¿Hablamos de lo que se necesita para vivir?
Ane dijo: respirar, comer, beber, dormir, reír, llorar. Soltar lo comido, lo bebido, lo reído, lo llorado, despertar... con mis amigos, compañeros y familiares de sangre, carne, corazón y espíritu. Un poquito de dinero para poder hacerlo y que circule.
Y mi casita, aunque no la "necesite". Es más bien que la "quiero".
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reflexiones
No es lo mismo
No es lo mismo un maestro que un profesor.
Algunos de nosotros comenzamos la práctica de zazen en el dojo de Santa María, hoy ya cerrado. José era el monje responsable, éste es el término que se utiliza dentro del mundo zen para designar a quien se hace cargo de buscar y mantener un lugar para la práctica, asegurarse de que los horarios se cumplan, de nombrar a su vez responsables de la limpieza del dojo, de la provisión de incienso, del mantenimiento del altar y del resto de cosas necesarias. El responsable. No el maestro pese a que la mayoría de nosotros en aquel tiempo pensáramos que era "nuestro maestro".
De hecho en los dojos, el que dirige la sesión se sienta a la izquierda frente al altar y fuera de los límites del caminito que a él conducen. En la zona de la derecha suele haber un zafu vacío. Es el del maestro físicamente ausente.
José se ordenó monje con Deshimaru y pasó más de un verano en la Gendronnière ayudando en la contrucción de ese enorme lugar. Contaba muchas anécdotas de aquel tiempo.
Un día nos contó que, tras su ordenación como monje, Deshimaru le había habilitado como "profesor" de zen. Y no lo entendí y además me sonó muy mal.
Después de leer el correo sobre el dinero y la espiritualidad, me di cuenta de que Deshimaru tenía razón, no es lo mismo un profesor que un maestro y que, efectivamente, José estaba capacitado para enseñar algunas de las cosas zen: la postura, cómo pedir y recibir el kyosaku, comportamiento dentro del dojo, incluso recomendaciones para la vida diaria.
Y él tenía su propia comprensión de la enseñanza zen recibida. Más o menos profunda, más o menos amplia. Pero su propia comprensión, la suya personal, su punto en el camino. Y no era un maestro justo por eso. El maestro transmite La Enseñanza, no su opinión acerca de las cosas. Un maestro es certificado por otro en la ceremonia del shiho en la que transmite "la médula de los huesos". Lo más profundo. Aquello a lo que llegamos tras quitar una y otra, y otra capa, de la cebolla que somos. Tras haber levantado los siete sellos que guardan y protegen todos los tesoros.
Y después de todo esto: ningún maestro es un Maestro. Todos los maestros siguen siendo discípulos eternamente. La larga cadena de la Tradición está hecha de discípulos. Aunque como señal de respeto se escriba con mayúsculas eso de "Maestro Deshimaru", pues no, y con perdón: maestro Deshimaru.
Todo para decir que la gran mayoría de maestros de cualquier disciplina que por ahí andan, vendiendo o vendiéndose, no son maestros, sino como mucho profesores. Me gusten más o menos o me dé por adorarles o no, me ofrezcan más o menos datos o apoyo.
A lo mejor podríamos empezar a discriminar, con un poco más de precisión, las etiquetas que colocamos a las cosas.
Algunos de nosotros comenzamos la práctica de zazen en el dojo de Santa María, hoy ya cerrado. José era el monje responsable, éste es el término que se utiliza dentro del mundo zen para designar a quien se hace cargo de buscar y mantener un lugar para la práctica, asegurarse de que los horarios se cumplan, de nombrar a su vez responsables de la limpieza del dojo, de la provisión de incienso, del mantenimiento del altar y del resto de cosas necesarias. El responsable. No el maestro pese a que la mayoría de nosotros en aquel tiempo pensáramos que era "nuestro maestro".
De hecho en los dojos, el que dirige la sesión se sienta a la izquierda frente al altar y fuera de los límites del caminito que a él conducen. En la zona de la derecha suele haber un zafu vacío. Es el del maestro físicamente ausente.
José se ordenó monje con Deshimaru y pasó más de un verano en la Gendronnière ayudando en la contrucción de ese enorme lugar. Contaba muchas anécdotas de aquel tiempo.
Un día nos contó que, tras su ordenación como monje, Deshimaru le había habilitado como "profesor" de zen. Y no lo entendí y además me sonó muy mal.
Después de leer el correo sobre el dinero y la espiritualidad, me di cuenta de que Deshimaru tenía razón, no es lo mismo un profesor que un maestro y que, efectivamente, José estaba capacitado para enseñar algunas de las cosas zen: la postura, cómo pedir y recibir el kyosaku, comportamiento dentro del dojo, incluso recomendaciones para la vida diaria.
