Impermanencia

 
La gran campana fue golpeada una vez, dos veces, tres veces, más veces más rápido. El sonido se sujetó en el aire un momento y después se alejó poquito a poco desapareciendo, como los truenos. Aunque nadie sabe a dónde va el sonido de una campana o si termina en algún momento o si se incorpora a los ecos eternos de todas las campanas que algunas vez fueron hechas sonar.

Zazen había comenzado. Monjes y no monjes se quedaron inmóviles en sus zafus, la mirada parada ante sí; el espíritu digno, quieto, alerta, impecable; la espalda recta, que no se caiga. La respiración honda hasta agotarla.

Oscuro, el monje antiguo que dirigía el dojo se echaba hacia atrás, todo lo más atrás que podía, levantaba los hombros con tensión, como defendiéndose de algo que solamente él conocía. Entre asustado y asombrado ante el abismo en que zazen solía colocarle. Pero aguantaba, aguantaba el tipo y algunas veces zazen era bueno con él y le dejaba momentos de paz grande.

Corchea que se aburría más que una ostra, emitía un canto silencioso desde sus tripas enviándolo con la fuerza de su voluntad hacia una salida virtual en lo más alto de su cabeza como hacen las sopranos y todos los que cantan la Gran Música.

Roble estaba sólidamente instalado sobre sus piernas cruzadas. Tenía el aspecto de la tierra afincada sobre la tierra.

Miguel Angel temblaba de vez en cuando y volvía tercamente a mantenerse quieto. Se esforzaba en aceptar la inmovilidad. Sus manos sudaban, resbalaban, él volvía a recogerlas en el mudra del vacío.

Guisante acababa de aprender la forma de contemplar con ternura sus pensamientos que iban y venían y en esos entrenamientos andaba encantada... de momento.

Eva, la mujer león, protegía desafiante el pequeño territorio que le correspondía alrededor del zafu. Por si acaso alguien se atrevía a discutirle su reinado en la selva del dojo.

MarteLuna esperaba con toda la paciencia que podía juntar. Esperaba oír algo que la despertara la conciencia. Esperaba que los astros y las estrellas, las constelaciones y conjunciones cósmicas, hablaran por boca del monje adusto o por cualquier otra señal. Algo que la indicara qué hacer con su vida.

Yerbabuena hacía, como de costumbre, sus ejercicios de respiración yóguica empeñado en escupir todas las malas energías que sus pacientes habían depositado en él a lo largo del lento día en su consulta. Se le oía bufar y rebufar.

Oreja sencillamente estaba, agradeciendo anticipadamente la posibilidad diminuta del momento precioso en que su cabeza dejara de parlotear. Un minuto de silencio mental y para él la meditación habría sido un regalo.

Sedoso estaba inquieto. Oscuro le ponía nervioso, se le caía encima, le provocaba un aburrimiento de muerte y no ayudaba en nada el hecho de que siguieran a un maestro diferente.

Y pasó lo que pasó, lo que les pasa a todos los dojos en algún momento.

Sea como sea, ése fue el dojo donde comencé. Una sala de espejos donde verme aunque no siempre me gustara la imagen que me devolvían.

3 pensamientos +:

Anónimo dijo...

Y le debo sanpai a ese monje que cumplió perfectamente su función, que no es poco.

ane

Muiso dijo...

¿ Como puedes tener esa memoria? UUUfffff
Me resuenan muchas de las cosas que escribes, gracias Guisante. jajajajjajaa

Ane dijo...

guisante "era" guisante, listillo ;-)

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