El Reino del Agua

      
Sólo cuando la Virtud se pierde, predomina la benevolencia.
Sólo cuando la benevolencia se pierde, predomina la rectitud.
Y sólo cuando la rectitud se pierde, predomina el decoro.
En verdad, el decoro surge cuando la lealtad y la sinceridad escasean.
Es lo que marca el inicio del desorden.
(Lao Tsé)

Es imposible comprender y asimilar la Medicina Tradicional China sin entrar en una dimensión simbólica y poética de la realidad. Hay que atreverse a entrar en el mundo de equivalencias y correspondencias, de alusiones y asociaciones y paralelismos, del simbolismo y recuperar así los tesoros escondidos en el Reino del Agua.

Algunas aclaraciones previas
El concepto de “reino”. Los cinco reinos mutantes a los que hace referencia la Medicina Tradicional China, muy impregnada de taoísmo, son en realidad cinco estados o fases, cinco manifestaciones, cinco aspectos, cinco estancias, en las que reposa por momentos la Energía Única en su ciclo de manifestación y actividad, vale decir de concretización, conformación o condensación. Uno de ellos, el primero, es el Reino Mutante del Agua.

El concepto de mutación. Hace alusión al hecho de que cada reino al transformarse en el siguiente le genera pero también pervive en él. El reino generado conserva la memoria de su “progenitor”, la incorpora y aporta su propia forma. Todo junto pasa al siguiente. Algo similar a lo que sucede de generación en generación de padres a hijos.

El Agua alberga en su interior el dharma individual, aquello para lo que fuimos creados o, como lo expresan algunas tradiciones occidentales, para lo que fuimos "llamados de la tumba".

El Agua, nuestra agua, tiene el secreto del sentido de nuestra existencia en este mundo, en este tiempo y sus coordenadas geográficas e históricas. Guarda la función a la que solamente nosotros, cada uno, podemos dar cumplimiento.
La palabra "naturaleza" es esencial para el taoísmo y la Medicina Tradicional China. ¿Qué quiere indicar con ella?. Mejor con una analogía extraída de la tradición taoísta:  así como el Cielo cubre y la Tierra sustenta, pues esas son sus naturalezas, todo cuanto existe, las cosas fenoménicas, son lo que son y tienen su actividad particular en función de su naturaleza. Actúan de acuerdo a ella, que es la forma concreta que adopta el Tao cuando se realiza y actualiza en el mundo fenoménico. En este punto es susceptible de sufrir una desviación, una actividad antinatural que en términos taoístas equivale a “intencionada”. Irónicamente el Hombre, cuya naturaleza le habilita para convertirse en la perfecta encarnación de la Virtud y por tanto de la Vía, es la única criatura capaz de obstaculizar la plena actividad de la Vía, ya que solamente el Hombre puede actuar con intención (con juicio, con objetivos, con conciencia individual...) Sin embargo el resto de las cosas son naturalmente como son y cada una de ellas actúa de acuerdo con su propia naturaleza sin la menor intención por su parte. El árbol da sombra sin opinar acerca de a quien beneficia. La lluvia empapa cualquier cosa que esté bajo ella. Las cosas no piensan, no calculan, no tienen intereses personales. El Hombre sí. El Hombre puede mermar su Virtud innata hasta por la intención de convertirse en perfecta encarnación del Tao. Así que para acceder a nuestra naturaleza (la Virtud en términos taoístas) necesariamente debemos volvernos inocentes y desaprender. También está escrito en los Evangelios.

Más en concreto: Todos queremos saber por qué estamos aquí, cuál es nuestra misión en la vida, aquello que hace que demos por buenos incluso los malos momentos. Quienes lo saben son fáciles de identificar: sus vidas están llenas de sentido. La percepción de su propósito existencial les da fuerzas para superar los malos momentos y alegrarse en los buenos. Brillan incluso en los peores momentos. Tienen fe. Dijeron en un momento determinado “Hágase en mí según Tu Palabra” (o algo parecido) dieron su consentimiento a la Voluntad del Cielo y así están protegidos y asistidos y cae sobre ellos una lluvia de bendiciones que es la forma del Agua del Cielo para quien ha consentido alinearse con el secreto de su agua individual. Es lo que se denomina la Gracia, una de las significaciones que el Agua tiene constantemente en las tradiciones más diversas.