Y él tenía su propia comprensión de la enseñanza zen recibida. Más o menos profunda, más o menos amplia. Pero su propia comprensión, la suya personal, su punto en el camino. Y no era un maestro justo por eso. El maestro transmite La Enseñanza, no su opinión acerca de las cosas. Un maestro es certificado por otro en la ceremonia del shiho en la que transmite "la médula de los huesos". Lo más profundo. Aquello a lo que llegamos tras quitar una y otra, y otra capa, de la cebolla que somos. Tras haber levantado los siete sellos que guardan y protegen todos los tesoros.
Y después de todo esto: ningún maestro es un Maestro. Todos los maestros siguen siendo discípulos eternamente. La larga cadena de la Tradición está hecha de discípulos. Aunque como señal de respeto se escriba con mayúsculas eso de "Maestro Deshimaru", pues no, y con perdón: maestro Deshimaru.
Todo para decir que la gran mayoría de maestros de cualquier disciplina que por ahí andan, vendiendo o vendiéndose, no son maestros, sino como mucho profesores. Me gusten más o menos o me dé por adorarles o no, me ofrezcan más o menos datos o apoyo.
A lo mejor podríamos empezar a discriminar, con un poco más de precisión, las etiquetas que colocamos a las cosas.
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reflexiones
Espiritualidad y dinero
He recibido este correo:
Ayer estaba buscando material para escribir sobre la figura del "maestro" y me encontré con un artículo en internet que hablaba sobre las diferentes condiciones de la enseñanza en estos tiempos y las diferencias oriente-occidente. Este no es un tema baladí, incluso el Dalai Lama dedica unas páginas en uno de sus libros sobre la cuestión de cómo elegir al maestro.
Para empezar, sólo hay un maestro, lo que Durckheim llama "El Maestro Interior". El verdadero maestro es aquel que nos pone en la pista del maestro de los maestros que es uno mismo. EL TAO es evolución y crecimiento, es expansión de cada hijo de la tierra y del sol, quién sino uno mismo puede decidir sobre uno mismo. Ahora bien esto ha de hacerse en contacto íntimo con la verdadera naturaleza, y éste es el camino que enseña el maestro.
En la antigüedad el maestro viajaba de pueblo en pueblo, aprendía de la diversidad y transmitía lo que sabía. El pueblo contribuía a su sustento. El maestro era considerado un guía y la gente estaba ávida de sus consejos. Por otro lado el cultivo del TAO era una dedicación exclusiva, porque las verdaderas conquistas exigen tiempo y dedicación, y todo el mundo se beneficiaba de ello. Los templos eran sustentados por el pueblo. En España hay un monasterio budista en Huesca donde se puede ir a pedir consejo, y alguien se sentará contigo a acompañarte con tus pensamientos. Los budistas tiene prohibido el trabajo remunerado para que no interfiera en su evolución personal.
Sin embargo hoy en día todo el mundo en occidente necesita un trabajo para vivir. En este contexto todo enseñante percibe una remuneración para poder mantener su dedicación. ¿Por qué esto nos molesta tanto? Aquí hay malentendidos. No nos sorprende que un profesional liberal tenga una buena retribución por su trabajo porque nos decimos a nosotros mismos que ha dedicado su vida al estudio. ¿Y el maestro? ¿Cómo cuantificamos lo que vale cada cosa? Lamentablemente todo esto no es mas que el reflejo del Ego y de las categorías en que divide su vida. Los monasterios vivían de diezmos, sin embargo el guía nunca los recibía directamente por lo que a los ojos de las mentes su enseñanza estaba libre del vil metal. Hoy está bien visto que un profesor de una conferencia y cobre varios miles de euros, y sin embargo desconfiamos si esto lo hace un monje.
El dinero es un deseo oscuro, un deseo que cubre muchas veces vacíos interiores. Por eso los monjes budistas tiene prohibido el trabajo remunerado. El peligro del dinero es precisamente ése, el de cubrir huecos, y a veces cuando nos identificamos con él, aunque lo estemos rechazando, estamos tapando vacíos. ¿Cuál es el verdadero precio de las cosas? En la sociedad son nuestras categorías virtuales las que se lo ponen. Aceptamos que un ingeniero gane más que un juez y sin embargo el esfuerzo del segundo ha sido muchas veces mayor que el primero. En el mundo personal de cada uno, las cosas valen según lo que deseemos verdaderamente alcanzarlas. Si queremos recibir una buena enseñanza porque nuestro SER la pide, buscaremos al mejor, al más adecuado para nosotros, y será aquel que ha dedicado su vida a comprender lo que enseña, ¿cuánto vale su enseñanza?.
