceptos, sino en experimentar la realidad se puede ejercer sin necesidad de palabras, sin predicar con el ejemplo. Pepe, que tal era el nombre de mi maestro, lo hacía muy bien, simplemente existiendo.

Pepe, padecía una parálisis cerebral. No hablaba, no podía interpretar lo que veía, no podía entender lo que oía, no podía moverse de forma coordinada... etc.

Sin embargo este estado lleno de limitaciones, era su mejor recurso para la enseñanza.

¿Qué aprendí con Pepe?

Aprendí a conocer mi egoísmo. Somos muy egoístas, pero procuramos no darnos cuenta de ello, para no dañar esa imagen súper-idealizada que tenemos de nosotros y que nos empeñamos en transmitir a los demás.

Cuando por la noche lloraba porque algo le molestaba o le dolía, me sorprendía a mí mismo haciéndome el dormido para no tener que ir. Si no había más remedio, me levantaba de mala gana, y lo intentaba callar, renegando de su existencia, dándome más pena yo, que el pobre Pepe que no tenía otro medio de decirnos que algo no iba bien y le hacía sufrir.

Aprendí que eso que llamamos amor o cariño, es casi siempre un amor interesado en mayor o menor grado. Un amor bastante propio a través de los demás. Aprendí que hay otro amor, o mejor Amor (con mayúscula), que está totalmente desprovisto de interés.

Pepe, nunca iba a ser un niño que hiciese las típicas gracias, que jugase, que de mayor hiciera la carrera con matrículas y fuera el orgullo de sus padres.

Muchas veces, vemos a los hijos como esa última esperanza, de que al menos ellos, hagan lo que nosotros no hicimos y podamos arrinconar algo nuestras frustraciones.

Con Pepe no se podía aspirar a esto. Sin embargo, ¡cuánto cariño se le podía tomar! Era realmente un amor desprovisto de interés, de condiciones. Era el centro de nuestra vida. Gracias a su existencia, a su estado, este Amor se podía manifestar.

Con Pepe se aprendía paciencia. Cuando se enfadaba no había un interruptor para callarlo, no le podías reñir o convencer de que dejase de llorar, ni tampoco podías pasar de él. Había simplemente que desarrollar la paciencia y evitando todo nerviosismo, toda desesperación, intentar descubrir que era lo que le molestaba.

Con Pepe se aprendía a ser feliz. Cuando a veces me tocaba estar con él, me sentaba en el suelo, en la colchoneta, que era donde pasaba gran parte de su tiempo, me lo ponía entre las piernas apoyando su espalda en mi pecho y pasábamos un buen rato oyendo a Mozart. Eran momentos de paz y felicidad, no espectaculares, pero sí de una intensidad que no he vuelto a experimentar.

Con Pepe podría haber aprendido muchas más cosas si hubiese estado más con él, si mi egoísmo no me hubiese impedido verlo como un Maestro, más que como una desgracia, una incomodidad. Desgraciadamente, un día del verano pasado se fue tan imprevistamente como había venido.

Hoy, 17 de Marzo cumpliría ocho años.

Le echo de menos.

Va por ti

 
A Peter Pan la llamaban Peter Pan porque tenía pinta de Peter Pan. Así plantada con los pies en el suelo y los brazos en jarras, el pelo rizado siempre recogido con pinzas de colores, los ojos abarrotados de chispas brillantes como diamantes que en un momento podían ser una tormenta de furia, lágrimas de soledad redondas despeñándose desde el borde de las pestañas o pasión, así, pasión a secas. O también ternura. Y alegría y risa y amargura y rabia y... de todo, lo que se dice de todo, no la faltaba de nada. Porque Pan era un molinillo de sentimientos huracanados que la piel solo conseguía sujetar a medias.