El Agua es por tanto, también, símbolo de la Gracia y de la regeneración por ella operada en quien la recibe; bastará recordar, a este respecto, el agua bautismal, la lluvia de bendiciones de que habla la Tradición y que se refiere a las influencias celestes que caen sobre nuestras cabezas como lluvia del Cielo, un Agua cuyo simbolismo se aprecia claramente en las aspersiones que se realizan en las ordenaciones e iniciaciones queriendo indicar que, habiendo ofrecido nuestra voluntad al Cielo, éste la acepta y nos riega con el Agua de Vida proporcionando todo lo necesario en tiempo y forma adecuados para el cumplimiento de la función.

Cuando pronunciamos el Fiat, o, como en el Padrenuestro que aprendimos de pequeños sin comprender: “Hágase Tu Voluntad así en la Tierra como en el Cielo”, dejo de ser un “yo” para ser una función. En este punto hay que aclarar la diferencia entre ser un “yo” y ser una función: Yo está a mi servicio individual, personal. Función está al servicio de la totalidad incluida yo misma. Y no es lo mismo. Y sucede entonces el milagro del la aquiescencia, el alineamiento de la voluntad individual con la del Cielo (en términos del I Ching). Y mis pensamientos, mis palabras y mis actos dejan de ser mis pensamientos, mis palabras y mis actos para ser los pensamientos, las palabras y los actos del Cielo, encarnados en mí y a mi medida personal.

Una vida sin propósito es una vida que se enfanga entre la depresión y la ansiedad. Cuando vemos con claridad meridiana cuál es nuestra naturaleza, encontramos el contrato sagrado que firmamos con el Cielo al encarnar y, de pronto, todo está bien aunque esté mal, rematadamente mal. Porque hay algo enorme, poderoso, que nos sujeta y nos mantiene y nos empuja y nos alivia. Así que muy por dentro estamos seguros y a salvo. Esa es la promesa del Agua, el tesoro escondido en el Reino del Agua.

Hay un lugar en el océano, al que llaman "La Puerta del Dragón".
Este sitio está batido por grandes olas que nunca cesan. Cuando algún ser viviente la atraviesa, se convierte en dragón y por eso es llamada así.

Curiosamente, las olas que allí se originan no son distintas de las olas de otros mares; y el agua, tampoco es diferente de otras aguas. Y sin embargo, de una forma misteriosa, todos los seres vivientes que atraviesan el umbral de esa puerta misteriosa, cuyo lugar exacto nadie conoce, se convierten en dragones.

En apariencia sus cuerpos, sus escamas, sus miembros, siguen siendo los mismos, pero al atravesarla, se han convertido en dragones.

Para llegar hasta esa visión del propósito de nuestra vida hay que atravesar la oscuridad de la materia, abismarnos en nuestro interior, entrar en zazen. Cuando encontramos el tesoro escondido además se nos proporcionan las herramientas necesarias para actuar de acuerdo a ella. Son los atributos del Agua: la fe, la responsabilidad, la entrega, la blandura, la adaptación, la firmeza suave, la conciencia clara de la orientación y el rumbo a seguir.

Podemos hacernos una idea de la importancia del rumbo con este cuento:

"Un hombre se hace a la mar navegando en su velero cuando de pronto una fuerte tormenta lo sorprende y lo lleva descontrolado mar adentro. En medio del temporal el hombre no ve hacia dónde se dirige su barco. Con peligro de resbalar por la cubierta, echa el ancla para no seguir siendo llevado por el viento y se refugia en su camarote hasta que la tormenta amaine un poco. Cuando el viento calma, el hombre sale de su refugio y recorre el velero de proa a popa. Revisa cada centímetro de su nave y se alegra al confirmar que está entera. El motor enciende, el casco está sano, las velas intactas, el agua potable no se ha derramado y el timón funciona como nuevo.

El navegante sonríe y levanta la vista con la intención de iniciar el retorno a puerto. Otea en todas las direcciones pero lo único que ve por todos lados es agua. Se da cuenta de que la tormenta lo ha llevado lejos de la costa y de que está perdido.

Empieza a desesperarse, a angustiarse.