Pensar que espiritualidad y dinero son antagónicos es una falacia. "Primum vivere deinde filosofare" decían los escolásticos. Hay que huir de quien trafica con las cosas del alma porque se ha olvidado del alma, y hay que huir de quien no comprende que la vida empieza en lo material porque ése se ha olvidado de dónde está. ¿Quién queremos que nos enseñe?.
Y al terminar de leerlo estaba bastante más que enfadada.
Pues no señor, no estoy de acuerdo, la enseñanza de la Tradición no se cobra y punto. Porque además tal y como se están poniendo los precios, solamente puede acceder a ella gente que tiene más de lo necesario para vivir, que le sobra, que se aburre, que busca sensaciones... vale, no todos.
Y porque no es mía. No hay ni un sólo texto sagrado que esté firmado por alguien con nombre y apellido. Se tomaron el trabajo de escribir y lo entregaron. Ya está.
La espiritualidad es cara, pero no en dinero. Es cara, y lo siguiente de cara, por el esfuerzo que exige, por el compromiso, por la resistencia y el anhelo requeridos.
¿Es un maestro quien exige, a cambio de un conocimiento transmitido de generación en generación con el solo fin de que perviva, cuatrocientos euros por alumno y fin de semana? Que, si echo cuentas y a pocos que sean, ¡genial! no tengo que trabajar para vivir. Hago eso y encima me adoran (total que me inflo como un pavo real).
Que no. Que no lo veo. Que mi nariz me dice que hay algo que no huele bien. Que me parece mucho mejor trabajar -y recibir un salario- como secretaria que cobrar como maestro de la Tradición. Eso no se cobra, eso se le cae a uno de la piel y lo transmite. Y que si, por lo que sea, a alguien le toca esa función (que los hay) vivirán con lo necesario.
Y mucho más que decir, mucho más. De momento me callo, no quiero exponer mi lado radical.
Ayer estaba buscando material para escribir sobre la figura del "maestro" y me encontré con un artículo en internet que hablaba sobre las diferentes condiciones de la enseñanza en estos tiempos y las diferencias oriente-occidente. Este no es un tema baladí, incluso el Dalai Lama dedica unas páginas en uno de sus libros sobre la cuestión de cómo elegir al maestro.
Para empezar, sólo hay un maestro, lo que Durckheim llama "El Maestro Interior". El verdadero maestro es aquel que nos pone en la pista del maestro de los maestros que es uno mismo. EL TAO es evolución y crecimiento, es expansión de cada hijo de la tierra y del sol, quién sino uno mismo puede decidir sobre uno mismo. Ahora bien esto ha de hacerse en contacto íntimo con la verdadera naturaleza, y éste es el camino que enseña el maestro.
En la antigüedad el maestro viajaba de pueblo en pueblo, aprendía de la diversidad y transmitía lo que sabía. El pueblo contribuía a su sustento. El maestro era considerado un guía y la gente estaba ávida de sus consejos. Por otro lado el cultivo del TAO era una dedicación exclusiva, porque las verdaderas conquistas exigen tiempo y dedicación, y todo el mundo se beneficiaba de ello. Los templos eran sustentados por el pueblo. En España hay un monasterio budista en Huesca donde se puede ir a pedir consejo, y alguien se sentará contigo a acompañarte con tus pensamientos. Los budistas tiene prohibido el trabajo remunerado para que no interfiera en su evolución personal.
Sin embargo hoy en día todo el mundo en occidente necesita un trabajo para vivir. En este contexto todo enseñante percibe una remuneración para poder mantener su dedicación. ¿Por qué esto nos molesta tanto? Aquí hay malentendidos. No nos sorprende que un profesional liberal tenga una buena retribución por su trabajo porque nos decimos a nosotros mismos que ha dedicado su vida al estudio. ¿Y el maestro? ¿Cómo cuantificamos lo que vale cada cosa? Lamentablemente todo esto no es mas que el reflejo del Ego y de las categorías en que divide su vida. Los monasterios vivían de diezmos, sin embargo el guía nunca los recibía directamente por lo que a los ojos de las mentes su enseñanza estaba libre del vil metal. Hoy está bien visto que un profesor de una conferencia y cobre varios miles de euros, y sin embargo desconfiamos si esto lo hace un monje.