Pan no había tenido una vida feliz, ni muchísimo menos y había nacido en una familia equivocada que no sabía bien qué joya había llegado a visitarles. Así que aunque no era su intención tratarla mal, lo cierto es que muy bien no la habían tratado. Y Pan se resintió. Y luego fue que muy pronto tuvo una hija de lo más bonito y entonces pensó que bien podía hacer una familia como la que no había tenido. Pero eran malos tiempos aquellos en los que vivía Pan para formar una familia como las que salen en las películas y entonces tuvo una familia como las que salen en la vida real. Y se conoce que tampoco la gustó, o al menos no del todo, y como era una mujer de rompe y rasga, llenita de intuición y fuerza pues decidió romperla (la familia que no la gustaba, se entiende) a pesar de que el corazón la sangraba por dentro y por fuera. Porque como todo el mundo sabe, las batallas de la vida, se ganen o se pierdan, se pagan.

Y más tarde creyó que había encontrado una pareja como debía de ser, pero tampoco salió bien. Y así estaba ahora Pan pensando que tenía treinta y nueve años y que su hijita ya era una hija, así, sin el “ita” por detrás porque ya había crecido y que se encontraba sola con un montón de magia entre los dedos para repartir y sin nadie cerca a quien poder reglársela y delante de quien pavonearse. Pensando y padeciendo. Y lo malo era que miraba hacia delante, extendía la vista así como si fuera clarividente y decía: “¡Pues vaya un erial de vida que me queda por vivir!”, bueno, en realidad lo que decía era: “¡Pues vaya una mierda de vida que me queda por vivir” o algún taco más gordo. Y como ya se ha dicho que no era de las de quedarse quietas empezó a pensar qué cosas podía hacer. Pero todo lo que se la ocurría no parecía ser muy realista. Pensó en ser bailarina pero una vocecita en su oreja izquierda le dijo: “¿Cómo vas a ser bailarina con estos años que tienes?” y Pan se quedó de un aire. Menos mal que Pan tenía otra vocecita en su oreja derecha que también quería hablar y le susurró: “¿A qué te refieres con ser bailarina?, porque si te refieres a ganarte la vida con eso, pues no creo que tengas mucho éxito, la verdad, aunque nunca se sabe, pero si lo que quieres es bailar, pues... bailar lo que se dice bailar es gratis, necesitas lo que ya tienes: un cuerpo y música en el alma ¿no?”

Pan se quedó pensando porque no sabía muy bien a qué carta quedarse. A ella le gustaba bailar y quería ser bailarina y haciendo caso a la vocecita de la oreja derecha, se preguntó si para ser bailarina y hacer una danza con cada paso que daba y cada movimiento con la mano, necesitaba que la pagaran por ello. Y se respondió que igual sí y que igual no, pero desde luego que mejor que sí. Esperó a ver si las vocecitas incordionas la ayudaban un poco, pero las muy malditas se habían quedado mudas como hacían siempre que las necesitaba. Decidió dejarlo estar y pensar en otra cosa que fuera más fácil y más adecuada a su edad, pero no se la ocurría nada de nada. Un desastre tan desastroso que llegó a pensar que era o tonta de remate o tonta del culo, pero en cualquier caso, tonta.