Como les pasa a algunas personas en momentos demasiado desafortunados, el hombre empieza a llorar mientras se queja en voz alta diciendo:

- Estoy perdido, estoy perdido... qué barbaridad...

Y se acuerda de que él es un hombre educado en la fe, como a veces pasa, lamentablemente solo en esos momentos, y dice:

- Dios mío, estoy perdido, ayúdame Dios mío, estoy perdido...

Aunque parezca mentira, un milagro se produce en esta historia: el cielo se abre, un círculo diáfano aparece entre las nubes, un rayo de sol entra, como en las películas y se escucha una voz profunda (Dios?) que dice:

- ¿Qué te pasa?

El hombre se arrodilla frente al milagro e implora:

- Estoy perdido, no sé dónde estoy, estoy perdido, ilumíname, Señor, ¿dónde estoy... Señor?

En ese momento, la voz, respondiendo a aquel pedido desesperado, dice:

- Estás 38 grados latitud sur, 29 grados longitud oeste- Y el cielo se cierra.

- Gracias, gracias... - dice el hombre.

Pero pasada la primera alegría, piensa un ratito y se inquieta retomando su queja:

- Estoy perdido, estoy perdido...

Acaba de darse cuenta de que con saber dónde está, sigue estando perdido. Porque saber dónde estás no te dice nada respecto a dejar de estar perdido.

El cielo se abre por segunda vez:

- ¡Qué te pasa!
 - Es que en realidad no me sirve de nada saber dónde estoy, lo que yo quiero es saber a dónde voy. ¿Para qué me sirve saber dónde estoy si no sé a dónde voy? A mí lo que me tiene perdido es que no sé a dónde voy.
- Bien -dice la voz-, vas a Buenos Aires- y el cielo comienza a cerrarse otra vez.

Entonces, ya más rápidamente y antes de que el cielo termine de cerrarse, el hombre dice:

-¡Estoy perdido, Dios mío, estoy perdido, estoy desesperado...!

El cielo se abre por tercera vez:

-¡¿Y ahora qué pasa?!
- No... es que yo, sabiendo dónde estoy, y sabiendo a dónde voy, sigo estando tan perdido como antes, porque en realidad ni siquiera sé dónde está ubicado el lugar a dónde voy.

La voz le responde:

- Buenos Aires está 38 grados...
- ¡No, no, no!- exclama el hombre-. Estoy perdido, estoy perdido... ¿Sabes lo que pasa? Me doy cuenta de que ya no me alcanza con saber dónde estoy y a dónde voy; necesito saber cuál es el camino para llegar, necesito el camino.

En ese preciso instante, cae desde el cielo un pergamino atado con un lazo.

El hombre lo abre y ve un mapa marino. Arriba y a la izquierda un puntito rojo que se enciende y se apaga con un letrero que dice: “Usted está aquí”. Y abajo a la derecha un punto azul donde se lee: “Buenos Aires”.

En un tono fucsia fosforescente, el mapa muestra una ruta que tiene muchas indicaciones:
Remolino
Arrecife
Piedritas...
Y que obviamente marcan el camino a seguir para llegar a destino.

El hombre por fin se pone contento. Se arrodilla, se santigua y dice:

- Gracias, Dios mío...

Mira el mapa, pone en marcha el motor, estira la vela, observa por todos lados y dice:
- ¡Estoy perdido...! "

Pobre hombre, sigue estando perdido.
Para todos lados adonde mira sigue habiendo agua, y toda la información reunida no le sirve para nada, porque no sabe hacia dónde empezar el viaje.

En esta historia, el hombre tiene conciencia de dónde está, sabe cuál es la meta, conoce el camino que une el lugar donde está y la meta adonde va, pero le falta algo para dejar de estar perdido. Le falta saber hacia dónde. Conocer el rumbo. Necesita una brújula para determinar el rumbo. Porque sin ella no sabe hacia dónde emprender la marcha. Y la brújula señala el Norte. Y no deja de ser curioso que la dirección que la Tradición China atribuye al Agua sea justamente el Norte...

Porque rumbo y meta no son la misma cosa. La meta es el punto de llegada; el camino es cómo llegar; el rumbo es la dirección, el sentido. Y para ello necesitamos algo que nos lo señale, que nos vaya llevando.