El dinero es un deseo oscuro, un deseo que cubre muchas veces vacíos interiores. Por eso los monjes budistas tiene prohibido el trabajo remunerado. El peligro del dinero es precisamente ése, el de cubrir huecos, y a veces cuando nos identificamos con él, aunque lo estemos rechazando, estamos tapando vacíos. ¿Cuál es el verdadero precio de las cosas? En la sociedad son nuestras categorías virtuales las que se lo ponen. Aceptamos que un ingeniero gane más que un juez y sin embargo el esfuerzo del segundo ha sido muchas veces mayor que el primero. En el mundo personal de cada uno, las cosas valen según lo que deseemos verdaderamente alcanzarlas. Si queremos recibir una buena enseñanza porque nuestro SER la pide, buscaremos al mejor, al más adecuado para nosotros, y será aquel que ha dedicado su vida a comprender lo que enseña, ¿cuánto vale su enseñanza?.
Pensar que espiritualidad y dinero son antagónicos es una falacia. "Primum vivere deinde filosofare" decían los escolásticos. Hay que huir de quien trafica con las cosas del alma porque se ha olvidado del alma, y hay que huir de quien no comprende que la vida empieza en lo material porque ése se ha olvidado de dónde está. ¿Quién queremos que nos enseñe?.
Y al terminar de leerlo estaba bastante más que enfadada.
Pues no señor, no estoy de acuerdo, la enseñanza de la Tradición no se cobra y punto. Porque además tal y como se están poniendo los precios, solamente puede acceder a ella gente que tiene más de lo necesario para vivir, que le sobra, que se aburre, que busca sensaciones... vale, no todos.
Y porque no es mía. No hay ni un sólo texto sagrado que esté firmado por alguien con nombre y apellido. Se tomaron el trabajo de escribir y lo entregaron. Ya está.
La espiritualidad es cara, pero no en dinero. Es cara, y lo siguiente de cara, por el esfuerzo que exige, por el compromiso, por la resistencia y el anhelo requeridos.
¿Es un maestro quien exige, a cambio de un conocimiento transmitido de generación en generación con el solo fin de que perviva, cuatrocientos euros por alumno y fin de semana? Que, si echo cuentas y a pocos que sean, ¡genial! no tengo que trabajar para vivir. Hago eso y encima me adoran (total que me inflo como un pavo real).
Que no. Que no lo veo. Que mi nariz me dice que hay algo que no huele bien. Que me parece mucho mejor trabajar -y recibir un salario- como secretaria que cobrar como maestro de la Tradición. Eso no se cobra, eso se le cae a uno de la piel y lo transmite. Y que si, por lo que sea, a alguien le toca esa función (que los hay) vivirán con lo necesario.
Y mucho más que decir, mucho más. De momento me callo, no quiero exponer mi lado radical.
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preguntas por responder
La poesía es un arma cargada de futuro
(Grande Gabriel Celaya. Grande Paco Ibáñez que le puso música)
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante más se palpita
y se sigue mas acá de la conciencia
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria,
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir quien somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo que por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
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poesías y ánimos
Zazen
Con toda la sinceridad de la que soy capaz: la única técnica que conozco que literalmente puede llevarnos más allá; y más allá de más allá, es el zen. Incluso bastante más allá de lo que hubiéramos querido, que dijo Alonso en un kusen. Y sus palabras olían a pena, alarma y estupor. Lo recuerdo bien.
Dicen del zen que es la Vía abrupta a la Realidad. Hubo alguno que entendió “bruta” y tampoco andaba descaminado. Porque zazen conduce a un lugar-no-lugar, a un tiempo-no-tiempo, atravesando y conquistando mundos de golpe y porrazo. Y, lo mejor, nos devuelve, intactos, al mundo nuestro de todos los días que también es la realidad.
Hay otras técnicas más espectaculares, más sabrosas, más entretenidas, de acceso más dulce; de esas que sigues porque tienes la zanahoria colgando delante de la nariz.
Zazen no es meditación. Se diga lo que se diga. Es zazen. Es otra cosa. La propia Vía.
Dicen del zen que es la Vía abrupta a la Realidad. Hubo alguno que entendió “bruta” y tampoco andaba descaminado. Porque zazen conduce a un lugar-no-lugar, a un tiempo-no-tiempo, atravesando y conquistando mundos de golpe y porrazo. Y, lo mejor, nos devuelve, intactos, al mundo nuestro de todos los días que también es la realidad.
Hay otras técnicas más espectaculares, más sabrosas, más entretenidas, de acceso más dulce; de esas que sigues porque tienes la zanahoria colgando delante de la nariz.
Zazen no es meditación. Se diga lo que se diga. Es zazen. Es otra cosa. La propia Vía.
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