Siguió pensando tanto y con tanta fuerza aunque con tan escasos resultados que a la vocecita de la oreja derecha le terminó dando un poco de pena y se dignó hablar: “¿Y has pensado seguir con tu vida normal y corriente?. Al fin y al cabo tienes un trabajo en el que eres una estrella ¿no?. Y en el barrio todo el mundo te conoce y algunos o muchos igual hasta te quieren, que no creas que a todo el mundo le pasa eso de que le quieran. Y tienes amigos y una hija que, hombre, ahora estará un poco tonta, ya se sabe, cosas de la edad, pero se la pasará porque todo pasa. Y has hecho milagros con tu padre, que ya sé que no lo merecía, pero bueno, la cosa es hacer lo que una cree que tiene que hacer sin esperar más nada. Y tú lo has hecho, así que igual él no puede estar muy orgulloso de sí mismo, pero para ser sinceras, sí puede estar orgulloso de ti, aunque los padres nunca digan esas cosas porque no saben decirlas, esa asignatura no entró en su colegio. Y tú también puedes estar orgullosa de ti, que al fin y al cabo hiciste lo que tenías que hacer, no eres como él y ni tan siquiera como tu madre, no, tú eres como eres tú, que no es poco, hija, porque yo que te conozco te puedo decir que eres todo un carácter. Y, vamos que si lo que te falta es un hombre al lado pues ya vendrá, caramba, y si no viene pues él se lo pierde. ¿Por qué no te dedicas mejor a ti misma y tus entretelas? Al menos de momento, para que cuando llegue tu héroe te encuentre hermosa por dentro y por fuera y entre que llega y no llega pues te vas disfrutando tú misma, tus minutos y tus días. Si en el fondo y lo mires como lo mires, no hay mucho más que hacer que vivir. Y te digo la verdad, que cómo vivas es cosa exclusivamente tuya, tú sabrás, tú mandas. Puedes despertarte por la mañana y sentir el gozo del agua fresca que te lava la cara o el cuerpo entero o lo que sea que te lavas o puedes cagarte en todos los muertos del que inventó el agua fría, pero eso es cosa tuya. Puedes alegrarte de trabajar en una rebotica y conocer un montón de sustancias mágicas y milagrosas o desesperarte por despachar pastillas como si fuera un todo a cien. Puedes hablar con la gente y aconsejarla y preguntarla cómo le va la vida y sonreír y quedarte con el cariño que te regalen o pensar que son unos gilimemos maleducados y para más inri viejos y enfermos que no merecen la pena en absoluto. Pero eso lo decides tú. En el fondo y aunque digan por ahí que las cosas son como son, es mentira, todo mentira, las cosas son como a nosotros nos da la gana verlas que para eso mandamos en los territorios que van de nuestra piel para dentro...”. Y así siguió por un buen rato mientras la vocecita, que en ese rato más bien parecía una vozarrona, de la oreja izquierda no hacía más que repetir: “¡Bobadas!” Se conoce que se había quedado sin argumentos porque ya se sabe que cuando uno se queda sin argumentos lo único que sabe hacer es descalificar.

La cosa es que Pan a medias hacía caso de lo que oía por la derecha y más bien se identificaba con lo que escuchaba por la izquierda. Y no se comprendía a sí misma porque Pan misma reconocía que la venía mejor hacer caso de la vocecilla derecha que era más animada y prometía cosas más alegres y que cuando la hacía un poquitín de caso se ponía como con más energías y más ilusiones y se le ocurrían bromas y travesuras y cuentos y formas de hacer de su casa un palacio aunque estuviera hecha de adobe del malo, pero claro, como estaba rodeada de gente que todo lo veía trágico y con los ceños fruncidos y los pensamientos negros y sosos, que es que esa gente era sobre todo sosa y gris, pues era como si estuviera contagiada de un mal virus de invierno.

Y así andaba hasta que un día, un buen día, se tropezó con un acupuntor. Preguntó por ahí en qué consistía eso de la acupuntura por si podía echarle una mano con sus líos y confusiones. Y entonces le dijeron que se trataba de que la pincharan con agujas por todo su cuerpo serrano. Y Pan, que era bastante fantasiosa gracias a todos los dioses, se dijo a sí misma que igual pinchándola como si fuera un acerico la haría algún que otro agujero y por ahí se le podrían escapar todos los lagrimones y malos humores. Y algunos se escaparon, sí señor, aunque no todos, ni mucho menos. Y un poco más tarde, por motivos que no vienen al caso, se puso a hablar con una señora que adoraba los cuentos de hadas, las varita mágicas y lo que ella denominaba "el estupendo don de la invisibilidad" a lo mejor porque era tan pequeña que apenas se la veía a no ser que una se fijara mucho. La verdad es que la pobre Pan no veía por ningún sitio ni magias ni zarandajas. Ni conseguía un novio ni le proponían un trabajo maravilloso, ni su padre se volvía Sean Connery ni a su madre le crecía una sonrisa de oreja a oreja, ni su hija... Pero ellos tercos como mulas seguían diciendo: “Que sí, que sí, que se puede, ya verás cómo puedes, cambia de gafas”. Y tanto se lo dijeron que a Pan se le ocurrió pensar que a ver qué cosas hacían ellos para estar tan tranquilos (o que se les viera tan tranquilos, que no es lo mismo) a pesar de no tener ni un duro y de tantas otras cosas que ella no sabía aunque estaba segura de que por algún sitio les fallaría la vida, como a todo el mundo por otro lado si bien se mira.