En el Agua encontramos la orientación, el camino y la meta. Obtenemos ese conocimiento incorporado posteriormente a la Madera para iniciar el movimiento.

Cuando nos adentramos en lo profundo del agua se produce el estado de conciencia permanente “sé”: dónde voy, qué hago, que tendré todo lo necesario. En definitiva surge la certeza, la fe.

No es fácil, aunque sea simple; pero sí hay algunas indicaciones que nos pueden ayudar a encontrar lo que en términos cristianos se denominan los “talentos” que el Evangelio dice que es obligatorio hacer fructificar. Aquello que hacemos con toda facilidad y naturalidad; que llena de alegría nuestro corazón; aquello que nos gusta tanto hacer y hacemos casi sin querer.

Se manifiesta con toda claridad en la infancia y más tarde se va cubriendo de esquemas aprendidos que sirven durante un tiempo y luego no, de normas que dejaron de ser útiles...

Pongamos que de pequeños lo que más nos gustaba era cotillear... tal vez de adultas fuéramos buenos periodistas. O bordar con hilos de colores, o cocinar ricos platos, o saltar cada vez más lejos, cada vez más alto, o teníamos la capacidad natural de decir la palabra que animaba... Recuerda qué era aquello que hacías de forma natural y sin esfuerzo (y no es lo mismo que sacrificio, pero eso lo dejo a vuestra reflexión). Porque lo que “tenemos” que hacer suele coincidir con lo que nos gusta tanto hacer...! Son aquellas cosas que realizamos sin sacrificio. No en vano el Reino del Agua se agota cuando vamos contra nuestra corriente, cuando nos esforzamos tanto en lo que no nos corresponde -aunque sea con una mal entendida “buena intención”-, que nos sacrificamos y hay sacrificios que son sinónimos de suicidio, un pecado mortal del alma (en el sentido etimológico, que no católico, del término). Cuando, por ejemplo, usurpamos la actividad del otro, cuando nos apropiamos indebidamente de la responsabilidad de otro o incluso del mismo Cielo.

El simbolismo del Agua en un dojo.
En realidad da lo mismo un dojo o un templo. Lo importante es que nos referimos a un lugar sagrado, un lugar donde el hombre entra, abandonando cuerpo y espíritu, para conectar íntima y directamente con el Espíritu.

En el dojo, el umbral es lo que separa lo conformado de lo no-conformado, lo condensado de lo no condensado.

Al atravesarlo entramos en territorio sagrado y sutil, pura y clara luz... no conformado.

Al salir hacemos lo contrario. Bajamos, nos re-condensamos. Es por eso que Deshimaru decía que al entrar al dojo nos poníamos rectos como la serpiente que entra en un tubo hueco. Al salir volvíamos a serpentear. Porque al entrar en un dojo nos alineamos con el Orden y al salir volvemos al mundo conformado. Y al entrar entramos en la luz, en lo que es toda la posibilidad pues no está hecho todavía y puede ser cualquier cosa. Esto es el agua. Junto todo esto, es el agua. No solo luz, no solo, sino más allá todavía, no-conformado dentro de lo conformado.

Para acceder a las respuestas del Espíritu hay que atravesar el umbral de la materia. Y salir. Hay que disolver al entrar y concentrarse de nuevo al salir. Al atravesar la materia y entrar en su núcleo: disuelvo. Disuelvo mi ego, las expectativas, los juicios y prejuicios, el cálculo de los beneficios... Al volver de allí y salir a la realidad conformada: condenso, concentro, actualizo, realizo, imprimo, actúo sobre la realidad pequeña por el conocimiento de la Realidad.

En cada trozo de materia hay una esencia que lo habita, mantiene y alienta. Entrar en ese corazón, en ese núcleo y salir; entrar para encontrar nuestra forma concreta de hacer y salir con la voluntad de realizar lo encontrado: eso es el trabajo del agua. Por ello se habla de responsabilidad. De firmeza. De determinación.

Cuando entro en zazen, soy las posibilidades, todas. Cuando salgo mi alma, mi luz, ha elegido las que me corresponden. Y es una elección firme, responsable, dulce, suave, paciente y tenaz, cuando salgo, de llevar al mundo la elección que me corresponde según los planes del Cielo y que no son otra cosa que mi naturaleza, mi Virtud.