Y ellos le dijeron: “Pues que no hacemos caso ni del pasado ni del futuro. Que el pasado se va con el viento y al futuro nunca se le alcanza por más que corramos, así que nos quedamos en este momento de justo ahora y hemos descubierto que justo aquí y ahora no hay nada que nos haga daño. Prueba y verás que si te quedas quieta, justo aquí y ahora no hay nada que te pueda hacer ninguna herida. Pero tiene que ser justo aquí y ahora. En cuanto dejas que el segundo que acaba de pasar se te quede pegado a los talones, da la lata. Y si dejas que asome la nariz el segundo que justo viene a continuación, te va a inquietar, seguro”. ¿Solo estar haciendo justo lo que hacía en ese momento? ¡Pues qué difícil! ¿Y solo hacerlo por hacerlo y no para conseguir nada? ¡Pues vaya chorrada!. Y ellos seguían mareando como si fueran el coro de un teatro griego: “Que sí, que sí”.

Tanto y tanto se pusieron pesados con eso que al final un día se acercó a entrenar lo de quedarse quieta y simplemente estar, como si fuera en la serie aquella de Doctor en Alaska que ponían por la noche de madrugada en la 2, a lo mejor para que nadie la viera. Y se quedó sentada y quieta, aunque la cabeza le daba vueltas como una centrifugadora, durante más de media hora. Y cuando se levantó... se fueron a tomar un vino con los demás y su vida continuó, igual, pero más serena. Y volvió y se volvió a levantar un poquito más tranquila. Y volvió y un día de aquellos para cuando se levantó, sin previo aviso y sin preguntar a nadie, la entró la risa. Y al menos en ese minuto cierto había cambiado el llanto por la sonrisa. Pan 1 Lágrimas 0, hasta el siguiente partido ¿Quién ganaría la Liga? Pues será cosa de aguantar, se dijo Pan, al fin y al cabo, de vez en cuando hasta el Numancia gana al Barça (con perdón de los catalanes). Y siguió y siguió hasta que un día una vocecilla que no venía ni de la derecha ni de la izquierda sino más bien como de los adentros más interiores de ella misma, se descolgó diciendo: “Mira, déjate de mariconadas y de tristezas, dale una patada en el culo a todo tu pasado y mejor que nada sonríe. Cambia el tonillo amargo por otro más cantarín, aunque solo sea para variar y por ver si puedes. Al fin y al cabo vivir es vivir, unos días hace sol y otros llueve, como en verano hace calor, pues sudas y en invierno que hace frío pues tiritas ¿cuál es el problema hija de dios?”.

Y Pan que además de fantasiosa gracias a todos los dioses, también era mujer de tener los pies firmemente asentados en la tierra, se dio cuenta de que ella misma, porque de ningún otro lugar podía salir una voz tan sensata y juiciosa, se estaba dando la respuesta a todas las preguntas. Con todo y con eso no pudo por menos de retrucar y refunfuñar y se dijo: “Pero es que yo no quiero no tener novio”. Y la vocecilla en ese momento cambió a burlona: “¡que no quiero, que no quiero, ah, la niña no quiere, pues la niña se aguanta! ¡total por un noviete mira cómo se pone! ¡ni que le fuera a ella a arreglar la vida! Pues mira, hija, mientras llega tu héroe salvaje haces lo que tengas que hacer. ¿Es que no te das cuenta? En el universo entero cada cosa hace a su tiempo lo que le toca, y ya está, no andan todo el día quejándose. El árbol da sombra así se le ponga debajo un maleante. Y el sol sale todos los días por el mismo sitio porque ese fue el pacto entre los dioses y los hombres. Y la lluvia llueve aunque tú te vayas de vacaciones ¡tía lista!”

Y Pan entonces dijo...

CSZpucela...

... quedó constituida ayer como sociedad secreta dentro del dojo (tan secreta que algunos ni lo sabían ni lo saben ni les importa) en una cena amable y risueña, con la asistencia del maestro iñaki (elevado a la categoría de maestro porque ha hecho el camino dos veces); la maestrilla ane (porque solamente lo ha hecho una vez) y los aprendices: rosana, víctor, lola, eva, rosa, jose y muiso que no lo han hecho de momento aunque al último, o sea muiso, se le considera "casimaestrillo" porque hizo más de mil kilómetros para dejar en el punto de partida y recoger en santiago a ane la peregrina, además de casiteletransportarla en coche hasta fisterra para que pudiera quemar sus ropas de caminante y, así, completar lo que había iniciado.

Faltaron a la cita la maestra kyosaku y el maestrillo carlos por motivos de salud y desconocidos, respectivamente. Y juan carlos, isabel y los demás que pienso yo que andarían con sus cosas.

Pero no se libran. Seguiremos cenando, riendo, siendo amigos y compañeros de Vía y camino. No hay nada parecido a la deliciosa certeza de "ser cómplices" en vías misteriosas que nos hacen buena gente de buen corazón.

Un beso, bien grande, para todos y los que vengan. Serán tan bienvenidos como nosotros bienhallados.

Gyoko dijo...

Me llamo Toni, como mi abuelo materno, siempre he alucinado con las cosas inutiles y he tenido capacidad para pasar horas mirando al techo.

De niño despistado, melancólico y justiciero, de adolescente filósofo con pocos amigos.

Mas tarde busqué en lo más cercano, entré en la Iglesia católica "para investigar" y trabajé con grupos de jóvenes, como dicen en cataluña un kumbaya.

Siempre muy en la linea de no molestar entré a trabajar en una oficina de una fábrica, me casé, tuve una hija, abandoné la iglesia expulsado por el dogma y me perdí en la masa.

Zazén me encontró lo bastante destrozado como para enamorarme de él (me dolia más el corazón que las piernas). Me enseño la paciencia, la libertad, la belleza, la dignidad, la compasión y retomé viejas prácticas que siempre han estado conmigo.

Encontré a Buda y me ordenaron Bodhisatva.

Encontré a mi familia y me ordenaron Monje. Regresé al Hogar.

Ahora tengo la inmensa fortuna tocar la madera en el Dojo de Mataró y de poder compartir mi zazen con gente maravillosa.

A mis cuarenta y nueve años he cambiado de profesión y atiendo ancianos enfermos en sus casas.

Discípulo al fin, he encontrado mi Maestro donde siempre estuvo.

Mi práctica Budista es un Buda Universal, un Dharma Universal y una Shanga Universal
He tardado en hacer mi presentacion, porque si la quieres hacer sinceramente es una confesión en toda regla y es un ejercicio de introspección y de literatura, eh.
Naci en Valladolid y me llamo Maite, soy vasca porque los vascos nacemos donde nos da la gana y si no a ver por qué me pusieron este nombre. Pero tambien soy castellanarrabuda.
Llegué hasta vosotros despues de muchas aventuras:
Mi padre adoptivo era profesor de yoga, y eso me pilló con diez años, a la edad en la que eres una esponja. Después, como debia ser para mi evolución, mi padre se fue muyyy lejos -Siempre esta ahí, para mi-.
Y me encontré sola, inquieta y ansiosa de saber y descubrir. Y es que desde que me conozco nunca me ha abandonado la necesidad de saber quién soy y qué es este mundo donde vine a caer.
Aún no lo he descubierto, pero ya no estoy ansiosa, simplemente dejo pasar el tiempo y lo acompaño, mushotoku.

Conmovida

 
(Es cocinero de oficio y pertenencia........... desde que nació prácticamente)

Conozco un maestro zen que no ha practicado zazen en su vida. Ni incienso ni sanpai ni kimono ni kesa. Casi no sabe qué cosa es el zen. Pero está hecho a escuadra y cuando estás cerca de él y habla, de pronto todo ocupa su lugar: la comida no se tira y el agua caliente del grifo es un milagro que agradece.

Tiene una historia turbia que lamenta y quiere reparar el daño hecho de forma que no produzca ni una pizca más de dolor en aquel a quien ofendió. No cuida de sí: cuida del ofendido. Esa es la forma correctamente hermosa de reparar el daño hecho.

Pocas veces he estado cerca de alguien tan de verdad y tan honesto. Pocas porque no hay tantos y tengo que decir en alto que es un hombre bueno que puede ser muy malo, igual que todos nosotros. Justo eso: que puede ser muy malo y elige no serlo, es lo que hace tan valiosa su elección. Y la nuestra.