El monje zen al salir del dojo, ha obtenido el conocimiento de su hacer particular. El trabajo de la Madera será concretarlo en el mundo.

En un sentido hay que despersonalizarse, en otro y simultáneamente, hay que volverse muy personal. Yo soy yo y tú eres tú. Yo no estoy en el mundo para cumplir con tus expectativas, sino las del Cielo que he aceptado hacer mías. El camino del Espíritu es despersonalización, pero el “hacer” solo puede realizarse con la persona concreta. Dicen los judíos que el hombre muere cuando ha concluido lo que vino a hacer o cuando ya no hay posibilidad de que lo cumpla pues ha dado la espalda a su destino.

Me hago responsable de la forma, me hago responsable de la aquiescencia. No me corresponde determinar (aunque sí tomarme el trabajo de descubrir) cuál es mi hacer particular. Tan solo en contemplación, asiento a lo que está determinado para mí y me desentiendo de las consecuencias que el Cielo (la Vía) usará como tenga que usar. Aconseja Wanshi: “Abandonad vuestra piel, aceptad vuestra función”.

Dicen los maestros que “todo aprovecha para la Vía”. Los actos realizados de acuerdo con mi agua son entregados a la Vía, deja de ser asunto mío en qué forma se aprovechan o quien se beneficia. ¿Quién puede saber cuál es el plan del Cielo? Tan solo asumo mi parte. “Cada copo de nieve cayendo exactamente en su lugar”

El miedo es la emoción patológica del agua. Porque...¿qué sucede cuando falta la fe, la seguridad en nuestro camino o, sencillamente cuando no lo conocemos, cuando no nos hemos apropiado del mensaje de nuestra agua? Se produce el miedo. Un miedo especial que la Tradición denomina el Gran Pecado (vale decir, mejor, el Gran Error, el Gran Desatino) que se corresponde con la duda.

No la duda de la indecisión en la acción que pertenecería a la patología de otro Reino, sino la duda que proviene de la falta de fe. El problema es que la fe no es algo que podamos fabricar a voluntad con nuestro intelecto. La única forma de encontrar fe es buceando en el Agua.

No es el miedo-cautela frente a algo que puede amenazar, o lo hace realmente, nuestra supervivencia.

No es el miedo-guardián de las puertas de los templos: monstruos de aspecto fiero o dragones amenazantes que custodian la entrada a lo sagrado. No, es el miedo por falta de confianza, el miedo-inseguridad porque creo estar apoyada tan solo en mis propios pies sin saber que mis pies están sostenidos. Es el miedo de quien se siente librado a sus propias fuerzas. La alerta extrema del que piensa erróneamente que todo está bajo su control y que todo tiene que ser como él piensa que debe ser. Justamente todo lo contrario de lo que ilustran los siguientes comentarios:

Dice Dôgen: “Hay Alguien en lo que no es del orden del pensamiento. Y ese Alguien es el que me sostiene. Pero ese Alguien no tiene forma, ni color, ni sustancia”.

Y Shunryu Suzuki: “Mucha gente dice que el budismo es ateo porque no hay una idea particular de Dios. No ignoramos que hay un Absoluto pero no hablamos mucho de Ello pues sabemos que está más allá de los límites de nuestra mente”.

Y con claridad meridiana y concisa, Juana de Arco quien, al ser preguntada sobre su misión y las consecuencias de la misma, contestó: “No tengo miedo, he nacido para esto”.

Todos ellos y muchos más descubrieron Eso y, al hacerlo, su forma particular de servicio como dicen los rabinos: “Hay tantos caminos como alientos”.

Habrá que entusiasmars, habrá que entrar en nuestra agua y preguntarnoss sobre el sentido de nuestra vida y obtener una respuesta y ponernos manos a la obra, alegres, seguros, abandonados como un bebé en los brazos de su madre, como se dice que hay que abandonarse a zazen.

Más momentos de entrada al Reino del Agua:
Un grupo de druidas se pone en camino, atraviesa la oscuridad densa del bosque hasta llegar a un claro que se abre, sin obstáculos, al Cielo. Hacen ese camino para descubrir la voluntad del Cielo. Lo que los sufíes denominan el Mandato Divino y los taoístas nombran como la “naturaleza” de las cosas.

Los monjes que, cubriendo con un manto negro sus túnicas blancas, entran en el dojo o en el templo, simbolizan la forma primordial del hombre en el mundo : el agua. Cubriendo la luz con la oscuridad. Simbolizando el agua y sus secretos. Saben que entran en el agua, encuentran la luz y salen con ella, “siendo” ella para regar todo aquello que encuentre a su paso. Igual que el agua.

Cuando el hombre encuentra su destino, su función, su forma concreta de hacer, produce actos que son buenos porque lo son para él, lo son para los demás y lo son para ambos. Es solo mirando por ambos que el mundo entero florece. Y es importante tenerlo claro. Porque al regar el mundo de luz, hacemos retroceder la oscuridad. Nos apuntamos al bando del “bien”. Y en el mundo conformado, dual, hay que elegir de qué lado estamos. Que no es lo mismo estar a un lado o echarse a un lado. Ya lo dice Alejandro Sanz y lo dice bien.

Así que no hay estancamiento del agua cuando damos cumplimiento a nuestra forma concreta de hacer. No hay miedo. Y la muerte llega a su tiempo, serena y dulce, sin dolor ni miedo, cuando actuamos de acuerdo con el secreto de nuestra agua.

Por otro lado hay que saber que el agua contiene la memoria de la especie (lo que en Medicina Tradicional China denominan Energías Ancestrales) e incluso más allá. Así que hay que saber que al entrar en el agua, en la meditación, sea cual sea la forma concreta de meditar, la puerta de acceso al Agua (qi gong, zazen, oración...), se puede activar la memoria y tropezar con imágenes que pertenecen a la conciencia de la especie pero no a nuestra vida concreta aquí y ahora, no a la conciencia particular, individual. Lo digo por lo que pueda suceder y para que no nos sorprenda el aluvión de sensaciones que aparentemente no nos corresponden si se produjeran

De cualquier modo, enseñorearse del Reino del Agua, implica hacerse responsable de la misión personal (responsabilidad); sortear los obstáculos sin perder de vista el objetivo final que es la disolución en el océano de la Unidad; entregarse para que todo lo que encontremos a nuestro paso florezca; alimentar con nuestra luz descubierta, la Luz que habita en todos. Actualizar y realizar el Amor. Porque en el universo tan solo hay una fuerza: el Amor y todo lo que no es Amor es Miedo. Es el mensaje más profundo del agua, escondido dentro de la oscuridad, cubierto y protegido por la oscuridad, la materia. Es el tesoro luminoso que habita al fondo de lo bosques umbríos. El destello de Luz que anima la materia condensada. Lo que custodian los monjes cubiertos con un manto negro simbolizando la protección de la Luz. La potencialidad de la semilla. La plenitud de la Tierra. La actualización del Cielo. La alegría de darse y en ese darse encontrarse y recibirse. El regreso a la otra orilla y la eterna primavera.

9 pensamientos +:

Muiso dijo...

Muy buena Ane, pillaste lo que es el agua.

Ladrón de Guevara dijo...

La entrada es cortita eh!...


Me ha gustado mucho, pero como siempre, sigo quedándome con cosas para las que necesito respuestas (Desconfiá de quien te ofrezca más respuestas que preguntas, dijo un libro una vez):

- Entiendo que se crea en cierto destino o "misión" como objetivo vital, pero, ¿Y si no hubiese ningún destino? ¿Y si estuviésemos aquí porque si, sin otro objetivo que vivir?.

Yo soy de los que piensan que el destino, la motivación como se quiera llamar, la he ido germinando dentro de mi, y puedo dar un motivo para vivir hoy, que nunca será el mismo que mañana.

Creo que no me queda claro porque en muchas religiones y filosofías se alude a este concepto y no al imperativo de vivir, SOLAMENTE VIVIR.

Ane dijo...

No, si al final tendré yo la culpa de que todo tenga su función en el orden de las cosas que, por cierto, incluye al caos :)

Y "solamente vivir" (con lo que estoy de acuerdo en el sentido que creo que lo dices) para que sea vivir y no vegetar amargamente hasta casi desear morir de puro aburrimiento, es todo un arte.