Ojalá no me atara el secreto y pudiera contar su vida. Lo que sí puedo hacer es desear que siempre quede, al menos, uno como él en el mundo porque entonces, claramente, la Luz va a ganar una vez más y como siempre.

Presentandome

Andome presentando y...... Adolfo, 53 añines ( digo añines porque mi corazón no tiene más de 19 ¡¡¡ Qué le voy a hacer ¡¡¡) Nací en Camarzana de Tera ( Zamora, lindando con Sanabria). Nací aquí porque mis abuelos, sanabresa y asturiano, volvieron a esta tierra despues de conocerse, enamorarse y casarse en Cuba allá por 1918.....En resumen: Soy una mezcla norteña ( Os juro que mis primos asturianos miden 2 metros y son pelirrojos jejeje ) entre leoneses, asturianos y sanabreses. A lo tonto y a lo bobo no tengo un origen muy definido porque a la postre me "caí "un 12 de Octubre   hace 49 años en Valladolid y no he conseguido salir de aquí, cierto es que tampoco lo he intentado con mucho ahinco.  Soy padre de dos hijas como resultado de compartir mi vida con Ane. Y esto no es baladí, no, la existencia de Andrea y Mar han marcado mi vida ( y la de Ane) de una manera clara. He tenido 5 perros en mi vida ( Sevilla, Nin, Haize, Beco y Tinko) y algún animal canino con el que hice negocios ( Chic Nintay de raza Akita Inu, importado de EEUU al que hicimos Campeon de España de su raza... uuuff qué lejos queda esto) pero no era "Mi Perro"...............mañana más.

Siguiendo con las presentaciones

Entra como una especie de vértigo al presentarse: ¿qué digo que soy? o ¿quién digo que soy? Puedo decir mi nombre (mentira) o mi profesión (mentira) o de quién soy hija (muchas veces mentira también) mis años (mentira). Porque...

Me llamo maría victoria gema (lo de gema no lo sabe casi nadie) pero no me corresponde nada de nada, así que ahí ando yo buscando mi nombre verdadero, el que me nombra y que, a falta de otro mejor, de momento, escribo ane.

Trabajo como auxiliar de enfermería en la unidad de psiquiatría infanto-juvenil del hospital clínico, pero no es esa ni mi profesión ni mi función en el orden de las cosas (¿o sí?).

Sí soy hija de mis padres, al menos. No me pasa eso de que no tengo nada que ver con mi familia y que pareciera que la cigüeña se equivocó al dejarme caer. No, mi padre y yo somos los dos de norte. Mi madre y yo somos las dos muy “marujas”... por ejemplo.

Tengo cincuenta años. Parece que tengo menos y en realidad tengo tantos como la tierra o como algún planeta de lo que llaman el universo profundo.

Me defino mejor por lo que calienta mi corazón y hace que la sangre corra, caliente, por mis venas y por las cosas que digo que voy a hacer (y que nunca haré) que por cualquier otra cosa.

Eso sí: mi aspecto dice de mí la auténtica verdad. Soy el cuerpo y la cara que tengo, se me conoce en el gesto de las manos, en lo fea que me pongo cuando me enfado. También en el azul y oro de mis mejores momentos. O el negro y rojo de los peores.

Por hoy basta de ésto. ¡Tengo que divagar sobre la Gran Pregunta de Iñaki!

Cuando llegues que seas tan bienvenid@ como nosotr@s bienhallad@s

Lo primero, siempre, presentarse

Me presento, soy Iñaki, aun siendo una comunidad pequeña no nos conocemos todos. Me parece una buena idea mantenernos en contacto y comentar cosas comunes, sobre todo desde que no piso por el dojo desde hace unos meses.
Con lo cual os animo a participar, los principios nunca son fáciles y si queremos que funcione nada mejor que poner nuestros granito de arena para formar un pequeño foro de opinión, mejor, de opiniones de lo nuestro y conocernos mejor. Muchas veces tenemos ideas, preguntas, necesidades, unas más brillante que otras, en esto no nos vamos a engañar, que se pierden un instante después o permanecen como nuestra sombra una vida entera, puede que sea un sitio como este donde podamos exponer ese tipo de ideas.