Recuérdame que un día te cuente la historia de Jorge León y la razón que le llevó a elegir no seguir viviendo.

Muiso dijo...

Ladrón: De los millones de millones de millones ( ya nos llegamos por trillones jejeje) ad infinitun, de existencias en el universo, sólo conozco una que existe en fución de vivir tu vida................ TU.
Pasa de términos como "destino", "mision" "sino"....dan un cariz de determinación, de predecible, de insoslayable que no tiene nada que ver con la creación, con la constante creatividad que acontece en el universo. Intenta asumir que la función crea el organo y te acercarás un poquito al por qué de tu vida, a la razón por la cual el desarrollo efectivo de tu amor, de tu capacidad de comtemplación y de tu hacer cotidiano son absolutamente necesarios para que esto SEA ASÍ.


jajajjajjajaa

Anónimo dijo...

De todos modos es verdad que muchas veces utilizo palabras que pueden "chirriar" un poco-bastante. Disculpas por ello pero...

...bah! que sé yo que todo el que pasa por aquí se conmovió tanto como yo con Gladiator y Braveheart, pongo por caso (aquí van risas y guiños de complicidad)

ane

Siddharta dijo...

Este texto sobre el agua me impresiona mucho, hay muchas cosas que dices que me encantan y que comparto totalmente. El agua es maravillosa. Toda mi vida profesional dedicada a investigarla, sus movimientos, las olas, y su interacción con la arena de las playas, y me queda tanto, tanto, por aprender de ella, todavía. Me dejas perplejo y sin palabras.

¡El agua es el infinito! y en realidad es tan solo un pedacito...

Y sobre esto que decis del destino, y la misión de cada uno ... soy un poco escéptico. Si todavía no sabemos muy bien qué son la materia y la energia, ¿cómo podemos saber qué es el Espíritu? No creo a priori en un sentido de mi vida. Como científico pienso que mi existencia es totalmente contingente. Posiblemente, si el meteorito que (muy probablemente) causó la extición de los dinosaurios hubiera chocado con la tierra unas horas antes o algo más tarde, la dinámica del ecosistema terrestre se habria desarrollado de forma distinta (caos, efecto mariposa, etc.) y ahora no estaríamos aquí. Y sin embargo, experimento una intuición ABRUMADORA de que todo es como tiene que ser, y que mi vida, de hecho, tiene un sentido. Que todo encaja, sorprendentemente.

Un abrazo.

Ladrón de Guevara dijo...

ATACO (JEJE):

Yo no digo (y si lo digo, atribuidlo a mi impulsividad y juventud) que sólo tenga sentido la existencia en función de uno mismo, sino que uno mismo es el generador de su propia existencia.

Somos creados como consecuencia de dos seres humanos que nos precedieron. Les debemos la vida, pero a partir de ahí se genera un impulso de vida que sólo nos marca a nosotros.

Interactuamos con otros, y nuestra orientación, nuestro camino, cambia por el hecho de conectar (en el nivel que sea) con dicha persona. Pero no hay nada externos que nos imponga o nos señale ese cambio. Somos nosotros los que lo hemos impulsado en la interacción con otra persona, y esa persona es la causa de dicho impulso.

Ahora bien, ¿Cómo encaja en el “orden de las cosas” aquello que precisamente parte de una consecuencia imprevisible?

A SEGUIR CON EL DEBATE SE HA DICHO.

Ane dijo...

Un apunte por seguir con este juego que mejor continuamos fuera de aquí para no aburrir "al respetable":

Las cosas en cualquiera de sus formas, son. Yo las interpreto. No comparto la idea "new age" de que las cosas suceden "para algo", como si hubiera alguien que lo programa todo. Más bien, de momento al menos, me parece que nos suceden cosas, encontramos gente, leemos lo que sea y "ya que" ha sucedido, yo le doy un sentido de acuerdo con mis inclinaciones y mi naturaleza... etc, etc.

Hay más, claro, está también el hecho cierto de que aunque no sea de modo consciente, focalizo mi atención, veo y recojo aquello a lo que soy afín. Una máxima hermética lo dice más rápido que yo: "Lo igual llama a lo igual".

Te toca, Ladrón. Jeje :)

Anónimo dijo...

Muiso la foto de la ordenación es fantástica.
Gracias.

Gloria

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